Desde que el padre de Corey Goodhue cultivaba estas tierras en Carlisle, Iowa, hace medio siglo, casi todo se ha vuelto más grande.
Hoy, su explotación agrícola abarca unas 3.000 acres. El neumático trasero de uno de sus modernos tractores mide cerca de 2,6 metros de altura y empequeñece a los dos John Deere 4020 que su padre compró nuevos en 1967.
Sin embargo, los márgenes de rentabilidad se están evaporando. Las tensiones comerciales y la debilidad de los precios comienzan a pasar factura tanto al Medio Oeste estadounidense como al estatus de Estados Unidos como potencia agrícola.
El año pasado, la explotación de Goodhue obtuvo la mayor cosecha de soja de su historia y, aun así, registró pérdidas. Este año, si los rendimientos cumplen las expectativas y no surge ningún gasto imprevisto importante, toda la granja generará apenas u$s 60.000 de ingresos operativos frente a más de u$s 2 millones en gastos.
“No está siendo un gran momento”, dice entre risas, consciente de que se queda corto con la descripción. “Me preocupa… ¿es realmente viable que podamos seguir adelante?”.
Goodhue está lejos de ser un caso aislado. La American Farm Bureau Federation proyecta que el próximo año los agricultores estadounidenses tendrán dificultades para producir los cultivos que convirtieron al país en una potencia agropecuaria. Las pérdidas estimadas ascienden a u$s 138 por acre en soja, u$s 167 en maíz, u$s 145 en trigo y u$s 406 en algodón.

Después de más de un siglo, Estados Unidos está a punto de perder su posición como el mayor exportador mundial de productos agrícolas.
El año pasado, Estados Unidos exportó productos agrícolas por u$s 171.000 millones, según el Departamento de Agricultura. La cifra supera en apenas u$s 2.000 millones el total exportado por Brasil, que, según muchos analistas, se ha beneficiado de las distorsiones comerciales provocadas por los aranceles impuestos por el presidente Donald Trump.
Con las exportaciones estadounidenses en retroceso y las brasileñas en ascenso —crecieron un 6% en el primer semestre de este año hasta alcanzar un récord de u$s 87.000 millones—, 2026 podría convertirse en el año en que Estados Unidos pierda su liderazgo como principal potencia exportadora del agro.
Brasil ya es el mayor productor mundial de soja, carne vacuna y carne avícola. Además, desplazó a Estados Unidos como principal exportador de algodón, en parte porque China redirigió sus compras de un país a otro.
Este cambio de liderazgo no solo está transformando el sector agropecuario en ambos países, con nuevas cadenas de suministro y cambios en los patrones de inversión. También está teniendo consecuencias sociales y políticas de mayor alcance.
Estados Unidos sigue siendo capaz de producir cosechas extraordinarias, pero cada vez más en grandes explotaciones agrícolas, con menores rendimientos económicos y una mayor dependencia del apoyo estatal. En Brasil, la expansión del sector agropecuario generó ciudades en auge y cuellos de botella en transporte e infraestructura, al tiempo que alimentó las preocupaciones ambientales.
Los agricultores estadounidenses pronto podrían tener que acostumbrarse a ocupar el segundo lugar. “Ya no somos el proveedor mundial de soja; somos el proveedor residual de soja”, afirma Goodhue. “Los compradores vienen aquí cuando Brasil se queda sin soja o enfrenta algún problema... en lugar de que ocurra al revés”.
Por qué China buscó alternativas
Durante el siglo XX, Estados Unidos convirtió sus tierras fértiles, sus explotaciones agrícolas mecanizadas y su extensa red de silos, ferrocarriles, barcazas y puertos en una herramienta de dominio del comercio mundial.
El sistema permitió a Estados Unidos producir más granos de los que podía consumir y trasladar ese excedente al exterior a bajo costo.
China se convirtió en el cliente que hizo rentable ese sistema. A medida que su población se volvió más próspera y aumentó el consumo de carne, su industria ganadera necesitó enormes cantidades de harina de soja.
Los agricultores estadounidenses sembraron más soja e invirtieron en maquinaria, almacenamiento y terminales de exportación con la expectativa de que las compras chinas seguirían creciendo.
Esa relación se quebró en 2018, cuando Trump impuso aranceles sobre cientos de miles de millones de dólares en productos chinos. Beijing respondió con represalias contra productos agrícolas de estados que habían contribuido a su elección, y las compras de soja estadounidense se desplomaron.
“De un momento a otro, nuestros acuerdos comerciales pueden modificarse, y todo el trabajo que se hizo para construir estas relaciones, para actuar de buena fe y tratar de resolver los problemas, puede desaparecer de la noche a la mañana”, afirma Aaron Lehman, presidente de la Unión de Agricultores de Iowa.

Las explotaciones agrícolas estadounidenses no podían simplemente dejar de producir. La tierra ya había sido alquilada o financiada, los pagos de la maquinaria seguían pendientes y las semillas y fertilizantes ya habían sido adquiridos. En respuesta, la primera administración de Trump distribuyó unos u$s23.000 millones en subsidios en 2018 y 2019.
“Hay un problema de fondo, ¿verdad? Un problema de oferta y demanda, y arrojar dinero sobre eso realmente no lo resuelve”, afirma Goodhue. “No queremos realmente el pago directo; queremos el comercio”.
En cambio, China compró más soja a Brasil.
Las proyecciones del Departamento de Agricultura habían previsto que Brasil superaría a Estados Unidos en participación del mercado mundial de soja, pero solo de forma gradual.
“Y entonces aparece esa guerra comercial de 2018, y es como un boom”, afirma Joseph Glauber, ex economista jefe del departamento.
“Superaron ampliamente esas proyecciones”, afirma. “Para 2020 ya tenían una participación mayor en el mercado mundial que la que proyectábamos en ese momento para 2025. Es increíble. Eso es lo que hacen estas guerras comerciales”.
Cuando Trump regresó a la Casa Blanca en enero del año pasado, Brasil ya abastecía la mayor parte de las importaciones de soja de China. Las relaciones comerciales, la capacidad de procesamiento y las rutas de intercambio desarrolladas durante los años anteriores se habían consolidado.
“Hace cinco años perdimos algunos consumidores de lo que producimos, nuestros clientes en el exterior”, afirma Lehman, de la Unión de Agricultores de Iowa. “No volvieron a ser nuestros compradores”.
Muchos agricultores sostienen que la segunda administración de Trump trajo una nueva ronda de aranceles e incertidumbre comercial. Para los productores, cuyas decisiones de siembra se toman meses antes de que una cosecha sea recolectada y vendida, los cambios rápidos hicieron aún más difícil un cálculo que ya era complejo.
La administración responde que redujo el déficit del comercio agrícola heredado del expresidente Joe Biden mediante medidas como créditos a la exportación y misiones comerciales.
“Lejos de perder nuestra posición, Estados Unidos está alcanzando un récord de u$s174.000 millones en exportaciones agrícolas”, señaló el Departamento de Agricultura en un comunicado, en referencia a su proyección para los 12 meses hasta fines de septiembre.
“Esta administración trabaja de manera agresiva para ampliar los mercados existentes, desarrollar nuevos mercados y conectar a nuestros productores con compradores internacionales, garantizando que nuestros agricultores nunca dependan de un único comprador”.
Estados Unidos sigue siendo el mayor exportador mundial de maíz, tras recuperar esa posición frente a Brasil en 2024, pero su participación en el comercio global del cereal cayó en el largo plazo, desde el 68% de hace dos décadas hasta alrededor del 30% en la actualidad.
La secretaria de Agricultura, Brooke Rollins, dijo al FT el año pasado: “Creo sinceramente que nunca hubo un presidente en mi vida, quizás en varias generaciones, que haya estado más enfocado y haya brindado más apoyo a la prioridad de nuestros agricultores y de la agricultura estadounidense que Donald Trump”.
El Texas brasileño
La fortaleza del sector agrícola de Brasil no es solo consecuencia de la política comercial estadounidense.
Hasta la década de 1970, el país sudamericano dependía de las importaciones para alimentar a su población, pero desde entonces ha construido una industria de gran escala que abastece de alimentos a gran parte del mundo.
Hoy, su posición de liderazgo mundial como exportador de carne vacuna y soja se suma a su tradicional dominio en productos como el café, la caña de azúcar y el jugo de naranja.
Raphael Bulascoschi, analista de la correduría de materias primas StoneX, afirma que la principal razón por la que el país está en camino de desplazar a Estados Unidos como el mayor exportador agrícola del mundo es que gran parte del territorio brasileño permite obtener dos cosechas en un mismo año.
“Este modelo de producción durante todo el año ayuda a distribuir los costos fijos y, por lo general, mejora los márgenes de los productores”, agrega.
En el vasto estado centro-occidental de Mato Grosso, donde la industria de la soja tuvo una enorme expansión, más de la mitad de la superficie utilizada tiene una segunda cosecha de maíz o algodón. Las zonas con riego incluso pueden alcanzar tres cosechas anuales. El estado es conocido a veces como el “Texas brasileño” por sus enormes rodeos de ganado, sus plantaciones agrícolas y su espíritu de frontera.
La disponibilidad y el bajo costo de la tierra en Brasil también representan ventajas clave, especialmente en las regiones fronterizas, lo que permite grandes economías de escala y mayor eficiencia.
En el municipio de Sorriso, en Mato Grosso, los campos se extienden a ambos lados de la principal autopista, interrumpidos por enormes silos y plantas procesadoras operadas por grandes compañías comerciales como la china Cofco.
La producción brasileña de cereales, legumbres y oleaginosas se duplicó con creces en 13 años hasta alcanzar los 346,1 millones de toneladas en 2025, incluso cuando la superficie cultivada aumentó a un ritmo menor. La expansión agrícola hacia la sabana tropical fue un logro de la agronomía moderna, que implicó el tratamiento de suelos con pocos nutrientes y el desarrollo de variedades de cultivos adaptadas al clima.
Sin embargo, los agricultores brasileños tampoco son inmunes a las rupturas geopolíticas que afectaron al sector agrícola en todo el mundo.
El país importa alrededor del 85% de los fertilizantes que necesita, cuyos precios aumentaron debido a la guerra con Irán. Las elevadas tasas de interés internas y la caída de los precios de los cultivos ya habían incrementado la presión financiera antes de que comenzara el conflicto.
Investigadores de la Universidad Purdue, en Indiana, estimaron que las ganancias de la soja en Mato Grosso cayeron a un mínimo de dos décadas, con apenas u$s 10 por acre en la última cosecha.
“El momento actual no es muy alentador”, afirma Fernando Pozzobon, cuya familia posee una explotación de 3.000 hectáreas en Mato Grosso que combina cultivos, ganadería y procesamiento. “Todos los factores se están alineando para generar problemas”.

Pero Brasil y Estados Unidos ingresaron a esta crisis desde posiciones diferentes. El país sudamericano tenía una participación dominante en el mercado chino de soja. Los productores estadounidenses habían perdido ese mercado, convirtiendo lo que podría parecer otro giro negativo del ciclo de las materias primas en una crisis más profunda.
“Es un momento difícil para muchos agricultores”, afirma Lehman, de la Unión de Agricultores de Iowa.
“Realmente no estamos cultivando alimentos”
La pérdida de la demanda externa de exportación volvió a los agricultores estadounidenses cada vez más dependientes de compradores creados por las políticas gubernamentales dentro del país.
Wendy Johnson trabaja en una explotación agrícola en el norte de Iowa, lo suficientemente cerca de una planta de etanol como para ver el vapor que se eleva por encima de los campos circundantes. El maíz ha ofrecido uno de los pocos ingresos confiables porque la planta garantiza un mercado asegurado.
“Eso es realmente lo único que nos está manteniendo en este momento”, dijo cuando el FT visitó su establecimiento en febrero.
La industria del etanol consume alrededor del 40% de la cosecha de maíz de Estados Unidos, impulsada por incentivos fiscales y normas federales que obligan a mezclar biocombustibles con el combustible para transporte.
“Realmente estamos produciendo para el Gobierno, y no de manera verdaderamente independiente”, dijo Johnson. “Uno piensa en el agricultor estadounidense como ese hombre muy independiente y obstinado. Podemos tener esa imagen, pero en realidad no somos tan independientes”.

En marzo, en medio del aumento de los precios del petróleo tras el inicio de la guerra con Irán, la Agencia de Protección Ambiental estableció los requisitos generales de mezcla de biocombustibles más altos en la historia del programa.
La EPA afirmó que las normas crearán este año un mercado de u$s 31.000 millones para el maíz estadounidense y el aceite de soja destinado a la producción de biocombustibles.
La administración utilizó el etanol para mitigar de forma más directa el impacto del shock energético. Las exenciones de emergencia emitidas tras las interrupciones en Medio Oriente flexibilizaron las normas sobre la venta de E15, una mezcla de gasolina que contiene 15% de etanol.
Brasil también cuenta con normas de mezcla que respaldan el etanol, pero la mayor parte de su producción de biocombustible se basa en la caña de azúcar, lo que genera un impacto menor sobre la demanda de granos que en Estados Unidos.
Estados Unidos se está convirtiendo “cada vez más en un mercado de consumo interno para las materias primas agrícolas”, afirma Adrian Gasparian, un brasileño que es director comercial de la firma comercializadora Pisces et Granum.
“Nuestras explotaciones se están convirtiendo más en fuentes de energía que en cualquier otra cosa”, dijo Johnson en marzo. “Realmente no estamos cultivando alimentos; estamos produciendo etanol”.
Más escala, menos agricultores
Cuando una explotación agrícola estadounidense desaparece, sus campos rara vez dejan de producir. Por lo general, pasan a manos de productores más grandes. La escala permite distribuir el costo de la maquinaria, la mano de obra y una tecnología cada vez más costosa sobre una mayor superficie.
Pero también está desplazando una forma de vida más antigua.
Cerca de la explotación de Johnson, por ejemplo, los campos siguen cultivados, pero algunas de las casas, graneros y construcciones que antes se encontraban en el centro de esas tierras desaparecieron o quedaron abandonadas.
Menos explotaciones agrícolas significan menos familias gastando dinero en comercios locales, enviando a sus hijos a escuelas y sosteniendo iglesias, concesionarios de maquinaria y otros negocios. También implican menos agricultores con influencia en los gobiernos locales.
“De alguna manera estamos perdiendo nuestra voz en el condado”, afirma Bob Stewart, un agricultor de Illinois de quinta generación, “porque hay muchos menos agricultores”.
Alrededor de Sorriso, la trayectoria es diferente. Ciudades que apenas existían hace unas décadas son ahora nuevos centros de riqueza, que atraen migrantes de todo Brasil. “Antes no existían, y están construidas alrededor de la agricultura”, afirma Gasparian sobre Sorriso y la cercana Lucas do Rio Verde.
Pero la conversión de vastas extensiones del ecosistema para dar paso a pasturas y cultivos generó preocupación entre los ambientalistas. Mato Grosso significa “matorral espeso” en portugués, pero hoy se encuentra entre los estados con mayor pérdida acumulada de bosques.
La deforestación ilegal fue una de las justificaciones de Washington para imponer un nuevo arancel comercial del 25% a Brasil, aunque la pérdida de cobertura forestal disminuyó significativamente en los últimos años y el país cuenta con un estricto código forestal que obliga a los agricultores a preservar parte de sus tierras en estado natural.
Y pese a la vertiginosa expansión de la agricultura brasileña, los productores se quejan de los cuellos de botella en la infraestructura de transporte —pocas líneas ferroviarias y carreteras en mal estado— que encarecen el traslado de los granos hacia los puertos.
“Hoy, los costos de transporte representan el 30% del valor de la soja”, afirma Diogo Damiani, presidente del Sindicato Rural de Sorriso. “En Estados Unidos representan del 10% al 15%”.
A medida que el agronegocio creció hasta representar cerca de una cuarta parte de la producción económica de Brasil, su impacto se extendió a la política y la cultura. Su grupo de presión tiene una influencia determinante en Brasilia, mientras que la música más popular del país es un género de estilo rural que proyecta una imagen de la vida en el campo.
Las consecuencias políticas son más difíciles de medir en Iowa, un estado con tendencia republicana que cumple un papel clave en las primeras etapas del proceso de nominación presidencial.
La mayoría de los agricultores de Iowa apoyaron a Trump. Tampoco necesariamente se oponen a los aranceles. Lehman afirma que muchos aceptarían un período de dificultades si formara parte de una estrategia clara para enfrentar la competencia desleal y construir mejores mercados.
Pero sostiene que durante el segundo mandato de Trump “estamos en una situación mucho peor en materia comercial”.
Según Johnson, muchos agricultores inicialmente asumieron que las disrupciones provocadas por Trump terminarían generando algo mejor. “Bueno, deben haberlo hecho por alguna razón”, recuerda que decía la gente.
“Pero el horizonte sigue acercándose y no estamos viendo mucha esperanza”, agregó. “No creo que políticamente quieras que la esperanza de los agricultores se debilite en el Medio Oeste”.

















