El presidente de ACDE, Víctor Valle, tenía 16 años cuando vino Juan Pablo II en 1987. El CEO de PIEPER AI y exdirector general de Google Argentina, mostró coincidencias con las ideas de León XIV, con quien espera poder reunirse en noviembre, cuando el Sumo Pontífice visite el país. “La ganancia es un incentivo necesario, pero no es el fin último de la empresa”, definió y abogó por generar consensos básicos. “Hay pocos países más bendecidos que la Argentina”.
-¿Qué significa para la Argentina la visita de León XIV?
-Creo que va a ser algo histórico. Espero que sea una oportunidad para unir a los argentinos, porque el Papa, más allá de ser una figura para los católicos, es una figura universal, como lo fue Francisco, que inspiró a mucha gente dentro y fuera de la Iglesia. Ahora tenemos un Papa muy cercano a la región, que nos entiende y conoce nuestra realidad. Si bien la realidad de Perú es distinta, él estuvo en la Argentina.
Esta época del mundo es la de los laicos: personas comunes haciendo el bien en comunidad, sin esperar que las grandes instituciones hagan las cosas por nosotros. Somos nosotros los que, en nuestro metro cuadrado, podemos cambiar la realidad.
El Papa envió una carta específicamente a la UIA muy en línea con lo que promovemos desde ACDE: los principios de la Doctrina Social de la Iglesia en el mundo de la empresa. Muchas personas me dicen que pensaban que su vocación religiosa o de hacer el bien era incompatible con el mundo empresario, y justamente el mensaje es que es muy posible, necesario y además un deber.
-¿Qué implican esos principios para los empresarios?
-Primero, que las empresas respeten la dignidad de la persona a través del trabajo digno, el buen trato y salarios justos. También que tengan el foco en el bien común, entendiendo que la ganancia es un incentivo necesario porque ayuda a ordenar recursos y ser más eficientes, pero no es el fin último. El fin último es el bien común mediante los productos o servicios que ofrece la empresa y la comunidad que crea junto con sus colaboradores.

Después está la subsidiariedad, que significa que los de más arriba no hagan lo que puede hacer quien está más abajo. La contracara de eso es desarrollar a las personas para que puedan dar lo máximo en el rol que les toque. Y la solidaridad. Las empresas tienen que brindar bienes y servicios buenos y honestos, cuidar el medio ambiente y trabajar activamente para mejorar las comunidades de las que forman parte.
En su última encíclica trae la Doctrina Social de la Iglesia al siglo XXI y pone el foco en el mundo de la tecnología y, en particular, en la Inteligencia Artificial.
“Las empresas tienen que brindar bienes y servicios buenos y honestos, cuidar el medio ambiente y trabajar activamente para mejorar las comunidades de las que forman parte”
-¿Qué rol puede tener el Papa en el debate sobre la Inteligencia Artificial?
En muchos ámbitos al Papa se lo escucha. Cuando presentó la encíclica hubo representantes de compañías tecnológicas muy importantes. La IA es demasiado importante como para no regularla, pero también demasiado importante como para regularla mal. El desafío es encontrar un equilibrio entre una regulación sana y la necesidad de mantener una economía competitiva que pueda innovar.
Tiene que enfocarse en riesgos reales y no en supuestos. Además, debe adaptarse a las necesidades de cada sector. No es lo mismo el uso de IA en medicina, en educación, en la industria farmacéutica o en una empresa comercial.
-En un contexto de aumento de la desigualdad, ¿cómo imagina el diálogo entre el Papa, el Gobierno y los empresarios?
-Enrique Shaw, fundador de ACDE y en proceso de ser beatificado por la Iglesia Católica, decía que la eficiencia de una empresa es un deber. Ser excelente en lo que hacés también es un deber. No existe eso de “se fundió porque era bueno”. Nadie quiere que una empresa se funda.
Para que haya incentivos sanos hace falta una economía estable, sin inflación y con una industria exportadora que sostenga la actividad doméstica. También consumo, por supuesto, pero hay que entender el orden de los factores.
Esperaría que el Papa tenga una mirada de largo plazo y trascienda la coyuntura argentina. Hoy el país tiene condiciones para prosperar gracias a industrias que pueden financiar la expansión de las exportaciones y ayudarnos a salir del ciclo permanente de falta de dólares. Si además logramos desarrollar el sector energético y contar con energía barata, Argentina también será un excelente lugar para radicar industrias.
Después habrá que ver cómo ese crecimiento llega al resto de la economía, pero sin estabilidad era imposible construir el resto. Durante muchos años hacer empresa en la Argentina fue muy difícil y los empresarios se acostumbraron más a defenderse que a pensar en innovar, bajar costos o mejorar productos. Eso hoy está cambiando. Hay una responsabilidad del dirigente empresario de generar empleo, y eso hay que cuidarlo.
-¿Cómo puede ayudar el Papa a unir a los argentinos?
-Siempre habrá actores que quieran llevar agua para su molino, pero me da la impresión de que el Papa va a fomentar la unión y el consenso. Somos 47 millones de argentinos y es imposible estar de acuerdo en todo, pero al menos en algunas cuestiones básicas tenemos que lograr acuerdos para que el país salga adelante.
A mí me importa, sobre todo, un país que cuide a las familias, fomente la comunidad y la amistad. Y para que haya buenas familias también hace falta trabajo. Espero que podamos dejar de ver al otro argentino como un enemigo y entender desde dónde mira la realidad.
“Para que haya buenas familias, hace falta trabajo”
Eso es lo que tenemos que lograr: construir bases de acuerdo. Como país no tenemos excusas para no salir adelante. Hay pocos países más bendecidos que la Argentina. El problema no está afuera; el desafío es cómo nos organizamos nosotros.
-¿Ve una continuidad entre León XIV y Francisco?
-Sí. Hay una continuidad muy clara, sobre todo en evitar la cultura del descarte. Eso tiene una continuidad total con Francisco y también con Juan Pablo II. Francisco tenía una forma de hablar que llegaba mucho a la gente. León XIV, en cambio, tiene un estilo muy propio: lo veo muy tranquilo, más callado, pero también muy cálido. Ojalá pueda conocerlo en persona.

-¿Qué recuerda de la visita de Juan Pablo II?
-Yo estaba en el colegio y fui a verlo, pero a Juan Pablo II lo descubrí de grande, leyendo sus discursos, sus encíclicas y toda la formación que dejó. Muchas veces me pregunté por qué de chico no era una figura que me interpelara tanto. Creo que el tema era yo: no estaba listo para recibir ese mensaje.
Hay que tener ganas de escuchar. El egoísmo es parte de todos nosotros y la invitación del Papa es justamente dejarlo de lado y poner a la otra persona antes que a uno mismo, dar la vida por los demás como hizo Jesús. Eso requiere bastante heroísmo. Si no estás preparado para escuchar ese mensaje, por mejores que sean las palabras, no lo vas a escuchar.
¡Queremos conocerte!
Registrate sin cargo en El Cronista para una experiencia a tu medida.












