ANÁLISIS

Pescando en un océano de debilidades

En una extraña nota publicada en el Wall Street Journal, Mauricio Claver-Carone, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), blanqueó algo que a esta altura podía sospechar el menos avezados de los analistas internacionales pero que, hasta ahora, se mantenía como rumor de pasillo y cabildeo de palacio.

Explicó que la línea de crédito de u$s 500 millones asignada al país para obras de infraestructura vial y de salud pública se encuentra demorada por una decisión discrecional de su autoría. En la lista de razones que Claver-Carone entendió oportuno publicar, señala que otorgar el préstamo a Argentina supone un riesgo financiero para el organismo, por tratarse de un Estado insolvente que atraviesa problemas de "integridad y transparencia".

Algunas aclaraciones básicas. Los dos préstamos a los que se comprometió el BID ya fueron aprobados en diciembre de 2021. Es decir, el análisis de riesgos financieros, el impacto en el desarrollo del proyecto, sus mecanismos de monitoreo, y los demás aspectos técnicos ya fueron evaluados por la institución y lo que resta es el envío de fondos.

Por otro lado, con respecto al peligro financiero de la operación, cabe señalar también que Argentina no dejó de pagarle al BID ni siquiera durante la crisis del 2001/2002. Se dieron atrasos momentáneos, de cuestión de días, pero el BID tuvo el mismo tratamiento de acreedor privilegiado que el resto de los organismos internacionales y recibió enteramente los montos comprometidos. Es casi ocioso, solo por eso, discutir con seriedad los escuetos argumentos.

Resulta más interesante reflexionar un momento sobre el hecho político en sí que supone un artículo de estas características, que expone en la arena pública intereses y preferencias usualmente solapadas en el ámbito de la diplomacia. Se pueden hacer varias especulaciones de cuál es la razonabilidad política de una definición de estas características.

¿Se trata del policía malo que compensa la supuesta flexibilidad del Fondo con el país? ¿Es una jugada individual para desviar el eje de las investigaciones internas sobre su persona? ¿Será apenas un capítulo de una tensión regional entre alineamientos antagónicos? Todas pueden ser explicaciones válidas, pero ninguna de ellas debería omitir la más simple y básica: lo hizo porque puede. La poca inhibición de Claver-Carone se basa, en principio, en la debilidad y escaza coordinación de los actores que podrían ejercer algún tipo de retaliación.

En primer lugar, la debilidad del propio Joe Biden, quién no pudo (es cierto que tampoco le interesó demasiado) evitar ni subsanar la movida de su antecesor de colocar a un alfil suyo al frente del BID. Es evidente que la posición hostil contra Argentina no será un tema importante de conversación en el Salón Oval, como mucho merecerá algún comentario al pasar, pero el sentido de oportunidad del desplante público del presidente del BID, realizado en el medio de una semana de visitas bilaterales, demuestra, por lo menos, poco reparo e interés por el papel del mandatario estadounidense.

La debilidad de Biden se hace más aguda en dónde menos le interesa pulsear, y ese lugar lo sigue ocupando Latinoamérica, como ya es costumbre entre los presidentes norteamericanos. Y eso nos lleva a un segundo actor que expone su flaqueza en esta situación, la región en general, que fue incapaz de articular una resistencia consistente para defender su histórico lugar al frente del BID, una de las pocas tradiciones que la beneficiaban. Ese mismo poco cuidado que tuvo Claver-Carone para llegar a la presidencia del organismo se expresa de nuevo aquí, en su gestión.

En tercer lugar, no está de más apuntar la debilidad del mismo Fondo Monetario Internacional (FMI), cuyo empantamiento con Argentina ya es evidente. En su evaluación expost del préstamo de u$s 45.000 millones al país escasearon las autocriticas, pero el FMI se empeñó en resaltar en más de una oración una falla particular del programa: la incapacidad de solidarizar el riesgo integrando otros organismos multilaterales de crédito.

Se prometió no repetir el error, por eso el acuerdo de facilidades extendidas, firmado a principios de año, se le asigna un rol fundamental al aporte de instituciones como el BID para alcanzar los objetivos. Incluso, en su última revisión, el Fondo puso particular énfasis en este punto, remarcando que "es vital asegurar la entrega oportuna de los compromisos financieros de los socios internacionales de Argentina para ayudar a aumentar las reservas y apoyar los esfuerzos de reforma". Es difícil no interpretar el artículo de Claver-Carone, en parte, como una respuesta a los pedidos del FMI para que esta vez se suban al barco.

Finalmente, no se puede obviar al cuarto actor, el más débil de todos y sobre el cual se dirigen las hostilidades. Hablamos, claro está, de la vulnerabilidad que presenta nuestro propio país. No sólo por su estado de fragilidad financiera, que le impide romper puentes o ensayar un reclamo a la altura de las circunstancias.

También por la situación de fuerte polarización e inestabilidad política. La negación del financiamiento para obras de infraestructura básica sería, en otro contexto institucional, un escándalo transversal a la sociedad argentina y, por ende, a su clase política. El artículo de Clever-Carone y su decisión de demorar los fondos asignados es un daño que impacta al país en su conjunto, independientemente de quienes internamente puedan ojear ganancias de corto plazo.

En definitiva, es este, sobre todo, uno más de los casos en los que la remanida "grieta" que transitamos nos hace un país más débil y expuesto a un mundo que promete ser cada vez más complejo y hostil.

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