

El rey está desnudo. Hay que decirlo. No podemos seguir repitiendo, como en una cinta de Moebius, las mismas recetas, las mismas fórmulas, las mismas pretendidas soluciones.
El Presidente dice que la inflación está bajando, que se crearon 700.000 puestos de trabajo y que el país norrmalizó su funcionamiento institucional. Es un despropósito rocambolesco. Una falta de registro de la realidad que nos deja atónitos por sus consecuencias. Es sabido que si el diagnóstico es errado, el tratamiento será inadecuado. Y las consecuencias podrán ser fatales.
Así pasa con los países. Si los diagnósticos fracasan, fracasarán también las políticas que en consecuencia se impulsen.
Y en Argentina es equivocada la idea de alcanzar el equilibrio fiscal mediante la poda irrestricta del gasto público. Una cosa es repensar el Estado y reflexionar acerca de los criterios de distribución de los esfuerzos públicos, en la idea de hacer más eficiente y razonable el destino de los dineros que son de todos. Otra, diferente, es desfinanciar las obras de infraestructura, eliminar las líneas de crédito público para la producción, rezagar el ingreso de los jubilados respecto de la inflación y dejar en el olvido a la salud y a la educación.
El ajuste permanente no es una política económica virtuosa porque lleva ineluctablemente a la recesión. Y ello significa, siempre, una caída de la recaudación pública, ahondando el rojo fiscal que pretendidamente se quería equilibrar. El ajuste permanente, además de sus tremendos costos sociales, es irracional desde el punto de vista de su eficacia económica. Hay que salir del laberinto por arriba, como decía Marechal.
¿Qué hacer entonces? Es evidente que debemos pensar en una política de recuperación de la capacidad productiva de nuestras empresas, hoy ociosas en porcentajes descomedidos. Para ello no es necesario mendigar inversiones a nadie, sino mirar hacia nosotros mismos. Hay que recomponer la demanda mediante políticas de apalancamiento del consumo interno. Y ello supone mejorar el poder de compra de los sectores de ingreso fijo.
De todos modos entiendo que el problema argentino no es económico sino político. Es necesario redefinir objetivos estratégicos para la Nación y salir del tacticismo cortoplacista. No podemos andar a los bandazos permanentes por no tener claridad respecto del destino que anhelamos.
Repensar un único destino colectivo supone necesariamente salirnos de una grieta absurda que hoy obtura las potencialidades que tenemos como Nación. Suturar la grieta no es un llamado inocuo a una suerte de placidez anodina estructurada alrededor de una sociedad decididamente injusta. No, suturar la grieta debe ser un llamado a reconstruir un consenso sobre la Argentina de la producción y del trabajo. Salir del fracaso no es tarea para unos pocos. Es una tarea que requiere la voluntad concurrente de un abanico variopinto de fuerzas políticas, productivas y sociales. Es una tarea que implica desbrozar lo principal de lo accesorio y comenzar a pensar definitivamente un país que haga de la cultura del trabajo el eje central de su reconstrucción futura.













