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Es tentador atribuir por completo el giro en la cuestión Malvinas a sus protagonistas. Explicarlo por la política exterior de Milei y por la mezcla de generosidad con aliados y sed de venganza contra traidores que llevaría a Trump a modificar un posicionamiento que Estados Unidos sostiene desde hace más de un siglo.
La misma tentación sienten quienes minimizan lo que sucede. Con un argumento 100% lógico: estamos viendo sólo un capricho de un Trump iracundo que quiere darle una lección a los británicos por no apoyarlo en la guerra con Irán. Cuando consiga lo que busca, se aburra o deje el poder, todo volverá a ser como era.
Pero ambas lecturas son superficiales. Es la primera vez que el presidente de Estados Unidos dice que evalúa abandonar la falsa neutralidad favorable al Reino Unido que sostiene Washington desde siempre. También es inédito que ante una posible ofensiva argentina —diplomática o de otro orden— para recuperar las islas sugiera que no apoyaría a su histórico aliado como hizo Washington en 1982.
En esas respuestas florecen las excentricidades de Trump. Pero también asoman movimientos en las placas tectónicas sobre las que se apoyan los países en el tablero global. Las transformaciones abarcan desde nuevas prioridades estratégicas de Estados Unidos hasta la irremediable decadencia británica como potencia mundial.
En ese juego, los anuncios de Milei sobre Malvinas buscan capitalizar su alineamiento con Trump. Pero también el papel cada vez más estratégico de Argentina como proveedor de energía, minerales y alimento, desde un entorno libre de guerras y conflictos internos, que es además la puerta de entrada a la Antártida.

El sur en la mira
Estados Unidos cambió en 2025 su doctrina de seguridad nacional por razones que exceden a Trump. El establishment de defensa cree desde hace tiempo que descuidó su continente, permitiendo un avance de China difícil de dimensionar. El gigante entró por el comercio, luego desarrolló infraestructura y finalmente se convirtió en socio estratégico en cuestiones sensibles, como telecomunicaciones y videovigilancia.
Esa influencia pudo empezar con acuerdos con gobiernos nacionales. Pero ahora abarca todos los sectores de la sociedad: administraciones provinciales y locales, empresas y universidades. Es una red tan densa que ya no se puede desarmar. Por eso Washington se conforma con evitar que siga creciendo.
Contener a China es la prioridad absoluta del Pentágono. Para ello necesitaba retirarse de Oriente Medio y concentrar sus fuerzas en dos frentes: América, donde pretende volver a ser la potencia hegemónica que fue hasta finales del siglo XX; y el Pacífico, donde busca frenar la expansión naval de su rival en el Mar de China Meridional. Taiwán es una pieza clave.
Irán es un paso en falso que interfiere en esos planes, al forzar un despliegue costoso y prolongado en Oriente Medio. Pero tarde o temprano, Estados Unidos volverá al curso trazado en su nueva doctrina de seguridad nacional. Y ahí Argentina juega un rol estratégico.
Las primeras razones son geográficas. Una Argentina alineada implica para Washington dominar el continente de norte a sur. Algo cada vez más necesario en las próximas décadas. Sobre todo desde 2048, cuando podrá volver a discutirse el Protocolo de Madrid, que establece el statu quo actual en la Antártida, en especial la prohibición de la actividad minera. El gran desierto blanco está lleno de riquezas y será un frente de la disputa por la primacía entre Estados Unidos y China.
Argentina no sólo es la entrada a la Antártida: es el país con más años de presencia permanente. Fortalecer esa alianza no es menor para el Departamento de Guerra, que carece de bases militares en el Atlántico Sur. No es casual que Tierra del Fuego haya sido parada de los últimos dos jefes del Comando Sur que visitaron nuestro país.
En 2024, el Gobierno habló de cooperación directa en la Base Naval Integrada en desarrollo en Ushuaia. Las declaraciones fueron luego relativizadas, pero el asunto está sobre la mesa. O debajo.
La importancia de Argentina crece por otra razón. Vaca Muerta tiene la segunda reserva de gas no convencional del mundo y la cuarta de petróleo. El país se está convirtiendo en una potencia energética en un mundo en el que la energía producida en países amigos y sin conflictos es vital. A eso se suma el potencial minero subexplotado, un campo en el que se firmaron acuerdos con Estados Unidos, que necesita que sus empresas ingresen en proyectos aún no dominados por China.

Decadencia
La mayor proyección de Argentina contrasta con el repliegue británico en todos los campos. Es poco lo que queda del viejo imperio en el que nunca se ponía el sol. El Reino Unido sigue siendo un país de ingresos altos, algo que Argentina está lejos de ser. Pero su poderío económico, militar y tecnológico está en retroceso desde hace décadas.
Además, enfrenta desafíos que lo desgarran internamente, como la inmigración, el deterioro de los servicios públicos y preguntas sin respuesta sobre su identidad nacional. En ese contexto, las antiguas colonias se vuelven más difíciles de mantener.
Una encuesta de More in Common reveló meses atrás que sólo 9% de los jóvenes de 18 a 24 años cree que es muy importante que las Malvinas sigan bajo control británico. El contraste generacional no podría ser más grande: entre los mayores de 75 años, 48% dice que es muy importante.
La cuestión Malvinas, casi inexistente hasta que Thatcher la convirtió en causa nacional en 1982, sólo sobrevive por el temor del establishment político a perder votos entre el electorado conservador. Pero cada año cede frente a cuestiones mucho más definitorias que unas islas ubicadas a 12.700 km de distancia, importantes para un imperio, pero no para un país que parece conformarse con postergar lo más posible un declive que parece inevitable.
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