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En 1980, Serú Girán publicó “Mientras miro las nuevas olas”, el tema de Bicicleta donde Charly García se ríe de los que venden como novedad algo que ya se vio antes, con otro papel de envolver. “La música sigue pero a mí me parece igual”, canta. Cuatro décadas después, el negocio de los data centers en la Argentina invita a una relectura parecida.

En octubre de 2025, Sur Energy anunció la construcción de un mega data center de inteligencia artificial en la Patagonia, con una inversión de hasta u$s 25.000 millones y una capacidad de 500 megavatios. OpenAI respaldó el anuncio y se comprometió a ser el principal comprador de su capacidad de cómputo. Nueve meses más tarde existe una carta de intención firmada y poco más: el socio constructor sigue sin nombre y el sitio aún no fue definido.

En tanto, al cierre de la más reciente edición de Apertura, la empresa polaca Green Capital anunció en la embajada de su país otro proyecto de data center en Chubut: 300 MW en una primera etapa, con construcción proyectada para 2028 y financiamiento aún sin cerrar.

“Del PowerPoint a la realidad hay un camino”, resume Hernán Winnik, CEO de Cirion para la Argentina, una de las empresas que ya opera data centers en el país y en otros seis de la región. La frase describe también lo que pasa alrededor: mientras el proyecto patagónico espera, el resto de la región no deja de crecer. Según McKinsey, la demanda mundial de data centers podría más que triplicarse hacia 2030, con una inversión estimada de u$s 6,7 billones, y la inteligencia artificial explica el 70% de la nueva capacidad proyectada.

América Latina ya juega: Chile tiene 258 megavatios instalados y México 251. La Argentina tiene 32, casi todos en AMBA, mientras que el proyecto patagónico, por sí solo, equivaldría a quince veces todo lo que el país instaló en su historia. La pregunta, entonces, es: ¿hay mercado más allá del anuncio?

Julio Hutka, director de Negocios B2B de Telecom.
Julio Hutka, director de Negocios B2B de Telecom.Gentileza Telecom

El negocio de los data centers en Argentina ya está en marcha

Julio Hutka, director de Negocios B2B de Telecom, ordena la respuesta en dos tiempos. El primero ya sucedió. Los grandes jugadores globales de contenido ya utilizan la infraestructura de Telecom: llegaron para acercar sus contenidos al usuario final y ganar en latencia.

“Hoy entrás a cualquier data center de Telecom y ves dos mundos que conviven: la jaula de los clientes corporativos y las mega jaulas de los hiperescaladores”, explica. El negocio crece a doble dígito. El segundo tiempo es el que viene y define buena parte de la oportunidad argentina. El entrenamiento de los modelos de IA ocurre en mega data centers de los Estados Unidos, Asia o Medio Oriente, de una escala que no existe en Sudamérica. Pero el uso cotidiano de esos modelos, lo que en la jerga se llama inferencia, gana cuando se hace cerca de quien lo consume.

“Cuanto más cerca del cliente final, mejor la performance”, dice Hutka. “Ahí aparece un lugar para el país: data centers distribuidos, próximos a donde se generan y se usan los datos.”

Esa lógica de proximidad se ve en el mercado. Rafael Ibáñez dirige SkyOnline, uno de los data centers de colocation más grandes del país, con cuatro megavatios de capacidad y 26 años de operación. Lleva tres años de crecimiento sostenido. Amplió el enfriamiento, migró a un sistema de refrigeración por levitación magnética que le mejoró la eficiencia un 30% y firmó con YPF Luz para cubrir el 85% de su consumo con energía renovable. “Seguimos teniendo alta demanda de espacio”, dice, en un mercado donde la tecnología permite meter cada vez más cómputo en menos metros.

En tanto, Hernán Pennisi, gerente corporativo de Mercado Empresas de Claro, describe hacia dónde va esa demanda. Además del data center de colocation que la empresa tiene en Belgrano, Claro empezó a habilitar espacios en las principales ciudades del interior. “Hay una necesidad regional de tener servicios más cercanos al cliente”, apunta. La demanda llega desde finanzas, retail y el mundo de la energía, con Vaca Muerta como polo de nuevos jugadores que necesitan cómputo cerca.

Donde Hutka, Ibáñez y Pennisi coinciden es en la forma que toma el negocio, y ninguno apuesta al mega campus único. “El mundo al que vamos es híbrido y multicloud”, sintetiza Pennisi. Algunas cargas convienen en housing, otras en la nube pública, y hay datos que, por valor estratégico o por regulación, las empresas prefieren no sacar del país. Hutka lo llama “soberanía de datos autoimpuesta”: no la dicta el Estado, más allá de que existen leyes al respecto, sino la propia organización, que decide qué cómputo se queda cerca.

La demanda también cambió de cara. Noelia Miranda, directora de Secure Power de Schneider Electric para la Argentina, Paraguay y Uruguay, la empresa que provee la infraestructura eléctrica y de refrigeración a data centers de todo el mundo, lo ve desde el lado de quien equipa esas instalaciones. Antes empujaban sobre todo los grandes operadores internacionales; hoy suman servicios financieros, telecomunicaciones, industria y economía del conocimiento.

“Estamos frente a un cambio estructural en la industria, donde los data centers pasaron a convertirse en un activo estratégico para el desarrollo de la economía digital”, sostiene. Buena parte de esa demanda nueva ni siquiera necesita infraestructura propia. Pablo Juanes Roig, VP de Fintech de Huawei Argentina, lo cuenta desde otro eslabón de la cadena.

Huawei Cloud opera en el país desde su data center de Barracas y ofrece lo que llama MaaS, Model-as-a-Service: acceso a modelos de IA generativa por API, con un esquema de pago por uso, sin que la empresa monte infraestructura. “Muchas compañías quieren adoptar IA generativa pero se topan con barreras de costo, complejidad e integración”, dice. El servicio ya tiene clientes en banca, fintech, retail, logística y oil and gas. Son empresas argentinas que consumen cómputo de IA sin haber comprado un solo rack.

El sector público ofrece el caso más medible. Alejandro Steinmetz, director provincial de Sistemas de Información de la Provincia de Buenos Aires, gestiona el data center que DCE, una empresa argentina especializada en el rubro, construyó, licitación pública mediante, en un año y medio. Son 250 kilovatios de potencia, 42 racks y más de 2.500 servidores virtuales que dan servicio a medio centenar de áreas de gobierno. La inversión rondó los u$s 5 millones más equipamiento.

Steinmetz hace la cuenta: prestar esos mismos servicios con Amazon o Google costaría unos u$s 2,8 millones por año, así que la provincia amortizó todo en dos años. Salta recorrió un camino parecido pero con resultado distinto. La provincia tiene desde hace tiempo un esquema de nube híbrida a través de SALTIC, su empresa pública de telecomunicaciones, que contrata servicios de Huawei, AWS y Azure para distintos organismos del Estado.

“La iniciativa se encuentra operativa, aunque actualmente no cuenta con presupuesto para continuar ampliando su alcance”, reconoce Martín Güemes, secretario de Modernización y Servicios Públicos de la provincia. “Aun así, sigue funcionando y constituye una experiencia valiosa dentro del proceso de modernización de la infraestructura tecnológica.”

Julián Di Nanno, socio fundador de DCE, levantó más de un centenar de instalaciones en 18 años, entre ellas el data center bonaerense. Su lectura del día a día matiza el optimismo sin negarlo: los proyectos chicos se cierran solos, y los prefabricados de 20 y 40 pies tienen salida. La dificultad está en los proyectos de mayor escala. “Antes tenías diez proyectos grandes en carpeta y cerrabas uno. Hoy tenés uno o dos, y hay que romperse la cabeza para cerrar alguno”, grafica.

Hernán Winnik, CEO de Cirion.
Hernán Winnik, CEO de Cirion.Gentileza Cirion

Qué empresas ya invierten en data centers y servicios de inteligencia artificial

La fotografía la aporta Cabase en su Mapa de Infraestructura para la IA, presentado en el Internet Day de mayo de 2026. En todo el país hay 13 data centers operativos de más de un megavatio, con una potencia instalada total de 32 megavatios, y el 71% se concentra en la Ciudad de Buenos Aires. El más grande es el de Cirion en la zona de Chacarita, que con su última ampliación llegó a nueve megavatios.

La distancia con la región se mide sin necesidad de adjetivos. Chile tiene 258 megavatios instalados; México, 251. San Pablo es un hub global donde un único data center puede superar a toda la capacidad argentina junta. Cuando un hiperescalador como Google construye para 2.000 racks, habla de unos 60 megavatios, una escala que hoy no existe en el país.

Esa brecha tiene un costo que no es teórico. Si bien empresas como Amazon, Google, Meta, Microsoft, Oracle, Huawei y TikTok ya tienen presencia en el país para atender el mercado local, la demanda supera la oferta disponible. Fuentes del sector reconocen que hay pedidos de colocation que hoy no pueden satisfacer porque no tienen capacidad para alojarlos.

Energía, conectividad y previsibilidad: los obstáculos para crecer

Cuando se les pregunta por qué las grandes inversiones no terminan de concretarse, quienes operan en el sector marcan tres frentes. El primero es la energía, y conviene precisar dónde está la traba. Generación hay: el país cuenta con recursos renovables y capacidad. El problema aparece en la distribución.

Ariel Graizer, de SyT, busca hace tiempo dónde conectar 20 megavatios en el AMBA y le contestan que la red se la pueden construir “en varios años”. “Donde hacen falta, hay que construir la distribución”, dice. La Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología de la Nación coincide: la red de transmisión de alta tensión es el punto a robustecer.

Miranda, de Schneider, lo traduce a criterio técnico: para las cargas de IA ya no alcanza con tener energía disponible, tiene que ser confiable y estar preparada para crecer. Y Pennisi lo confirma desde la operación: para las cargas tradicionales la capacidad actual da, pero la IA juega en otra escala.

El segundo frente es la conectividad, y aquí las voces se encadenan. Hutka pone el estándar: cualquier instalación seria necesita un mínimo de tres caminos ópticos independientes. Ibáñez lo baja a tierra con una pregunta: “¿Cuántos operadores encontrás que pasen por Comodoro Rivadavia con redundancia? ¿Cuántos tenés en el centro de Buenos Aires?”.

La Secretaría agrega la falta de capilaridad de la fibra terrestre, y Steinmetz lo confirma desde la gestión: cuando la provincia evaluó dónde poner un data center de contingencia, la conectividad y la latencia le acotaron las opciones dentro de su propio territorio.

El tercero es la previsibilidad, cuestión que, según las fuentes del sector consultadas, constituye una verdadera traba. “Son inversiones muy grandes, con plazos largos”, plantea Ibáñez. “Si no tenés una política clara de beneficios impositivos, de continuidad, de poder retirar los fondos que invertiste, se vuelve muy difícil que una empresa monte semejante infraestructura acá.”

Pennisi dice lo mismo en clave optimista: lo que venía faltando era previsibilidad, y por eso considera que el momento para arrancar es bueno. Winnik suma: construir un data center desde la aprobación hasta la operación toma de un año y medio a dos para una empresa con experiencia internacional, y bastante más para quien lo intenta por primera vez en un país nuevo.

El resultado quedó a la vista en el mapa regional. AWS construye su primera región propia en Chile. Google ya opera en Uruguay, con u$s 850 millones invertidos en Canelones. Microsoft inauguró en 2025 su primera región de Azure en Sudamérica, también en Chile. Consultada para esta nota, Oracle señaló que por el momento no tiene novedades para compartir sobre sus planes locales, aunque espera poder brindar más información en los próximos meses.

Data centers en la Patagonia y el AMBA: dos mercados diferentes

Sobre los data centers pesa un malentendido persistente: que el frío de la Patagonia alcanza para atraer las inversiones. “Si el frío fuera el factor decisivo, la mayoría de los data centers estarían en el sur de Chile o en Canadá”, dispara Juan Gnius, consultor especializado en telecomunicaciones. “Lo que define una inversión”, sostiene, “es la combinación de energía con red de distribución, conectividad redundante y previsibilidad.”

El mapa correcto tiene dos canchas que no se sustituyen entre sí. Graizer las separa con precisión: los proyectos que exigen latencias por debajo de los siete milisegundos tienen que estar en el AMBA, cerca de los usuarios; los que no dependen de la proximidad pueden ir a la Patagonia, aunque allí compiten contra data centers de todo el mundo.

Güemes agrega una tercera cancha. Salta no apunta a competir con la Patagonia sino a construir una propuesta propia: posicionarse como nodo regional de infraestructura digital vinculado a los minerales críticos, el litio, el cobre y la transición energética.

Ese consumo industrial de procesamiento de datos, automatización y monitoreo remoto es, en su visión, lo que justifica la apuesta. Y suma el corredor bioceánico: no solo rutas y trenes, sino fibra óptica. Los corredores transportan bienes tangibles, pero también datos, servicios y capacidad de cómputo.

Para Hutka la división es clara: el entrenamiento se hace donde hay escala, en los grandes hubs internacionales. El uso diario se hace cerca del cliente. La Patagonia podría jugar en la primera cancha si se construye la infraestructura que hoy no tiene; el AMBA ya juega en la segunda. Los dos negocios pueden coexistir, y confundirlos es lo que infla expectativas y tapa lo que ya funciona.

Con ese mapa sobre la mesa, la pregunta de fondo deja de ser si el mega data center se construye o no, y pasa a ser cuánto puede aprovechar el país el mercado que ya tiene enfrente. Mientras, en el último lustro, México, Colombia, Chile, Brasil y hasta Uruguay recibieron inversiones en infraestructura de data centers, el país no recibió nada.

“La buena noticia”, afirma Di Nanno, “es que está todo por hacer”.