"Ella es radiante": qué es lo que a los franceses sí les gusta de Marine Le Pen esta vez

Aunque es posible que la líder de la ultraderecha no gane las elecciones, ha demostrado que el populismo está evolucionando.

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Julie Niel no puede contener su emoción. Esta mujer de 35 años, que trabaja en la cadena de supermercados Leclerc, acaba de ver a Marine Le Pen saliendo del Hotel Normandía de Vernon. "Estoy muy emocionada", asegura Niel, agarrando la mano de su hija mientras intenta tomar una foto con su celular a la candidata a la presidencia francesa entre una multitud de periodistas y simpatizantes que se agolpan para verla. "Ella es la que nos salvará de todo esto, de todo: el costo de vida, la situación de la economía; todo lo que ha conseguido Macron es que la nafta esté a 2 euros (u$s 2,17) el litro y los precios de los alimentos se disparen".

Vernon se encuentra a orillas del Sena, a una hora en auto de París y justo en la frontera con Normandía. Según uno de los asesores de Le Pen, se trata de la localidad número 46 que la candidata visita desde septiembre como parte de su campaña "local" contra el presidente Emmanuel Macron.

Le Pen eligió el pueblo no para hacer el habitual paseo y para hacerse selfies, sino para pronunciar un discurso televisado en el que explicó cómo dirigiría el país si sustituye a Macron, dos semanas después de que ambos derrotaran a otros 10 candidatos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Francia. La segunda vuelta entre Macron y Le Pen tendrá lugar este domingo 24 de abril.

Estrategia

Pero el entusiasmo de Niel es una señal de que la nueva estrategia de campaña de Le Pen, incluso en esta breve visita a Vernon, funciona. La idea es poner en evidencia el contraste entre una sonriente madre soltera de tres hijos que entiende las preocupaciones de la gente sobre el aumento de los precios, la delincuencia y la inmigración, y un presidente elitista y distante que comenzó a hacer campaña sólo días antes de la primera vuelta de las elecciones, el 10 de abril.

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"Cuando habla, es sincera. Dice lo que piensa, mientras que a Macron no le gustan los franceses, sólo los denigra", sostiene Niel. Para Le Pen, de 53 años, este es el tercer intento de llegar a la cima del poder en Francia tras las fallidas campañas de 2012 y 2017. Los sondeos de opinión muestran que esta vez se encuentra más cerca de convertirse en la primera mujer presidenta del país y de asestar un golpe nacionalista a la democracia liberal occidental, al igual que ocurrió en Reino Unido con el Brexit o con la elección de Donald Trump en 2016.

Cuando hace 20 años su padre, Jean-Marie Le Pen, fundador del partido Frente Nacional, dio un paso al frente con su formación de extrema derecha, el entonces presidente Jacques Chirac lo derrotó por un aplastante 82% en el ballotage. En las últimas elecciones de 2017, el liberal Macron, entonces recién llegado a la política, venció a Marine Le Pen por un 66%. Este año, es probable que Macron gane por un margen menor. Pero, con independencia del resultado, el avance de Le Pen habrá sido notable.

El auge de los líderes autoritarios, populistas y nacionalistas en todo el mundo -como Trump en Estados Unidos, Viktor Orban en Hungría y Vladimir Putin en Rusia- ha fortalecido a Le Pen; incluso sus campañas han sido financiadas por bancos rusos y húngaros.

Le Pen también se está aprovechando de la animadversión que siente la izquierda francesa por su oponente, ya que Macron se considera como el "presidente de los ricos" por haber abolido el impuesto sobre el patrimonio y haber trabajado en el pasado como banquero de Rothschild. Paradójicamente, la invasión de Ucrania por parte de Putin en las últimas semanas de la campaña también la ha beneficiado, al provocar subas de precios en combustibles y alimentos por las que los ciudadanos culpan al gobierno de Macron.

Sin embargo, en gran medida, Le Pen ha labrado su propio éxito. La palabra clave es la desdemonización del partido que heredó de su padre hace 11 años. Ha eliminado el racismo de su discurso y, tras las últimas elecciones, renunció a las propuestas de abandonar la Unión Europea y el euro, que le restaban votos. Cambió el nombre del Frente Nacional, con sus asociaciones neofascistas, por el de Agrupación Nacional. También ha moderado su tono confrontativo, ha empezado a sonreír y a reírse mucho en público y ha desautorizado a algunos de los leales a su partido al cambiar el foco de su campaña de la inmigración al costo de la vida.

El estilo de la candidata ha evolucionado, moderando su discurso sin por ello cambiar sus propuestas. "Ya no asusta tanto a la gente", explica Nicolas Koutseff, un constructor de 42 años que vive en Toulon. Es un representante local del partido de Le Pen, que hace una década dejó de votar a los candidatos de centro. "Como candidata está mucho más relajada. En 2017 proyectó una imagen antieuropea y eso hizo que la gente tuviera miedo. Esta vez se sienten tranquilos".

Fidelidad

Laurent Laval, de 65 años, aficionado a las motos, apoyó a Jean-Marie Le Pen durante décadas y ahora sigue votando a Marine. Está de acuerdo en que ella ha cambiado las cosas desde los tiempos de su padre. "Ahora el partido está abierto, hay jóvenes, hay intelectuales. No es necesariamente mejor oradora [que su padre], pero es más diplomática", explica Laval, un electricista jubilado.

Tanto es así que incluso ha atraído a algunos partidarios de la extrema izquierda a su campaña. Entre los que se agolpan para escuchar a Le Pen en Aviñón está Emma, una agente inmobiliaria de 23 años, que solía apoyar al candidato de extrema izquierda Jean-Luc Mélenchon, pero que ahora piensa votar a Le Pen en lugar de Macron por su promesa de reducir inmediatamente el IVA a los combustibles y eliminarlo por completo en los productos básicos. En un acto celebrado la semana anterior en el bastión de extrema derecha de Perpignan, donde el exsocio de Le Pen, Louis Aliot, es alcalde, entre sus partidarios se encuentra el exvotante de Mélenchon, Andréa Kotarac, ahora diputado por Lyon.

En Francia, el hecho de que los extremos se toquen no es tan extraño. Si un 25% o más de los votantes de Mélenchon en la primera vuelta -el candidato quedó tercero con el 22%, frente al 23% de Le Pen y el 28% de Macron- prometen que la votarán en la segunda vuelta, es porque la extrema izquierda y la extrema derecha coinciden en la necesidad de políticas nacionalistas y proteccionistas.

El estilo de la candidata ha evolucionado, moderando su discurso sin por ello cambiar sus propuestas

Muchos también comparten el rechazo hacia la OTAN y la UE, son escépticos respecto a las vacunas obligatorias y simpatizan con Putin y otros líderes autoritarios. En lo que difieren es en cuestiones de raza, religión e identidad, ya que, a diferencia de los partidarios de Mélenchon, los seguidores de Le Pen son en su mayoría hostiles a los inmigrantes y a los musulmanes.

Como le dijo Le Pen al Financial Times en una entrevista de 2020 unos meses después de que su partido venciera al de Macron en las últimas elecciones al Parlamento Europeo, "la división no es entre izquierda y derecha, sino entre nacionalistas y globalistas. En esta confrontación tenemos todas las posibilidades de llegar al poder, en un momento en que las ideas que defendemos -control de la inmigración, patriotismo económico, proteccionismo racional y razonable- cobran más fuerza"

Al comienzo de la campaña presidencial de este año, Le Pen se dio cuenta de que debía concentrarse en las preocupaciones sobre el costo de la vida que le transmitían los habitantes de los pueblos y ciudades de todo el país, y no intentar igualar la retórica antimusulmana y antiinmigración de Eric Zemmour, otro candidato de extrema derecha.

Cambio

Tanto partidarios como detractores afirman que Le Pen es hoy una candidata muy diferente a la que perdió en el último debate televisivo contra Macron antes de la segunda vuelta en 2017, al quedarse fuera de juego en cuestiones económicas frente a su elocuente rival. Esta vez, advierten sus asesores, está mejor preparada.

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Y mientras que al intelectual Macron le gusta citar a filósofos, escritores e historiadores, se remonta a la Ilustración en Europa y tiene la costumbre de dar largas charlas a la gente, incluso en los paseos por los pueblos, para convencerlos de que sus políticas son correctas, ella utiliza un lenguaje más cercano. Comparó su polémica propuesta de prohibir a las musulmanas llevar el velo en público -argumenta que es un "uniforme islamista"- con la prohibición de fumar en los restaurantes o la obligación de llevar el cinturón de seguridad en el auto. "Nos guste o no, hay que respetar la ley porque así funciona en democracia", dijo.

Todo esto ha ayudado a Le Pen a superar a Macron en términos de simpatía personal y política. Cuando el padre de Le Pen llegó a la segunda vuelta en 2002, más de un millón de manifestantes salieron a las calles de París para protestar contra él; este año, sólo unos 20.000 acudieron a las ciudades en un soleado sábado de primavera para expresar su rechazo a la hija -y aun así algunos de los que piensan votar a Macron aseguran que será como elegir entre la peste y el cólera.

"Los franceses no son niños, ya no creen en el lobo feroz", afirmó Le Pen en una entrevista a principios de mes, después de que Macron criticara sus conexiones con Putin, rechazara su política económica y arremetiera contra su estrategia antieuropeísta por considerarla "letal y desastrosa".

Sin embargo, algunos votantes franceses siguen creyendo en los peligros de la extrema derecha. El establishment -políticos, empresarios, académicos y medios de comunicación- ha empezado a arremeter contra Le Pen ante la posibilidad de una victoria electoral que temen que paralice la UE, socave la alianza occidental, debilite la economía francesa y divida aún más a la sociedad en función de criterios religiosos y raciales. En opinión de sus detractores, aunque Le Pen ha "desintoxicado" su partido y ha cambiado su imagen y su estrategia, sus políticas subyacentes siguen siendo tan corrosivas como siempre.

En relación a Europa, por ejemplo, aunque ya no pide directamente que Francia abandone la UE y el euro, su discriminación de los extranjeros frente a los ciudadanos franceses y su intención de que la legislación francesa prevalezca frente a la de la UE conducirían inevitablemente a un Frexit, opinan los críticos.

Ahora, con los demás candidatos eliminados y el foco puesto en Le Pen y Macron en la recta final de la campaña, sus opiniones han empezado a recibir un mayor escrutinio de la opinión pública.

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En Pertuis, en una parte de Francia donde el miedo a los inmigrantes y a la delincuencia ha mantenido a la extrema derecha en el poder durante décadas, una protesta espontánea de decenas de residentes estalla junto al mercado cuando Le Pen sale de un auto.

Quizá lo más revelador sea la inesperada aparición de Rémy Barthomeuf, de 37 años, agitando una bandera ucraniana amarilla y azul y gritando "¡Debería darle vergüenza!" a Le Pen. Asegura estar sorprendido por la actitud de Le Pen ante la invasión de Putin y su defensa de la anexión rusa de Crimea en 2014. "Ella cree que puede negociar con Putin y hacer que la OTAN se acerque a Rusia. Eso es negar la realidad", lamenta Barthomeuf.

Profundizar en los lazos de Le Pen con Rusia, al igual que en sus propuestas sobre religión, economía y la UE, puede reducir sus posibilidades de llegar al Eliseo cuando los franceses acudan a las urnas el domingo. Pero la sonriente Le Pen parece no inmutarse por la breve protesta franco-ucraniana. Sigue estrechando manos y haciéndose selfies entre la multitud de compradores que se acercan a ella en el mercado de Pertuis. Queda mucha más gente por conocer.

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