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La suba de la morosidad en el sistema financiero volvió a instalarse en el centro del debate. En los últimos meses, los indicadores de cartera irregular comenzaron a escalar después de varios años de niveles excepcionalmente bajos y el Congreso ya analiza distintos proyectos para aliviar la situación de los deudores.
Sin embargo, detrás de los porcentajes que hoy aparecen en balances, informes de mercado y titulares existe un fenómeno que, según la banca privada, está inflando artificialmente el problema.
Se trata del denominado “efecto arrastre”, una consecuencia de la normativa del Banco Central (originadas en la circular 5998 de junio de 2016) que obliga a las entidades a calificar a un cliente no sólo por cómo paga el préstamo que tiene con ese banco, sino también por el peor comportamiento crediticio que registre con cualquier otra entidad del sistema.
El párrafo en cuestión dice: “Se deberá recategorizar al deudor cuando exista una discrepancia de más de un nivel entre la clasificación dada por la entidad financiera y las otorgadas por al menos otras dos entidades o fideicomisos financieros en categorías inferiores a la asignada por aquella, cuyas acreencias -en conjunto- representen el 40% o más del total informado por todos los acreedores, según la última información disponible en la Central de Deudores del Sistema Financiero”
El mecanismo parece menor desde el punto de vista regulatorio, pero tiene implicancias de enorme magnitud sobre la contabilidad bancaria, el capital regulatorio y, finalmente, sobre el costo del crédito. El cliente que paga... pero figura como moroso
El caso que utilizan los bancos para explicar el problema es sencillo. Un cliente mantiene al día todas sus cuotas con el Banco A. Nunca se atrasó, nunca refinanció y cumple normalmente con su préstamo. Pero ese mismo cliente dejó de pagar un crédito otorgado por el Banco B. Aunque para el Banco A el comportamiento sea impecable, la regulación lo obliga a reclasificar a ese deudor utilizando la peor categoría asignada por el Banco B.
El mecanismo parece menor desde el punto de vista regulatorio, pero tiene implicancias de enorme magnitud sobre la contabilidad bancaria, el capital regulatorio y, finalmente, sobre el costo del crédito. El cliente que paga... pero figura como moroso
En otras palabras, el buen pagador deja de ser considerado un cliente normal únicamente porque incumplió con un tercero. Para los bancos, allí comienza la distorsión. Porque la entidad termina constituyendo previsiones sobre un crédito que, en los hechos, está cobrando normalmente.
Una fotografía que, según la banca, no refleja la realidad
La principal preocupación del sector no pasa únicamente por el efecto contable. Los bancos sostienen que los balances terminan mostrando un nivel de cartera irregular superior al verdadero y que esa fotografía luego es observada por accionistas, inversores, calificadoras de riesgo y organismos internacionales.
De hecho, varios auditores ya anticiparon que en los estados contables correspondientes al cierre de junio incorporarán una nota aclaratoria señalando que tanto la mora como las previsiones se encuentran incrementadas por el efecto de esta metodología regulatoria.
En otras palabras, el propio balance explicará que una parte del deterioro no responde al comportamiento de los clientes con ese banco, sino a incumplimientos registrados en otras entidades. ¿Una rebelión contable contra el Banco Central?
Desde la óptica de varios ejecutivos, la situación termina ocultando la verdadera calidad de las carteras. “La contabilidad debería reflejar la realidad económica de la empresa”, resume uno de ellos.
El propio balance explicará que una parte del deterioro no responde al comportamiento de los clientes con ese banco, sino a incumplimientos registrados en otras entidades. ¿Una rebelión contable contra el Banco Central?
Más previsiones, menos crédito
La consecuencia más inmediata aparece en el balance. Cuando un cliente es recalificado por arrastre, el banco debe incrementar las previsiones por incobrabilidad. Esas previsiones consumen utilidades, reducen patrimonio y, en consecuencia, disminuyen el capital disponible para seguir prestando.
Según explican en la industria, la ecuación es directa. Cuanto mayor es el capital inmovilizado para cubrir pérdidas potenciales, menor es la capacidad para expandir el crédito. Y ese costo termina trasladándose a las tasas que pagan los clientes.
La tasa activa que cobra un banco surge de varios componentes: el costo de captación de los depósitos, la cobertura del riesgo de transformación de plazos, la remuneración exigida por los accionistas, el spread comercial y la pérdida esperada por mora.
Cuanto mayor es el capital inmovilizado para cubrir pérdidas potenciales, menor es la capacidad para expandir el crédito. Y ese costo termina trasladándose a las tasas que pagan los clientes.
Si esa pérdida esperada aumenta por una regulación que obliga a sobreprevisionar, el resultado inevitable es un crédito más caro. La analogía que utilizan algunos banqueros es la de un seguro automotor: un conductor responsable termina pagando una prima más alta por los accidentes provocados por otro.
Las cifras ayudan a entender la magnitud del fenómeno. Al cierre de junio, los préstamos otorgados a familias e individuos mostraban estos indicadores. Mientras los bancos públicos registraban una cartera irregular del 9,8%, la banca privada alcanzaba el 14,2%. En el universo fintech, en cambio, el indicador ascendía al 34,3%.
Incluso algunos jugadores exhibían porcentajes considerablemente superiores. Para un banquero que está estudiando al detalle este tema, “la morosidad en los bancos podría ser entre dos y tres puntos menor si se deja de lado el efecto arrastre.”
Fuentes oficiales buscan enfriar la protesta de los banqueros: “La percepción va a ser siempre heterogénea. Nosotros creemos que más información es mejor que menos, y que si un clientes no paga, él debe ser calificado como no pagador por todo el sistema. Es parte del incentivo o ‘riesgo moral’ de que si alguien deja de pagar, eso tiene consecuencias sobre el sistema, no solo sobre el banco que no cobró.”
Para un banquero que está estudiando al detalle este tema, “la morosidad en los bancos podría ser entre dos y tres puntos menor si se deja de lado el efecto arrastre.”
Hasta el año pasado el problema permaneció prácticamente invisible. Con tasas de interés reales negativas, alta inflación y abundante liquidez, pocos actores prestaban demasiada atención al riesgo crediticio.
Pero el cambio de régimen económico, y sobre todo monetario a partir de mitad dell 2025, modificó completamente el escenario. La normalización monetaria, el esquema cambiario de bandas y una política monetaria más restrictiva volvieron a colocar al crédito en el centro del negocio bancario. Al mismo tiempo, comenzó a observarse un incremento gradual de la mora, especialmente desde septiembre y octubre del año pasado.
Escala
En ese nuevo contexto, cualquier mecanismo que eleva artificialmente las previsiones adquiere una importancia mucho mayor.
La propuesta que empieza a ganar consenso dentro del sector es relativamente simple: que cada entidad reserve capital únicamente por el riesgo de los préstamos que efectivamente presentan incumplimientos dentro de su propia cartera, manteniendo al mismo tiempo el intercambio de información crediticia para evaluar nuevas operaciones.
La discusión llega además en un momento especialmente sensible. Mientras distintos proyectos legislativos buscan dar respuesta al aumento de la morosidad, los bancos sostienen que parte del diagnóstico parte de una lectura equivocada de las estadísticas.
No niegan que el incumplimiento haya aumentado respecto de los mínimos históricos.
Lo que ponen en duda es que la magnitud sea la que hoy sugieren muchos indicadores.
Y advierten que mientras esa metodología permanezca vigente, una parte del crédito seguirá encareciéndose por un riesgo que, al menos para quien otorgó el préstamo, nunca llegó a materializarse
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