¿Soy economista? Desde que terminé mi licenciatura y mi maestría en economía, trabajé en el Government Economic Service (brevemente), fui investigadora económica (menos brevemente) y escribí sobre economía (desde hace años). En Gran Bretaña nadie cuestiona jamás la parte “economista” de mi identidad, al menos no en mi cara. Pero en EE.UU., como me explicó una vez con toda naturalidad un miembro de la tribu, no cuento. No tengo un doctorado.

Como alguien que cae en esa zona gris, pongo los ojos en blanco cuando la cuestión de quién califica como economista se cuela en el debate público. No existe un colegio profesional que otorgue la matrícula de economista. Se lo use contra el estadounidense Jay Powell, un abogado especializado en comercio devenido en máximo banquero central, o contra el británico Gary Stevenson, un youtuber con una maestría en economía y opiniones firmes sobre impuestos, el credencialismo no queda bien.

Aun así, muchos anhelan una definición. En parte, porque los economistas tienen influencia sobre la opinión pública. Un estudio de Hans Sievertsen y Sarah Smith, de la Universidad de Bristol, estimó que en EE.UU. conocer la opinión de un economista experto desplazaba la posición de la persona promedio en 0,2 puntos en una escala de cinco. En Gran Bretaña, la confianza en los economistas, hay que admitirlo ya de por sí baja, mejoró desde 2017 hasta alcanzar al 37% del público.

Pensemos en los economistas como un gremio cuyos miembros controlan quién tiene permitido ingresar y qué cuenta como verdadera economía. Al custodiar la definición de la pericia económica, preservan su influencia sobre el público y sobre las políticas públicas.

El problema con las definiciones más estrictas es que, en realidad, no funcionan. Portugal es un caso poco habitual: tiene una asociación sectorial que reserva el título para quienes cuentan al menos con un título universitario en la materia. En EE.UU., donde en verdad no hace falta haber estudiado demasiada economía para graduarse en esa carrera, exigir un posgrado tiene más sentido. Pero requerir un doctorado en economía dejaría afuera a varios de los que están en la cumbre de la profesión. Unos 13 de los 96 ganadores del premio Nobel de Economía no calificarían.

Descartar por completo la experiencia laboral remunerada parece una tontería. La economía existe fuera de los muros de la universidad: ¿acaso no se puede llegar a ser especialista más tarde? Eso incorporaría al 23% de los banqueros centrales de las décadas de 2000 y 2010 que no tenían un título en economía. Pero incomodaría a algunos otros. Años después de convertirse en una de las principales responsables de la política económica del mundo, en 2024 la titular del BCE, Christine Lagarde, todavía denunciaba a los economistas como una “camarilla tribal” bien diferenciada.

Las definiciones más laxas también traen desafíos. Los economistas son un grupo diverso, difícil de definir a partir de sus supuestos o de sus opiniones. Es una caricatura decir que los economistas creen que las personas son agentes racionales que maximizan su utilidad, aunque, en palabras de Jean Tirole, de la Escuela de Economía de Toulouse, sí tienden a suscribir la idea de que los incentivos y el comportamiento de los individuos son el punto de partida para entender a los grupos. Pero eso no se traduce de manera consistente en recomendaciones de política. Hasta los controles de precios encontraron algunos defensores de peso dentro de la profesión.

Definir a los economistas por sus métodos también corre el riesgo de resultar demasiado estrecho. Muchos usan herramientas empíricas para extraer relaciones causales de datos imperfectos. Pero muchos no.

Los economistas son un grupo diverso, difícil de definir a partir de sus supuestos o de sus opiniones.
Los economistas son un grupo diverso, difícil de definir a partir de sus supuestos o de sus opiniones.Fuente: ShutterstockShutterstock

Cuanto más vago es el criterio, mayor es el riesgo de que fijar los límites de quién cuenta como economista degenere en una forma desagradable de dirimir desacuerdos intelectuales. Negarle a alguien el título de economista puede ser una descalificación perezosa, una señal de que sus ideas no merecen credibilidad. Es más fácil lanzar ese reproche que hacer el esfuerzo de explicar por qué determinada postura es equivocada.

Los investigadores documentaron la tendencia de los economistas a desconfiar de quienes están fuera de la corriente principal. Mohsen Javdani, de la Universidad Simon Fraser, y Ha-Joon Chang, de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos, encuestaron a economistas de todo el mundo sobre si coincidían con distintas afirmaciones y atribuyeron al azar algunas fuentes a pensadores del mainstream (como Adam Smith) y otras a figuras menos convencionales (como Karl Marx). Los economistas formados eran más propensos a estar en desacuerdo con una postura que creían proveniente de ese segundo grupo.

Como escribió la socióloga Marion Fourcade, mientras que en Gran Bretaña la autoridad económica es “más fluida y se define de manera informal”, en EE.UU. la competencia económica está “más firmemente arraigada en la posesión de un título universitario especializado”. Lo que explica mi propia crisis de identidad. Mientras continúe la competencia por influir en las políticas públicas, no esperen que la discusión sobre quién puede reclamar el título desaparezca.