OPINIÓN

El Gobierno se quedó sin tiempo y falta mucho

Curiosa propiedad la del tiempo de poder ser escaso y abundante al mismo tiempo. Algo de eso pudieran pensar los integrantes del Frente de Todos en relación con cómo se desarrolló la historia de este ciclo. Un ciclo que por motivos propios (procrastinación y malas decisiones) y ajenos (pandemia y guerra) desarregló la economía en los dos primeros años, y justo cuando se ve obligado a arreglarla (acuerdo con el FMI), se queda sin apoyo popular (aprobación del gobierno dramáticamente baja), sin apoyo político (cuestionamientos de todos los socios de la coalición) y sin tiempo suficiente para que el esfuerzo valga la pena políticamente hacerlo.

Pero el problema se complejiza más ya que queda demasiado tiempo para no hacer nada, para no intentar corregir los desarreglos de la economía y aguantar. Hasta diciembre de 2023 hay tiempo suficiente para que la economía imponga por la fuerza la corrección de los desequilibrios, produciendo consecuencias aún más políticamente inconvenientes, de lo políticamente inconveniente que es hacer esas correcciones. La política se enfrenta al viejo drama de tener que elegir entre lo malo y lo muy malo, o a uno nuevo de no tener tiempo y que falte mucho a la vez.

A esta coalición de gobierno la aflige un drama anterior al de tener que optar entre lo malo y lo muy malo, que es el de tener que tomar una decisión. Una dificultad que se ha manifestado dramáticamente a lo largo de todo el ciclo y que nos lleva siempre a analizar lo disfuncional que ha sido el Frente de Todos. Una coalición mal diseñada (con un desacople entre el poder real y el poder formal absolutamente obstaculizador de la capacidad de tomar decisiones); que juntó el agua y el aceite (integrada por gente que tiene miradas absolutamente distintas de cómo resolver los desafíos económicos por delante); y que tiene un sistema de incentivos individuales internos absolutamente cruzado (conviven en su interior competidores con objetivos políticos divergentes).

Pero adicionalmente a esos problemas estructurales, la coalición sufre hoy dos dificultades coyunturales: se quedó sin legitimidad popular (menos del 20% aprueba el desempeño del gobierno) y sin tiempo (sin mediano plazo para recoger frutos del esfuerzo que implica implementar un programa de correcciones de desequilibrios macroeconómicos).

Estas condiciones estructurales y coyunturales hacen que, si la Argentina fuera un barco navegando a la deriva (sin rumbo económico) en medio de la tempestad (enfrentando complejos desafíos económicos), lo que más nos preocupe hoy no sea ni la tempestad ni la deriva, sino el estado de salud del capitán del barco. Es decir, las condiciones políticas bajo las cuales la coalición de gobierno puede lidiar con la tempestad y dejar atrás la deriva.

Paradójicamente, no son ni los desafíos ni la forma en que se están intentando resolver esos desafíos lo que más preocupa hoy, aun siendo ambos motivos de mucha preocupación. Lo que hoy más preocupa es algo anterior y más intrigantemente preocupante: ¿está la coalición en condiciones de ponerse de acuerdo en un rumbo?, ¿está el capitán en condiciones de salud para conducir este barco?

La renuncia de Martín Guzmán fue, entra varias cosas, la ratificación de que la decisión de Alberto Fernández de acordar con el FMI el actual programa económico no tuvo el consenso de todos los miembros de la coalición. Y ese es el meollo del problema, porque si la coalición no se puede poner de acuerdo en el rumbo, entonces tenemos el problema de la salud del capitán del barco. ¿Qué sentido tiene tener una hoja de ruta (programa con el FMI) si el capitán del barco no puede conducir la embarcación o, lo que es lo mismo, aprieta los botones del tablero de mando y la máquina no responde? Esta es la verdadera crisis del actual ciclo, una crisis política de gobernabilidad en medio de una crisis económica profunda, y que por su naturaleza es antes política que económica.

Para resolver la crisis política, y así poder atender la crisis económica, se necesitan esencialmente tres cosas. Primero, que la coalición sea coalición, es decir, que se junten. Ello ocurrió finalmente como consecuencia de la renuncia de Martín Guzmán. Pero ello solo no resuelve el problema político, porque lo segundo que se necesita es que se pongan de acuerdo. Pueden mudarse Alberto, Cristina y Massa a vivir en la quinta de Olivos si fuera necesario, pero si no se ponen de acuerdo en las decisiones por tomar, será insuficiente. Por lo tanto, además de juntarse necesitan ponerse de acuerdo. La designación de Silvina Batakis fue fruto de un acuerdo entre los miembros de la coalición, pero parece un acuerdo insuficiente si no alcanza también a las medidas que la ministra anunció esta semana.

Pero tampoco el solo acuerdo con las medidas sería suficiente para que la política pueda atender la crisis económica. Además de juntarse y ponerse de acuerdo, será necesario que se comprometan con las decisiones acordadas, es decir, que haya apoyo político de toda la coalición al rumbo definido y a sus costos. Es esto lo que va quedando claro que no ocurrió. Las señales observadas luego de los anuncios, es decir las críticas que surgieron de actores relevantes y de confianza de Cristina Kirchner (Juan Grabois, Pablo Moyano, Hugo Yasky, etc.) a las medidas que tomó Batakis, son señales de que aquel compromiso necesario sobre el rumbo no se ha logrado en la coalición de gobierno.

La situación demanda certezas respecto del estado de salud del capitán, porque sin capitán en el puente de mando, la realidad demandará la necesidad de nombrar a otro capitán para que intente evitar que la tempestad lleve a este barco al fondo del mar. Si la coalición no se pone de acuerdo en un rumbo, si Alberto Fernández y Cristina Kirchner no se comprometen en atender la crisis económica, las circunstancias podrían imponer la necesidad de convocar a la ciudadanía para que, votando, restituya las condiciones políticas necesarias para enfrentar la tempestad.

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