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Durante décadas, buena parte del debate económico argentino partió de una idea que pocas veces se discutía: cuanto mayor era el peso de la industria manufacturera dentro del Producto Bruto Interno (PBI), mayor era el nivel de desarrollo de un país.
Un nuevo trabajo del investigador senior del Centro de Investigaciones en Gobierno de la Universidad Austral, Horacio Augusto Pereira, propone dar un salto de canguro y cambiar esa forma de mirar la economía. El salto no es de Australia, sino en la forma en que se miran los números.
La pregunta deja de ser cuánto representa la industria dentro del PBI y pasa a ser otra: cuánto valor genera, qué productividad alcanza, cuánto exporta y qué capacidades logra desarrollar alrededor de los recursos naturales.
Ese cambio de enfoque lleva inevitablemente a Australia. No porque sea un modelo para copiar, aclara Pereira, sino porque funciona como un caso de estudio capaz de desafiar una de las ideas más arraigadas del debate económico argentino.
El salto no es industrial; es conceptual
La objeción aparece casi automáticamente cada vez que alguien menciona a Australia. Es un país con mucha menos población, una enorme dotación de recursos naturales y condiciones geográficas completamente diferentes a las de Argentina. Además, ha formado parte de la comunidad de naciones que encabeza el Reino Unido, lo que le ha permitido mantenerse en una dinámica comercial muy distinta a la de Sudamérica.
Pereira coincide con ese diagnóstico, pero sostiene que de allí no se desprende que la experiencia australiana tenga poco para enseñar.
“Argentina no es Australia y no debería intentar copiar mecánicamente su estructura productiva. Pero de allí no se desprende que la experiencia australiana tenga poco para enseñarnos”, afirma en el trabajo.
Menos industria, pero mucha más riqueza
Los números parecen contradictorios. La industria manufacturera representa alrededor del 16% del PBI argentino, mientras que en el país de Oceanía representa apenas el 7%.
Si el porcentaje industrial fuera el principal indicador de desarrollo, Argentina debería exhibir un desempeño superior, sin embargo ocurre exactamente lo contrario.
Australia casi quintuplica el ingreso por habitante argentino y, además, su industria manufacturera genera un mayor valor agregado por persona.
“Australia no demuestra que Argentina deba copiar a Australia. Demuestra algo mucho más importante: que los recursos naturales pueden ser una plataforma de desarrollo y no una condena a la primarización”
Para Pereira, allí aparece el principal problema de interpretación. “Una industria que representa el 20% de una economía no necesariamente genera más riqueza que una industria que representa el 7% de una economía mucho más productiva”.
Los porcentajes describen la estructura de una economía, pero no necesariamente su capacidad para generar riqueza. “La discusión debería ser bastante más sofisticada que cuánto representa la industria sobre el PIB. Deberíamos preguntarnos cuánto valor genera cada sector por habitante, cuánto exporta y qué productividad alcanza”, sostiene el investigador.
Cuando los recursos naturales generan industria
El trabajo también cuestiona otra oposición frecuente en Argentina: la idea de que existe una elección entre recursos naturales e industria.
En ese sentido, Australia muestra un camino diferente. La minería, que hoy está en boga en Argentina gracias al RIGI, no termina en la extracción del mineral.
Alrededor de esa actividad se desarrolla un entramado de ingeniería, fabricantes de maquinaria, automatización, software, logística, transporte, mantenimiento e infraestructura.
“Una mina no es solamente una mina. También es una demanda de bienes y servicios especializados”, resume Pereira.
Mientras la minería emplea directamente unas 240.000 personas, el ecosistema de empresas proveedoras —conocido como Mining Equipment, Technology and Services (METS)— sostiene alrededor de 1,1 millones de puestos de trabajo.
El verdadero efecto multiplicador no está únicamente en el recurso natural. Está en las capacidades productivas que nacen alrededor de ese recurso.
Según Pereira, la misma lógica podría aplicarse localmente. Vaca Muerta no debería analizarse únicamente por la producción de petróleo y gas, también por la ingeniería, la infraestructura, los servicios especializados y las empresas tecnológicas que pueden surgir alrededor de ese desarrollo.
“Se trata de utilizar los recursos naturales para desarrollar industria, tecnología y servicios de mayor productividad”, añadió.
El trabajo que no existe un porcentaje “ideal” de industria manufacturera capaz de determinar, por sí solo, el nivel de desarrollo de un país.
La discusión relevante pasa por en cuánto valor agrega cada sector, qué productividad alcanza y cómo convierte sus ventajas naturales en nuevas capacidades productivas.
Por eso, el “salto de canguro” que propone Pereira no consiste en parecerse a Australia. Consiste en cambiar la pregunta: de cuántas industrias a qué aporta cada industria.
“Australia no demuestra que Argentina deba copiar a Australia. Demuestra algo mucho más importante: que los recursos naturales pueden ser una plataforma de desarrollo y no una condena a la primarización”, concluyó.
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