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El ikigai del compliance officer

El ikigai es un concepto japonés que tiene la intención de ayudar a las personas a encontrar un sentido a la vida. Sé que como inicio de un artículo luce como demasiado pretencioso; sin embargo, de la sola lectura analítica de la imagen que sigue podrás advertir que este sencillo concepto esconde un concepto digno de considerar con detenimiento.

"Iki" significa "vida", en tanto "gai" puede traducirse como "valor".

En definitiva, podríamos resumir el ikigai de la siguiente manera:

Busca una actividad que reúna los siguientes atributos

  • Que sea algo en lo que eres bueno
  • Que te encante hacerla
  • Que el mundo la necesite
  • Que estén dispuestos a pagarte por esta actividad

Solo si te desempeñas en algo que reúna los 4 lograrás en la intersección hallar el "ikigai".

La idea es que la realización, la verdadera realización, esa que produce una sensación de felicidad plena, se alcanza con algo que va más allá de la pasión, de la habilidad, de la vocación. Y mucho más allá del dinero que obtengas por hacerlo.

Sin embargo, he leído algunos estudios que indican que lograr esta situación es realmente complejo. Muchas personas de avanzada edad reconocen que jamás lo han podido hallar. Esto pasa frecuentemente cuando se busca el propósito afuera de nosotros en cosas externas.

En determinadas oportunidades la gente busca seguir el camino que le indica su pasión. En ese momento es importante no desanimarse cuando aparecen los fracaso, porque aparecerán. De hecho, el éxito no es otra cosa que una cadena de sucesivos fracasos capitalizando los mismos en experiencia y en intentando nuevamente, una y otra vez. A veces la resignación pasa por el lado de lo económico. Otras personas trabajan en algo que no les gusta, pero con una retribución que los satisface. Existen personas que trabajan en lo que les gusta, en lo que son buenos y cobran muy bien por ello, y, así y todo, sienten que no contribuyen en hacer de este mundo complejo un lugar mejor para todos (y eso los hacen sentir vacíos).

Es verdad que todas las profesiones tienen un sentido para quienes las eligen por vocación. Y compliance es una de esas actividades que encierra tanto virtuosismo que resulta muy afín con la idea del Ikigai. De hecho, me toca relacionarme con cientos de profesionales de compliance, tanto por mi actividad de consultoría en la materia, como por dirigir la Certificación Internacional en Ética y Compliance de la AAEC-UCEMA. Y no paro de asombrarme de los comentarios tales como: "descubrí la profesión que me acompañará para toda la vida"; "compliance es un mundo de satisfacciones"; "me encanta hablar con mis hijos de lo que hago"; y la lista es realmente extensa.

Pero no es casual. Nos referimos a una actividad que está relacionada con "hacer lo correcto", "respetar al otro", "luchar contra el fraude y la corrupción", "cumplir con los compromisos asumidos" y, en general, "cuidar la reputación de las organizaciones". Es razonable que muchos de nosotros amemos trabajar en relación con compliance y lo expresemos abiertamente. Es natural que sintamos que hemos hallado el sentido de nuestra vida profesional. Y eso no es otra cosa que esta satisfacción vital, el "ikigai", aquello para lo cual hemos sido llamados.

En mis más de 100 programas y sistemas de gestión de compliance en distintas partes del mundo, algunos revisados, otros diseñados e implementados he advertido que no todos quienes trabajan en compliance hallan la plenitud mediante la realización de esta labor. Y hay una causa que se puede verificar muy claramente en la práctica. Lo he discutido con decenas de profesionales y recientemente con uno muy reconocido del viejo continente: si formas parte de la implementación de un programa de compliance "de papel", "de maquillaje", "para la foto" o como quieras llamar a ese conjunto de papeles que no logran más que una formalidad y, en el mejor de los casos, ganar una licitación, eso te hará tan feliz como la mentira que esconden estos inservibles documentos. No busques "ikigai" aquí, pues estará a años luz.

Soy un convencido de que la parte más rica de compliance está relacionada con la ética, y no como muchos creen, con lo legal. Al respecto, lo regulatorio, por supuesto, es una porción muy relevante, pero su cumplimiento vacío del contenido ético, en la práctica, representa una sumatoria de frustraciones y gastos millonarios sin retorno razonable. Sucede que el asunto fundamental de la ética es la felicidad humana, aunque no una felicidad ideal, utópica, sino aquella que es realmente posible, accesible y practicable para las personas.

Suelo afirmar que, para comprender el significado de la ética, lo primero que hace falta es entender que el sentido de la vida humana, la cual, como han coincidido decenas de filósofos a lo largo de toda la historia de la humanidad, no debería limitarse a sobrevivir, es decir, en solo vivir y continuar viviendo. Eso, por supuesto, es necesario, pero no suficiente. Si el vivir fuese un fin en sí mismo, si careciese de un "para que" no tendría mayor sentido. Es que cuando el individuo piensa con profundidad en sí mismo; se da cuenta de que con vivir no tiene suficiente: necesita vivir de una determinada manera y no de cualquiera. Cuando se pregunta ¿para qué vivir? ¿cómo vivir?, está nuevamente en el camino de la reflexión ética.

Y esto es tan aplicable al campo individual como el colectivo. Cuando el motor de una organización está limitado a la obtención de flujos de fondos de manera rápida, de cualquier manera, los resultados son nefastos. Lo demuestran las catástrofes financieras de las últimas décadas que han terminado con la reputación de múltiples organizaciones icónicas.

El ikigai encierra esa mística de disfrute en lo que hacemos, en general, pero en particular mientras lo hacemos. Un concepto últimamente difundido llamado "flow" (fluir). Quienes lo practican se niegan a aceptar lo que le pasa a la inmensa mayoría de la gente de avanzada edad, cuando reconocen que su existencia "se les ha pasado volando". El fluir entonces es una sensación que experimentamos precisamente cuando estamos haciendo una tarea que nos encanta. Una tarea que hemos elegido. Nosotros elegimos ayudar a que muchas personas hagan lo correcto. Colaboramos con las organizaciones en lo que hemos elegido: trabajar en compliance. Entonces, la aplicación pragmática del ikigai en nuestras vidas se basa en identificar aquello en lo que consideramos somos buenos (porque lo hacemos con vocación y además nos perfeccionamos en la materia), que nos da placer realizarlo (ya lo hemos tratado aquí). Y estamos convencidos de que aportamos algo relevante al mundo. Si lo hacemos bien, no hay duda de ello. Y además nos pagan por hacerlo, y el mundo lo está premiando porque hoy se habla de compliance en forma creciente. No hay negocio que pueda convivir con la voracidad del mercado y de los seres humanos que buscan el atajo sin esta profesión, y diríamos arte llamado compliance.

La mezquindad del ser humano, la confusión de medios con fines, el lavado de dinero, el financiamiento del terrorismo, la trata de personas, el fraude y la corrupción, el falseamiento de la información, la falta de respeto por el otro y la extensa lista de diferentes formas de hacer daño a los individuos y a las organizaciones, no hacen otra cosa que poner en valor nuestra maravillosa actividad de compliance.

Trabajar en compliance nos encanta. Nos sube la autoestima, tenemos una misión más que justificada, y diríamos esencial.

Compliance se ha convertido en nuestro ikigai, por eso somos felices haciéndolo.

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