Lo intentó tres veces y fracasó. Fue ridiculizada y demonizada. Pero Marine Le Pen, la líder de la extrema derecha francesa, aparece como favorita para la elección presidencial del año próximo. Más que nunca, esta bête noire de la política tradicional europea confía en estar a las puertas del sueño de su vida: llegar al Palacio del Elíseo.
Le Pen sin duda cambió desde su primera candidatura, hace más de una década, y encabezó una campaña deliberada para limar las aristas radicales de extrema derecha y la xenofobia que durante mucho tiempo marcaron al partido Rassemblement National. Pero si hoy se muestra más segura de sí misma, es en gran medida porque cree que Francia está inequívocamente lista para romper con el pasado.
En diálogo con el FT desde las lujosas nuevas oficinas del RN en el distrito 16 de París, Le Pen, de 58 años, dijo que “hay un verdadero deseo de cerrar el capítulo” de lo que define como cuatro décadas de políticas tradicionales que debilitaron profundamente a Francia. “Todas las señales de alarma están en rojo”.
Convencida de que sus advertencias de larga data sobre los peligros de una globalización sin límites y de una inmigración liberal hoy son más compartidas, presenta su misión como nada menos que salvar a Francia.
“Hay decenas de millones de franceses que viven con miedo al mañana. Quiero restablecer la confianza en el mañana”, afirmó.
Nueve años después de que el centrista Emmanuel Macron venciera a Le Pen por primera vez, Francia está en problemas, golpeada por la debilidad económica y un fuerte endeudamiento. El panorama político se polarizó y los partidos tradicionales se vaciaron. Una encuesta reciente de Ipsos a 13.000 personas mostró que el 70% de los votantes franceses quiere un cambio profundo en la elección de abril. Un récord del 90% se siente pesimista sobre el futuro.
Se prevé que Le Pen lidere la primera vuelta con más del 30% de los votos y que gane en la mayoría de los escenarios de balotaje en mayo, aunque los sondeos sobre el resultado final son poco confiables a tanta distancia de los comicios. Por ahora, las encuestas muestran que sus rivales más cercanos son Jean-Luc Mélenchon, el líder de la extrema izquierda, y el ex primer ministro Édouard Philippe.
Le Pen busca posicionarse en la tradición gaullista de un Estado fuerte e independiente. Recientemente presentó un programa de recorte del déficit pensado para mostrar disciplina fiscal (propuso un freno a la deuda), con el fin de calmar las preocupaciones de las empresas y el nerviosismo de los mercados, en un contexto en el que se dispararon los costos de endeudamiento de Francia.
“No somos ideólogos... somos pragmáticos”, dijo al FT. El Estado francés, agregó, es “obeso” y “gasta una cantidad disparatada de dinero que no contribuye al desarrollo del país”.
Sus opositores, sin embargo, señalan que sus planes de reducir drásticamente la inmigración y aplicar la llamada “prioridad nacional” para favorecer a los ciudadanos franceses en el acceso a viviendas sociales y prestaciones profundizarían las divisiones y generarían riesgo de conflictividad social.
Los expertos también cuestionaron la viabilidad de sus planes quinquenales de recorte del déficit, que prometen €140.000 millones en ahorros netos, pero que también incluyen grandes rebajas de impuestos para los consumidores y protecciones para los jubilados. Los economistas advirtieron que recortes tan profundos tendrían efectos recesivos, lo que socavaría el esfuerzo por reducir el déficit en un momento en que los inversores en bonos ya están inquietos.
Algo en lo que coinciden Le Pen y sus rivales presidenciales es que los comicios de 2027 serán los más trascendentes desde la fundación de la Quinta República.
“Es la elección más importante desde 1958 porque podría dar lugar a un cambio de paradigma”, dijo Le Pen. Presentándose como una figura histórica, afirmó que solo su partido puede abordar los crecientes problemas del país. “Tenemos una responsabilidad con el pueblo, con la historia, que es absolutamente esencial”.
Sin embargo, la elección de una líder nacionalista y euroescéptica supondría un salto a lo desconocido para Francia y un terremoto para la UE.
Le Pen dice que suspendería la ayuda financiera a Ucrania dentro de los seis meses posteriores a su elección porque Francia ya no puede costearla. “Lo honesto con [el presidente ucraniano Volodimir] Zelensky es decirle, advertirle de hecho, que, mirá, no podemos hacer más, no damos más”.
Se opone rotundamente al ingreso de Ucrania a la UE y es escéptica respecto de las sanciones de la UE contra Rusia. “Nosotros, la UE, libramos una guerra energética contra Rusia cuando no tenemos energía. No es muy inteligente”.
Consultada sobre si Rusia era la principal amenaza para la seguridad europea, esquivó la respuesta. “Sabe, no estoy dentro de la cabeza del señor Putin”.

En política exterior, sus palabras clave son “independencia” y “equidistancia”, un regreso a la política de no alineamiento de Charles de Gaulle, que fue posible en parte porque Francia era entonces una potencia económica, diplomática y militar más fuerte.
Su radicalismo se manifiesta con mayor claridad cuando se trata de la UE. Euroescéptica convencida, Le Pen quiere un modelo de cooperación más laxo y que el poder vuelva de la Comisión Europea a los Estados miembro. Con la extrema derecha en condiciones de avanzar en las elecciones de España, Italia y Polonia el año próximo, cree que la marea está cambiando a su favor.
Los planes de Le Pen de rehacer la UE contrastan con la postura de la líder nacionalista italiana Giorgia Meloni, que en gran medida se alineó con Bruselas desde que asumió como primera ministra hace cuatro años. ¿Se moderaría como Meloni una vez en el poder?
Le Pen eligió sus palabras con cuidado: describió a la líder italiana como una “política de convicciones” que “nunca cambió”, pero que se movía en un “entorno condicionado”.
Fue más directa respecto de Donald Trump, que la apoyó públicamente. La líder del RN se cuidó de mantener distancia del presidente de EE.UU. y de sus aliados MAGA para evitar que su antagonismo hacia Europa le jugara en contra en lo electoral.
“No digo que no me guste”, afirmó. “Pero es una figura desconcertante para un francés”.
Los críticos de Le Pen sostienen que ella misma sigue el manual de Trump al prometer que seguirá adelante con su candidatura presidencial aun si el máximo tribunal de Francia confirma una condena en su contra por malversación de fondos del Parlamento Europeo. El tribunal indicó que podría pronunciarse antes de la votación de abril.
Le Pen, que sostiene su inocencia, dijo que la elección zanjaría la cuestión, ya que no hay “ni una sola persona” que no conozca lo ocurrido o los argumentos presentados ante la Justicia. “En Francia, el pueblo es soberano; él decidirá”, afirmó.
Desde hace más de 15 años, Le Pen busca “desintoxicar” al partido fundado por su padre, Jean-Marie Le Pen, con el argumento de que sus raíces racistas y xenófobas quedaron en el pasado. En 2018 excluyó a su padre del partido por sus reiterados comentarios antisemitas, como cuando calificó las cámaras de gas nazis de “detalle de la historia”, y fue condenado por negar crímenes de lesa humanidad.
Sus esfuerzos ayudaron a sacar al partido de los márgenes y a convertirlo en el más popular de Francia, aunque en cada elección los medios desentierran declaraciones problemáticas del pasado de sus candidatos.
Un escándalo reciente que envuelve a su protegido Jordan Bardella volvió a plantear interrogantes sobre cuánto cambió realmente el partido. El medio de investigación Mediapart publicó mensajes privados que Bardella presuntamente envió a otros militantes del partido, en los que expresaba opiniones profundamente antisemitas desde los 17 años. Él niega haberlos escrito y demandó al medio por difamación. Le Pen lo respaldó públicamente.
Consultada sobre si Bardella seguía siendo un activo para ella, respondió: “Pero por supuesto, somos víctimas de un ataque político. Mediapart no es un diario, es una organización política de extrema izquierda”.
Dijo que, si resulta elegida, sigue planeando nombrarlo al frente de su gobierno, “porque Jordan es inocente de aquello de lo que se lo acusa”.

Si Le Pen quiere alzarse finalmente con la victoria, tendrá que conquistar a parte de la aproximadamente mitad de los votantes franceses que todavía la ven con preocupación. Cerca del 40% considera que su partido es un peligro para la democracia, según una encuesta realizada en enero por la consultora Verian para Le Monde.
Le Pen es hábil para esquivar las críticas, tras haber pasado muchos años a la defensiva. Francia, dijo, no estaría más dividida por endurecer las medidas contra lo que llamó “inmigración descontrolada” ni por aplicar la “prioridad nacional” para los ciudadanos.
También defendió su polémico plan de prohibir a las mujeres musulmanas el uso del velo en espacios públicos como algo necesario para combatir el islamismo, y aseguró que no apunta contra la religión ni contra los musulmanes en sí.
En cambio, sostiene que es su archirrival Mélenchon quien divide al país con una visión de la Nouvelle France (la nueva Francia) que celebra una población diversa. La estrategia de Mélenchon consiste en parte en movilizar a los votantes jóvenes y a los de origen inmigrante, presentándose como alguien que combate el racismo y la islamofobia.
“La idea de ir detrás de un electorado según su origen, su etnia, es totalmente contraria a lo que es Francia”, dijo Le Pen.
Consultada sobre cuál sería su equivalente a la Nouvelle France de Mélenchon, respondió: “Revoir la France”. “Lo que quiero es volver a ver a Francia: Francia con todo su poder, Francia siendo Francia. Los franceses no desaparecieron, no se disolvieron”.
Por Roula Khalaf
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