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La medianoche del 31 de diciembre de 2019 encontró a Kim Durand lejos de cualquier señal de teléfono, metido en la selva colombiana, cerca de Santa Marta, con el calor pegajoso del Caribe y el ruido de fondo de una naturaleza a la que no le importaba demasiado el fin de año.
Tenía 30 años recién cumplidos y trabajaba, hasta ese momento, como uno de los ejecutivos de Uber Eats en México. El silencio forzado —sin wifi, sin notificaciones, sin nada que lo distrajera de sus propios pensamientos— le dio el espacio que hacía tiempo venía necesitando para hacer una cuenta pendiente: qué había hecho con la década que terminaba y qué quería hacer con la que estaba por empezar.
Concluyó que tenía dos deudas consigo mismo —sumarse a una causa que lo movilizara de verdad y lanzar un negocio propio— y decidió, ahí mismo, que no iba a esperar más para encararlas juntas.
De esa reflexión, entre sonidos inquietantes y el eco lejano de algún animal y sin una sola barra de señal, salió la idea de Cheaf, la plataforma tecnológica nacida en México que, con presencia en la Argentina desde el año pasado, busca conectar excedentes alimentarios de supermercados, restaurantes, panaderías y comercios con consumidores dispuestos a adquirirlos a precios reducidos.

Fue en el marco de su última visita al país que El Cronista se sentó a conversar con él: Durand llegó a Buenos Aires para participar de la presentación -de manera virtual y ante periodistas de varios países de la región- de los resultados de la Encuesta Regional sobre Percepción de Desperdicio de Alimentos 2026, el relevamiento que la plataforma realiza cada año sobre hábitos y percepciones frente al desperdicio de comida.
Ingeniero aeroespacial, economista: quién es Kim Durand
El recorrido de Kim hasta el momento de fundar Cheaf ya era poco convencional. Nacido en París, Durand se formó como ingeniero aeroespacial en Toulouse, la capital europea de esa industria, y en paralelo se recibió de economista.
Después de sus estudios viajó a Asia con la idea de lanzar un negocio propio y terminó, casi por casualidad, en la fiesta de lanzamiento de una aplicación entonces desconocida llamada Uber, en Kuala Lumpur, en 2013.

Volvió a Francia, aplicó para trabajar en la oficina de Uber en París y quedó en el área de operaciones. Los siete años siguientes los repartió entre Francia, Ámsterdam, Asia-Pacífico y Rusia, hasta que la compañía lo llevó a México, donde terminó a cargo de la parte comercial, de marketing y de operaciones de Uber Eats en dos tercios del país.
Ingeniero espacial, economista y gerente de una de las plataformas de delivery más grandes del mundo: ese cruce inusual de formación es, según cuenta él mismo, lo que le permitió mirar el problema del desperdicio de alimentos con una lógica de marketplace y de eficiencia operativa, más que con una mirada puramente social.
El disparador llegó con la pandemia. Durand recuerda que, apenas arrancó la crisis sanitaria, vio caer a comercio tras comercio con el que hablaba por su trabajo en Uber Eats: el tráfico se derrumbaba y los costos seguían ahí.
Esa necesidad urgente de recuperar cada peso posible se combinó con la observación de fondo que ya venía masticando en la selva colombiana: se tira una cantidad enorme de comida en buen estado mientras hay millones de personas que necesitan comer mejor y más barato. Cheaf nació de unir esas dos puntas.
El nombre, de hecho, es una mezcla deliberada. Cheaf combina ‘cheap’ (barato) y ‘eat’ (comer), pero también suena parecido a ‘chef’, el que cocina. La elección tuvo, además, un criterio bastante menos romántico: necesitaba un dominio .com disponible, y ese lo estaba

Los primeros pasos fueron artesanales. Durand contrató, a través de una plataforma de freelancers, a un desarrollador para construir un sitio web, y sumó a una becaria de marketing digital a la que reclutó mandando mails a universidades de la Ciudad de México: de las veinte respuestas que recibió, eligió a Brenda, que sigue siendo hoy la gerenta de marketing de la compañía en ese país.
Durand no dejó su trabajo en Uber Eats para arrancar: siguió empleado y volcó buena parte de su sueldo al desarrollo de la plataforma y a esas primeras contrataciones.
La inversión inicial, de sus propios ahorros, fue de algo menos de 50.000 dólares, sostenida durante los primeros seis meses. A fines de 2020 llegó la primera ronda de inversión externa, de unos 500.000 dólares, y desde entonces la compañía sumó otras dos rondas de distintos fondos por u$s 4,5 millones .
El negocio, en números
Hoy Cheaf factura entre 20 y 25 millones de dólares anuales a nivel global, con México como mercado más grande y la Argentina en el segundo lugar.
Desde que Cheaf empezó a operar en el país, en febrero de 2025, generó alrededor de una cuarta parte de esa facturación global, con ya 1.3 millones de usuarios. Son unos 25.000 usuarios por semana los que se bajan la aplicación y la tasa de incorporación de tiendas está en el orden de las 50 mensuales, con 1000 negocios operando actualmente.
El ticket promedio de cada operación ronda los 7 u 8 dólares tanto a nivel global como en la Argentina, lo que confirma que se trata, en palabras de Durand, de un negocio de microtransacciones que solo funciona si logra un volumen enorme.
Para el próximo ejercicio, la compañía se propone llegar a una facturación de entre 35 y 40 millones de dólares. Hoy tiene 49 empleados en el mundo, entre 6 y 15 de ellos radicados en la Argentina, además de un director general por país: en la Argentina, Juan Etcheverry.
Puertas adentro, la compañía tiene una categoría informal para sus usuarios más fieles: los llaman food heroes, héroes de la comida, y son quienes hacen al menos cuatro rescates por mes. Ese núcleo duro representa el 21% de la base de usuarios; el resto se reparte entre compradores esporádicos y personas que prueban la aplicación una vez y no vuelven.
Según Durand, esa falta de retorno no tiene que ver con un problema de demanda —la tasa de venta de los paquetes ofrecidos es altísima, entre nueve y diez de cada diez productos publicados se venden— sino de oferta: hoy el ritmo de crecimiento de Cheaf está atado a la velocidad con la que puede sumar nuevos comercios, no a la cantidad de gente dispuesta a comprar.
—¿Cuál es el propósito de Cheaf?
—Hay un triple propósito: un ganar económico, un ganar en sostenibilidad y un ganar social.
—Y a los comercios, en concreto, ¿qué les aporta?
—Recuperar productos que iban a la basura es casi un margen puro. Son negocios de alimentación con márgenes chicos, así que cada punto adicional pesa mucho.
—¿Y al usuario final?
—El ahorro es el primer motivo de compra, sin dudas. Pero después aparece un feel good: la aplicación te devuelve cuánta huella de carbono evitaste con esa compra, y eso funciona como un segundo incentivo.

Una encuesta con una paradoja
Ese comportamiento del usuario es, junto con la actualidad del negocio, uno de los dos ejes del relevamiento que motivó el viaje de Durand a la Argentina.
Es la segunda edición de esa encuesta, que el año pasado había relevado a 5.858 personas en Argentina, Chile y México, y que esta vez incorpora por primera vez a Colombia, motivo por el cual las comparaciones interanuales todavía excluyen a ese país.
Según los propios datos del informe, la base final quedó compuesta por 4.588 respuestas completas —4.504 de ellas con contenido sustantivo— repartidas entre Chile (1.300), Colombia (1.229), México (988) y la Argentina (987), con un perfil de respondentes de mayoría femenina y concentrado entre los 45 y los 54 años.
Los datos que Durand adelantó sobre la Argentina describen un país con mucha conciencia sobre el problema, pero poco conocimiento normativo: el 89% considera que el desperdicio de alimentos es un tema grave o relevante, aunque el 71,8% no sabe si existe alguna ley al respecto.
Pese a esa desinformación legal, la Argentina aparece como el país de la región que menos comida tira a nivel semanal, según lo que declaran los propios encuestados: 26%, contra un 40% a 50% en los demás países relevados, y un 24% dice directamente que nunca desperdicia comida, muy por encima del promedio regional, que ronda el 10 por ciento.

A nivel regional, el 91% de los encuestados de los cuatro países considera que el desperdicio de alimentos es, como mínimo, un problema relevante, y en muchos casos crítico.
—¿Por qué esa conciencia no siempre se traduce en menos desperdicio?
—Porque la proporción de gente que efectivamente desperdicia es parecida, cerca del 40%, tanto entre quienes consideran el problema crítico como entre quienes le dan poca importancia.
—¿Entonces el problema es de conciencia o de hábitos?
—De hábitos, muchas veces. No es que no quieran hacerlo: no saben cómo. No saben, por ejemplo, que el pan se puede congelar.
—¿Y ahí es donde entra Cheaf?
—Exacto. Por eso apostamos a bajar el precio de rescatar comida, además de generar conciencia: para que nadie tenga una excusa económica frente a un problema que dice tomarse en serio.
El informe también detectó una brecha generacional que sorprendió al propio equipo de Cheaf: el 52% de los encuestados de entre 18 y 24 años dice desperdiciar comida semanalmente, contra el 33% de la franja de 45 a 54 años.

Durand lo explica por una combinación de factores: los más jóvenes todavía no administran su propia economía doméstica y, aunque están mucho más interpelados por la narrativa de la sostenibilidad —a diferencia de generaciones anteriores, que asociaban el no derrochar comida a una conciencia puramente económica—, esa sensibilidad todavía no se traduce en hábitos de consumo más cuidadosos.
El objetivo: cobertura nacional antes de fin de año
De cara al futuro, la ecuación argentina pasa hoy por la geografía. Cheaf opera en 80 ciudades de 19 de las 24 provincias del país, un número que subió recientemente y que la compañía espera terminar de completar durante este mismo 2026, llegando a todas las juridiscciones.
La mirada a 2050
La ambición de largo plazo excede, de todos modos, al mapa argentino.
Durand habla de una visión a 2050 en la que Cheaf se convierta en la “súper app” de la sostenibilidad en toda América: hoy la compañía está en México, Chile, Argentina y, desde hace apenas ocho o nueve meses, en Colombia, y su plan es no detenerse hasta cubrir el resto de América Latina y, eventualmente, llegar a Estados Unidos.
Ese crecimiento geográfico convive con una ambición vertical: la compañía se concentra hoy en el rescate de comida en comercios minoristas, pero mira con atención el desperdicio que se genera antes, en el campo —frutas y verduras que se quedan sin vender porque no cumplen con los estándares de tamaño o forma que exigen los supermercados— y no descarta, a más largo plazo, meterse con otro tipo de excedentes, como ropa o electrónicos, que también terminan generando un fuerte impacto ambiental cuando quedan sin vender.
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