NUEVO ESCENARIO

Cómo sigue el vínculo político entre Argentina y el Reino Unido tras la muerte de la Reina Isabel II

Desde el Gobierno, monitorean el devenir de las noticias tras confirmarse el fallecimiento de la monarca y el ascenso, solo días antes, de la nueva primera ministra Liz Truss con un discurso duro sobre Malvinas.

Desde el Gobierno, al igual que el resto del mundo, monitorean de cerca el devenir de las noticias en el Reino Unido tras confirmarse la muerte de la Reina Isabel II. En rigor, ya siguen de cerca el escenario británico a partir del último recambio que depositó en Downing Street a una referente del ala dura conservadora, Liz Truss, a comienzos de semana. Pero entienden que, de momento, ninguno de los dos sucesos le moverá el amperímetro al vínculo bilateral ni a las cuestiones que los cruzan, comenzando por las Malvinas.

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El análisis que hacen desde el Ejecutivo es que los próximos tres meses serán claves para una mandataria que asciende con múltiples condicionamientos políticos y económicos, tanto a nivel interno como externo. En ese escenario, y más allá del discurso duro que ensayó Truss sobre Malvinas cuando estaba a cargo de las relaciones exteriores en la gestión de Boris Johnson, las previsiones es que no debiera agudizar el panorama.

Tampoco la muerte de la monarca altera las previsiones aunque ahora el Reino Unido deberá atravesar el trance de un cambio en la jefatura de Estado con la mecánica de sucesión planificada ya desde los ‘60s y actualizada recientemente durante la pandemia. En la práctica es la oficina de la Primera Ministra la que lleva adelante los vínculos con el exterior.

Al poco de comunicarse la noticia, la Cancillería emitió un tuit: "Isabel Alejandra María Windsor (1926-2022), Reina del Reino Unido bajo el nombre de Isabel II desde 1952. El Gobierno de la República Argentina expresa su pesar por su fallecimiento y acompaña al pueblo británico y a su familia en este momento de dolor."

Los vínculos bilaterales hoy se limitan a lo formal, de muy baja intensidad, explican desde el ministerio que comanda Santiago Cafiero. Todo se canaliza a través de las embajadas: mientras el canciller dialoga con la representante de Londres en Buenos Aires, Kirsty Hayes, el diplomático de carrera Javier Figueroa hace lo propio con los funcionarios del otro lado del Atlántico. 

El punto más alto en el nexo, desde diciembre de 2019, fue el cara a cara de Boris Johnson con el Presidente Alberto Fernández en la cumbre del G7 de junio pasado. Y hoy el líder británico, que propuso sin éxito relanzar el vínculo dejando a un lado la cuestión de la soberanía sobre Malvinas, ya no está más en el poder. 

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Durante las últimas semanas -y a la par de los múltiples sucesos que acapararon la agenda local-, la Cancillería siguió con atención el desarrollo del pase del testimonio dentro del gobierno conservador. La salida intempestiva de Boris Johnson, envuelto en una larga y densa trama de escándalos, abrió una carrera en el mundo de los tories que terminó por saldarse hace escasos tres días cuando Truss se impuso al ex canciller del Tesoro Rishi Sunak

No obstante, desde el mundo diplomático leen que la gobernabilidad de la nueva mandataria nace condicionada por múltiples variables. Una de ellas, sin dudas, es la interna partidaria. Si bien consideran que contará con su ‘luna de miel' frente a los propios, la incógnita que se abre gira en torno a su duración.

Por empezar, el gabinete que articula Truss no es uno que pretenda cerrar la grieta conservadora. No hay referentes de su rival Sunak en roles de peso que puedan transmitir la sensación de un gobierno de unidad. Todo lo cual podría conducir a un reagrupamiento de esta línea conservadora en torno a la figura del ex responsable del Tesoro.

Tampoco la figura de Johnson puede darse por acabada pese a su particular saludo de despedida en el Parlamento: "Hasta la vista baby". Nadie está en condiciones hoy de afirmar que Johnson vaya a regresar como hizo Terminator en su versión original pero tampoco se trata de un político convencional. Sí, en cambio, es uno muy hábil que supo reciclarse en el pasado.

De momento, parece más interesado en escribir sus memorias, brindar conferencias -y cobrar una suma importante por todo ello- que en pergeñar su vuelta, el tiempo dirá si triunfal. Mientras, enfrenta investigaciones que podrían determinar su expulsión del Parlamento si se lo halla culpable de mentir. Hoy, un 52 por ciento del votante conservador se arrepiente de la salida de Johnson, lo que significará una lupa sobre Truss.

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Relacionado con esto último, la facción conservadora que desembarcó en el Parlamento cabalgando con el discurso rupturista de Johnson abre otro signo de interrogación por su composición ideológica heterogénea. Gran parte de esa agenda estuvo ausente de la campaña de Truss porque implica transferencias desde zonas conservadoras además de grandes inversiones que hoy el Estado no puede afrontar por su precaria fragilidad económica.

Y la misma duda cabe sobre aquellos sectores más antieuropeos cuando Truss debe encarar una política de acercamiento a la Unión Europea en medio de la tensión sobre cuestiones legislativas que pudieran poner en riesgo el acuerdo del Brexit, como el estatus de Irlanda del Norte en lo que refiere a su frontera.

El punto más alto en el nexo, desde diciembre de 2019, fue el cara a cara de Boris Johnson con el Presidente Alberto Fernández en la cumbre del G7 de junio pasado.

Desde el laborismo, la figura de Truss no despierta grandes pasiones ni confianza. Sí le reconocen su experiencia de más de una década en cargos de primera línea del gobierno y su capacidad de gestión y de articular mensajes claros. Combinada con una política de inyección de fondos en lugares estratégicos, la baja expectativa puede jugarle a favor como sucedió con Johnson cuando revirtió su política de laissez faire a una de contención durante la pandemia.

En contrapartida, un planteo demasiado heterodoxo podría traerle severas consecuencias dentro de su partido, poniendo en riesgo la cohesión que necesita para gobernar. 

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