El Titanic se va a pique, mientras la orquesta desafina demasiado

Fue un 9 de julio demasiado triste. El arzobispo de Tucumán describió a la Patria de estos tiempos tan dolorosos como el hábitat de "un pueblo hambriento, desconcertado, preocupado y herido" y resaltó que "en muchas familias falta el pan cotidiano y el trabajo digno". En tanto, las jerarquías sólo atienden su juego: Cristina Kirchner parece que buscará ser Presidenta otra vez en 2023, mientras los más ultras de su tribu, La Cámpora en primer lugar, alientan esa candidatura. Por otro lado, Alberto Fernández se ha bajado del sueño que apenas le duró una noche de invierno, cuando creyó que sí podía quedarse en Olivos por cuatro años más, hasta que las inseguridades de su personalidad, más pesimista que positiva, sepultaron su nonata rebelión política.

El resultado de esta pulseada tan dispar, jugada en medio de la zozobra generalizada, es que la vice finalmente le ha torcido el brazo al Presidente utilizando todas las artimañas habidas y por haber, entre ellas la manipulación de los hechos y de las personas, dos de sus especialidades, Pero, además, Cristina lo corrió del timón del barco, que ahora pretende manejar ella desde las antípodas de la moderación, etapa terminada, aun sabiendo que no es algo inocuo y que con esa jugada extrema pone al país de cara a un oscuro porvenir.

Si se considera además que la designación casi por descarte de Silvina Batakis al frente de la economía abona la sensación de que el Gobierno no deja de cavar en el mismo pozo en el que está metido, no es de extrañar entonces que el Contado con Liqui haya tocado el último viernes el emblemático valor de $300. Más allá del riesgo devaluatorio que impone una brecha cada vez más creciente, la operatoria tiene al borde del knock-out a los títulos públicos, mientras el número se traslada a los precios de modo más que veloz y esa falta de referencia a la hora de reponer mercaderías empieza a vaciar las góndolas. En tanto, el Banco Central le da y le da a la máquina de hacer billetes para financiar al Tesoro, pagar intereses de las Leliq y sostener a los bonos para evitarle desparramos a los FCI, mientras rasca el fondo de la olla de las Reservas, que siguen adelgazando por las compras energéticas sobre todo.

Ante tantas evidencias de improvisación (Batakis no tiene experiencia en macroeconomía), mala praxis (los cepos terminarán siendo recesivos) y notorio descontrol (la dilación con el gasoducto y la segmentación de tarifas son dos ejemplos), todo ello fruto de un vulnerable esquema económico que, entre otras cosas, se ha quedado en el tiempo. Así, la desilusión de los propios, la desconfianza de los anti y la angustia de la ciudadanía que no tiene banderías políticas están haciendo su nefasto trabajo.

Frente a tan delicado escenario, hay dos planos generales de grandísima preocupación política que hacen también lo suyo a la hora de sembrar incertidumbre:

a) el oficialismo del Frente de Todos, que luce más que golpeado, ocupado como está en rediseñar el esquema de poder y, por lo tanto, paralizado en el accionar de todos los días, sólo busca excusas para tapar sus errores y señala culpables siempre afuera de su estructura (Macri, la pandemia, la guerra, los "grupos concentrados", la prensa y ahora, Martín Guzmán) y

b) la especulativa oposición de Juntos por el Cambio, que considera que lo mejor es no hacer olas para que nadie la acuse de ser el iceberg que raja la proa del miserable cascarón en el que se convertido la Argentina.

Ante la pasividad ambiente, la crisis política, social, económica y financiera que acosa a la ciudadanía de a pie sigue su lógica destructiva, cada vez a mayor velocidad.

¿Se espera una hiperinflación? 

La cátedra dice que no por ahora, pero que habrá que reaccionar rápidamente y saber que habrán de pagarse costos para que eso no ocurra. Y parece más que claro que como el Gobierno no quiere hacerse cargo de la cuenta, seguramente le va a endosar el cheque al que sigue.

 ¿Se espera una devaluación? 

Si se ponen de acuerdo en la cúpula, esto es algo más que probable que suceda quizás esta misma semana para cerrar la brecha, en línea con un desdoblamiento racional del mercado para darle al menos al turismo receptivo (se verá si a toda la franja no comercial) más visos de lógica y para capturar algunas divisas que hoy se van por caminos alternativos. Total, el traslado a precios ya está jugado. Lo que se está discutiendo es cómo presentar la cosa para que nadie diga que el mercado volvió a torcerles el brazo.

Tampoco han sido inocuas a la hora de sumar pálidas otros contrapesos, como la propensión de casi todo el Gobierno de pensar antes que otra cosa (y ahora, más que nunca) en el "qué dirá Cristina" y de posponer medidas hasta obtener algún guiño. Pero, además, dentro del Gobierno hacen cola para meter la pata, ya que tampoco han sido neutrales algunas manifestaciones públicas de funcionarios que afectan gravemente las libertades, como la de desplazamiento y la de prensa. Batakis y Gabriela Cerruti se lucieron al respecto.

Primero, la nueva ministra quien, más allá de su voltereta dialéctica en relación al FMI (de seguir igual pasó a hablar de renegociar metas debido a la guerra) o el que hizo con el Salario Básico Universal (saltó de su no inicial a un más político veremos), casi una admisión del giro hacia la referencia de la vicepresidenta y ya se verá qué pasa con la suba de tasas que planteó (mala palabra para los kirchneristas amantes de las tasas negativas), tuvo su primer gran blooper cuando sostuvo que existe "colisión" entre el derecho a viajar y la necesidad de producir, como justificativo extremo para no gastar dólares. De seguro, no pensó en el tour estudiantil de su hijo a Londres, donde no gasta en pesos precísamente.

Ni que decir cuánto daño le hizo al Gobierno el temblequeo de la portavoz de la Casa Rosada, quien para evitar hablar de una eventual renuncia del Presidente cuestionó, en una conferencia de prensa que ella misma había convocado, una consulta periodística sobre el delicado momento político que vive el Gobierno. Para peor, luego usó una frase que llevó la memoria a las proclamas de la dictadura militar, en este caso referida al presidente constitucional que ella representa: "Está en control del país", se ufanó.

Toda esta dinámica, de la que ya esta columna dio cuenta hace dos semanas, fue la que terminó con la gestión del único titular de Economía que había tenido hasta ahora el Gobierno, intensamente desestabilizado por la interna feroz del Frente de Todos que se lo llevó puesto ante la pasividad del mismísimo presidente de la Nación, quien le terminó soltando la mano desde sus propias inseguridades. Ahora Cristina, la misma que lo sableó a diestra y siniestra, le ha dicho al ex ministro "irresponsable" e "ingrato" con Fernández y lo acusó de ser el autor de un acto de "desestabilización".

No es demasiado aventurado interpretar en que el mensaje pudo haber sido para el Presidente mismo. "Te dije que te iba a traicionar pero no quisiste escucharme", podría traducirse ese tramo del discurso de El Calafate si se lo lee en clave de regodeo, después de haber hecho ella y sus acólitos lo imposible para llenarle el camino de espinas a Guzmán y, por ende, al mismísimo Jefe del Estado. La interpretación podría ser tildada de arriesgada si un día antes Máximo Kirchner no hubiese señalado que "se abrazaron a Guzmán, los dejó tirados y ahí está Cristina otra vez para sacarlos adelante". Aunque en plural, la referencia al Presidente fue demasiado obvia. Otra frase del diputado dedicada a Fernández, casi un manual del antidiálogo, fue "a ver cuándo aprenden que dar discusiones internas no significa ponerse del lado de Drácula para tener razón".

El Presidente hizo también su discurso con motivo del 9 de julio en Tucumán y el resultado comparativo de ambas alocuciones es que los dos se mostraron en pretendida consonancia, tratando de convencer de una armonía que los debería llevar a unificar posiciones, siempre y cuando sus respectivas ciclotimias se lo permitan. Los dichos pretendidamente conciliadores de la vicepresidenta fueron más bien una lavada de manos de su parte, deseosa de no quedar pegada con nada que la emparente con el odiado Guzmán, a quien se lo acusó desde el Instituto Patria de ser quinta columna del FMI, ni con un esquema económico que en su sentir la está llevando a la ruina política.

Igualmente, tanta coincidencia entre la Cristina del viernes y el Presidente del sábado mueve a pensar que quizás ambos pudieron haber combinado seguir un hilo común, probablemente elegido adrede para estar en línea con la prédica del Papa sobre la misión de tender puentes, argumento que también expuso el titular de la Conferencia Episcopal, monseñor Oscar Ojea cuando pidió "diálogos fecundos entre todos los actores sociales". Otro tanto hizo monseñor Carlos Alberto Sánchez, quien presidió el habitual Tedeum en Tucumán, cuando llamó a "reconstruir la Patria" y dijo que además del estómago hay "hambre de diálogo".

Tal casi como si lo hubiesen pactado, la disputa entre los dos grandes dejó en el camino al tercer socio del Frente de Todos, al que consideran minoritario, Sergio Massa, quien se había hecho los rulos con su desembarco en la Jefatura de Gabinete. Hay que remontarse al sábado y domingo anterior, cuando él llevó a Olivos un diseño que lo incluía como comandante supremo del área económica y al sonoro no que pronunció Fernández con la excusa que sólo iba a cambiar pieza por pieza en Economía. Como luego Cristina avaló a Batakis, la velocidad de los acontecimientos lo tiró a la banquina al diputado, aunque él cree que el actual partido llevará a alargue y penales.

El Presidente y su vice tienen un gran problema de credibilidad, pero aun creyendo en la sinceridad de ambos, la gran pregunta a responder para completar el cuadro es si cuando ellos sugieren que las cosas hay que encararlas a partir del diálogo (o de la pretendida unidad, casi un imposible, a partir de un punto de partida tan ideológico y cerrado como es el esquema económico y político del kirchnerismo) hablan del país, del oficialismo o de ellos mismos. La hipócrita ambigüedad de los políticos para dejar siempre puertas abiertas, también mella la confianza y genera desasosiego.

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