Jueves  14 de Marzo de 2019

Las paranoias del poder: cómo ve Macri la estrella de Lavagna

Las paranoias del poder: cómo ve Macri la estrella de Lavagna

Mauricio Macri parece estar convencido que muchos empresarios le están jugando en contra al Gobierno, seducidos por discursos que quieren poner la pelota otra vez en el campo de las tasas negativas, el consumo, la promoción del mercado interno con la imposición de aranceles y el consecuente cierre de la economía, más una suerte de Compre Nacional, sazonado con algo que los libere de responsabilidad en el tema "cuadernos". Hasta arriesgan en su entorno que un importante "pope" periodístico (y algunos periodistas, cuando no) empujaría la movida para bajarle el precio al Gobierno ante la opinión pública, tarea en la que Marcelo Tinelli sería una suerte de ariete nacional y popular. En off the record susurran que algo de esto admitió el Presidente el lunes pasado en La Plata, cuando se reunió con el gabinete de María Eugenia Vidal, en el primero de los cuatro encuentros pautados con la gobernadora para estos días.

El desglose de los temas económicos no puede remitir a otro que a Roberto Lavagna, virtual candidato presidencial y esto indicaría que la Casa Rosada ha empezado a tomar nota del ascenso de la estrella política del ex ministro de Economía de Néstor Kirchner. Y si bien el kirchnerismo neokeynesiano podría hacer también un manual de estilo con su amor por cada uno de aquellos temas económicos, sus desbarajustes institucionales y algunas declaraciones de referentes de estos últimos días (Roberto Felletti habló de necesidad de volver al cepo para acotar el problema del dólar) lo alejan de cualquier posibilidad de que los hombres de negocios se alineen por allí.

Al respecto, otro economista, el ortodoxo consultor Miguel Angel Broda, lo ratificó de alguna manera cuando dio a conocer que él y otros colegas (Ricardo López Murphy, Domingo Cavallo y Guillermo Calvo), están elaborando líneas comunes en temas de más largo plazo, tanto económicos cuanto institucionales, para presentarle al futuro Presidente: "Lavagna es el candidato del capital corporativo y prebendario que está a favor de seguir caminos que explican 70 años de la decadencia económica argentina. No tiene contactos con la corrupción, pero tengo que admitir que muchos de mis clientes están a favor de sus ideas", dijo.

En cambio, en diálogo con este periodista, López Murphy soslayó cualquier clase de nombre propio y fue enfático en señalar que "pensar que tiene que haber un candidato salvador es un disparate, ya que lo que se necesita es un gran acuerdo político para tener equilibrio presupuestario. Además, hay que hacer reformas inmensas, ya que el problema es de todo el Estado argentino". Por último, reveló que son mucho más que cuatro quienes trabajan en el diseño del programa integral y que él contribuyó a la discusión con varios power point, al tiempo que ponderó la necesidad de lograr estabilidad fiscal y castigó por igual a macristas y kirchneristas, a quienes responsabilizó de la crisis "producto del endeudamiento y del populismo".

Para caracterizar este momento del Gobierno, hay que mirar la situación desde dos costados. En clave política, con Lavagna zapateando en el tablero no sólo nacional, sino dentro del justicialismo alternativo en confrontación con Juan Manuel Urtubey y Sergio Massa y queriendo ser candidato sin internas. En este estado de cosas, bien podría observarse un cierto traspié dialéctico en el economista, ya que si no puede consensuar puertas adentro bien podría dudarse que hacia el futuro sea el adalid de las políticas de consenso, como pretende. De tan rígida, por ahora su postura lo sitúa en una tercera trinchera de la grieta, algo que todos quienes se le acercan dicen que es algo que viene a cerrar.

Por otro lado, está Unidad Ciudadana, sector que sigue deshojando la margarita de Cristina Fernández, quien antes de viajar a Cuba ha generado un clip musicalizado y sobre actuado sobre el delicado estado de salud de su hija Florencia, en tratamiento allí, video que la exhibe victimizándose, pero sobre todo soslayando su responsabilidad como madre a la hora de permitir el ingreso de su entonces joven hija a los negocios de la familia. Esto por afuera pero, por dentro, Macri ha tenido que lidiar con la rebelión radical centrada en Córdoba que terminó con la marca Cambiemos en esa provincia, disenso que ya se verá el grado de expansión que tiene.

El segundo ángulo de observación viene por el lado de la economía y todo está más que claro allí, ya que no es ninguna novedad que, por las dificultades heredadas que agravaron el gradualismo primero y sus muchos errores después, incluidos los comunicacionales y el aura de optimismo que muchos han llamado "frivolidad", el edificio del Gobierno luce por estas horas de comienzo de campaña electoral muy descascarado, mientras la fatiga de ese deterioro le ha cambiado de plano el humor a muchos de sus habitantes, quienes, además, han comenzado a notar importantes daños en la estructura de conducción.

Por eso, hay que remitirse a la cabeza pensante del Gobierno, cada vez más chica, hoy con Macri, Marcos Peña y Jaime Durán Barba en primera fila, más Vidal, Horacio Rodríguez Larreta y no muchos más. Allí, hay que ponderar el mayor aislamiento a la hora de la toma de decisiones, algo que no alcanza a tapar el enorme despliegue que realiza Macri a diario, ni el hecho de que Peña haya tenido que salir a dar dos reportajes al unísono después de mucho tiempo de guardar silencio.

A la hora de correr los temas desde atrás hay mucha pesadez y eso se nota, aunque las noticias que llegaron desde Washington ayer sobre la flexibilidad conseguida por parte del FMI, para que el Tesoro pueda desprenderse de dólares durante el resto del año, le pusieron cierto relax a la situación de los últimos días. Los banqueros hicieron lobby para que el Fondo destrabe la situación y el ministro logró que sean 60 los millones de dólares diarios a vender desde abril por licitación, divisas que se van a traducir en pesos que se necesitan para afrontar los gastos del Estado. Por ahora, los dólares están en el estante y ya se verá si con esa cifra se calman las ansiedades, sobre todo en el tiempo previo a las elecciones, situación que habrá de monitorearse ya sea si las encuestas se inclinan hacia uno u otro lado.

En este estado de incomodidad, con la crisis mordiéndole los talones y a la espera de una mitad de año más floreciente, que seguramente tardará en llegar, hay alrededor del Gobierno un componente crucial para el análisis, que no es político ni económico a pleno, sino bien sicológico, elemento que se debe ponderar con mucho cuidado: la llamada paranoia del poder. Este es un típico rasgo de fin de ciclo, fruto del desconcierto que impide tomar la iniciativa, aquella que se espera de todo gobernante que tiene la cabeza fría. Se trata, finalmente, de un atributo bien negativo que parece haberse instalado en muchos miembros del equipo gobernante, con el consecuente bajoneo que, de alguna forma, es la gran dificultad a vencer por estas horas.

De alguna forma, el Presidente trató de zafar de la trampa con su discurso de apertura de las sesiones legislativas y no le fue mal porque levantó la puntería interna y además puso en evidencia la irracionalidad de muchos opositores, pero le duró demasiado poco, ya que la coyuntura dólar-tasas por ejemplo se fue comiendo una por una las noticias más relevantes para la Administración, mientras en política, la pelea de Córdoba enrareció el trabajoso oxígeno que le dejó al Gobierno las elecciones en Neuquén y no pudo ser neutralizada siquiera por el acuerdo partidario de Tucumán.

Si bien el término paranoia remite a la psiquiatría, si se enumeran sus rasgos más característicos muchos de ellos conforman la paranoia política. Sin embargo, más allá de las características generales que marcan los libros (baja autoestima, frialdad emocional, incapacidad para la autocrítica, hostilidad con el entorno, autoritarismo, sucesión de episodios depresivos, resentimiento, egocentrismo y un importante grado de desconfianza) hay un par de condimentos típicos que aquejan a los gobernantes a la hora de manifestar este tipo de síntomas: la sensación de pérdida de poder y la victimización permanente, sobre todo, como símbolo de la pérdida de control de la dinámica política que, a su vez, alienta los errores en cadena y somete el gobernante a la frustración de volver a empezar.    

Ante este panorama, la otra cara de la moneda, la de los logros que se adjudica el Gobierno, parece lucir insuficiente frente a la necesidad de tratar de darle solución a los problemas que aquejan a los ciudadanos de a pie, quienes la pelean todos los meses para defenderse de la inflación, para soportar la altísima presión impositiva o para no ser devorados por la inseguridad. Es verdad que el Gobierno ha marcado líneas bien claras en temas cruciales que históricamente la Argentina se negaba a abordar, como la cuestión fiscal o una mayor integración con el mundo y que ha generado espacio para construir obras de infraestructura eternamente postergadas o para avanzar en serio con Vaca Muerta o para generar proyectos que van en paralelo con el mundo (energías alternativas o explotación de litio, por ejemplo), pero todo lo demás hace que la desazón política y social sea una red bien incómoda que tiene atrapada a la gestión.

Ante las dificultades objetivas que tiene el Gobierno a la hora de retomar la iniciativa, las malas lenguas de las redes sociales han aportado sibilinamente que ven exultante al ecuatoriano Durán Barba, ya que los dichos de Felletti y CFK parecen haber sido hechos a medida del Gobierno. Ni que decir de la intervención del intendente de San Antonio de Areco, Francisco Durañona, cuando proclamó que si gana el kirchnerismo la futura Corte Suprema deberá estar conformada por "militantes nuestros" para "defender jurídicamente los intereses del campo nacional y popular". Una barrabasada política de los otros que, ante tantas turbulencias, le aportó al oficialismo al menos por un rato un poco de distensión.

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