Macron versus Le Pen: por qué los franceses creen que nunca estuvieron tan mal como ahora

Los galos creen que su país se está yendo a pique, mientras los políticos perpetúan el pesimismo con fantasías de decadencia nacional.

Francia es "la campeona mundial de la deuda... la campeona mundial del desempleo, la campeona mundial de la pobreza", dijo Marine Le Pen a la Asociación de Prensa Angloamericana de París el año pasado. Era una descripción ridículamente negativa de un país de altos ingresos. ¿Cómo calificaría ella a Chad? Pero la líder de extrema derecha sabía que muchos votantes estarían de acuerdo con ella. El pesimismo francés es su mejor oportunidad para vencer a Emmanuel Macron en la segunda vuelta de las presidenciales del domingo.

¿Por qué tres cuartas partes de los franceses le dicen a los encuestadores que su país está en declive? El cliché es que la élite parisina no tiene ni idea del sufrimiento de los ciudadanos de a pie. Este argumento tiene muchos agujeros. En primer lugar, los investigadores de la felicidad identificaron hace tiempo la 'paradoja francesa': los franceses manifiestan niveles de felicidad más bajos que sus pares de países igualmente ricos

En resumen, la miseria francesa no es una historia económica directa. Además, la felicidad individual de los franceses ha aumentado, aunque partiendo de una base baja. La mayoría de las personas se sienten bien personalmente, incluso cuando imaginan que su país se está yendo a pique.

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Y los indicadores nacionales muestran que Francia sigue cuidando de sus ciudadanos: el desempleo es el más bajo desde 2008, el gasto público del 55,6% del PBI era el más alto del mundo desarrollado incluso antes de la pandemia, y los ingresos franceses siguen siendo relativamente iguales. La seguridad ha mejorado. La tasa de homicidios se redujo a la mitad entre 1988 y 2019. Citando al escritor Sylvain Tesson: "Francia es un paraíso habitado por gente que cree estar en el infierno".

Sin embargo, hay un luto generalizado por un paraíso francés perdido, o incluso por paraísos, dice Claudia Senik, experta en felicidad en la Escuela de Economía de París. De hecho, Francia tiene una edad de gloria casi oficial, las "trente glorieuses" de bonanza económica de 1946 a 1973. Luego está la grandeza nacional perdida. Eric Zemmour, que comparte el mercado del miedo con Le Pen, dice que la "nostalgia de la grandeza francesa" se remonta a la derrota de Napoleón en 1815.

A eso se suma la perdida "Francia de los pueblos", en un país que completó su éxodo rural relativamente tarde. En 1955, 6,2 millones de franceses seguían trabajando en la agricultura; en 2020, sólo 400.000. Si hay una "Francia real", ahora es suburbana, no rural. Sin embargo, muchos habitantes de las afueras, en sus casas de verano, añoran la granja de sus abuelos, olvidando su dura pobreza.

Casi todo lo que los críticos valoran de Francia está en el pasado o en el campo, lo que viene a ser lo mismo. Y, fundamentalmente para la extrema derecha, este paraíso perdido era blanco. El sentimiento de luto es más fuerte en la mitad oriental del país, que perdió su blancura, sus granjas y sus fábricas, también. El oeste de Francia, que nunca se industrializó mucho y tiene menos inmigrantes, sigue votando al statu quo.

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Los decadentes políticos franceses perpetúan el sentimiento popular de pesadumbre. La izquierda ve una inseguridad económica creciente, la extrema derecha ve la inseguridad y Le Pen ve ambas cosas. Ningún presidente puede restaurar el paraíso perdido, así que cada uno es pintado como un idiota demoníaco, por una población criada para venerar los levantamientos contra el poder de 1789 y 1944. Todos los políticos actuales son comparados desfavorablemente con los semidioses imaginados que deberían dirigir Francia.

Se espera que los presidentes satisfagan todas las necesidades de los franceses, lo que resulta especialmente difícil ahora que los franceses post-agrícolas se mueven por su vasto territorio semiabandonado. Los votantes de Le Pen, en particular, suelen vivir en zonas alejadas donde resulta caro prestar servicio con médicos o trenes.

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Francia financia todo esto a través de altos impuestos. Eso deja a la mayoría de la gente con ingresos netos reducidos, la principal queja del movimiento de los gilets jaunes [chalecos amarillos]. El salario desempeña un papel importante en el descontento de la nación. Según Senik, los franceses necesitan en promedio un 30% más de ingresos para ser felices. Le Pen capta este descontento con su eslogan "Devuelvan a los franceses su dinero", pero al mismo tiempo promete un mayor gasto estatal.

Una forma de devolver el dinero a los trabajadores sería aumentar la edad de jubilación, como propone Macron. Las jubilaciones francesas pueden ser las más generosas del mundo: en general, una persona deja de trabajar antes de cumplir los 61 años, y luego vive unos 25 años con una pensión superior al salario promedio. Con menos de dos franceses trabajando por cada jubilado, cada uno debe trabajar durante bastante más de 12 años para financiar esa pensión. En resumen, el sistema de previsión social francés pesa demasiado sobre los ingresos para hacer feliz a la mayoría de la gente, señala Senik.

El 7 de enero de 2015 comenzó una nueva era francesa cargada de angustia, el inicio de una ola de atentados terroristas islamistas seguida de la sublevación de los gilets jaunes, olas de calor ominosas, una pandemia que atomizó aún más este país de baja confianza, la guerra europea, una crisis del costo de la vida y, ahora, unas segundas elecciones consecutivas que polarizan.

Si el partido del pesimismo de Le Pen gana, dentro de unos meses los pesimistas habrán renunciado a ella también.

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