“I shot the sheriff...” La música de Bob Marley y sus Wailers suena en el pasacassette del Mercedes-Benz Clase S blanco, con vidrios polarizados. No por antiguo —es modelo 1991— poco elegante, el sedán ejecutivo se convierte en oficina cuando las exigencias de sus “legitimate business” —como él los define— lo fuerzan a dejar el Primer Mundo de Puerto Madero para adentrarse en el tránsito latinoamericano de la City porteña.

Max Higgins —jamaiquino, de 37 años; se presenta como “Sir”— canta a capella con el más célebre de sus connacionales: “Al around in my hometown... They’r tryin’ to track me down, yeah...”.

Pero no es —al menos, que se tenga conocimiento— en la cuna del reggae donde hacen cola para buscarlo. Es que, en cuestión de meses, el emprendedor caribeño bailó a varios. Incluso, a poderosos multimedios, como el internacional imperio Disney y, nada menos, que el local Clarín.

El moreno de anillos, pulseras y collares doradas empezó a formar su club local de “no fans” con World Football Idol, una competencia con la que su empresa, humildemente bautizada Higgins Warner Group, sueña encontrar al próximo Lionel Messi.

En tres años, World Football Idol será el equivalente a un Mundial de la FIFA”, aventuró sin ruborizarse. “But once a year...”, agregó en su inglés de pocas sílabas, como si compartiera el elemento secreto de su fórmula para el oro. Pero la base de su alquimia es una suerte de American Idol de la número 5: un torneo de habilidad entre chicos, de 15 a 18 años años, a cuyo ganador se le prometen tres premios: un contrato de futbolista profesional, un millón de dólares en efectivo y una Lamborghini Diabolo, uno de los más lujosos autos deportivos del planeta, con un valor de u$s 350.000.

Con fechas anunciadas en Berlín, Roma y Madrid, World Football Idol, hasta ahora, tuvo sus dos primeras ediciones en el estadio mundialista José María Minella, de Mar del Plata. El lanzamiento en La Feliz fue a toda fiesta: desfile de modelos, actuaciones de Los Nocheros, Soledad y la leyenda disco Gloria Gaynor, la conducción de Sergio Goycochea y la presencia del propio Diego, como para legitimar esa búsqueda de su heredero con algunos destellos de su zurda.

Para la fase final, que se realizará en noviembre, se anuncia la presencia en vivo de Duran-Duran.Pero ese show de luces y fútbol —celebrado el 28 de julio— tuvo dos ensayos. Uno, programado para abril, se suspendió sobre la hora, tras algún desacuerdo con la policía marplatense. El blog futbolero La Redó! (www.la-redo.net) ofrece una crónica del segundo.

Ya de movida había algo que no andaba bien”, encabeza su enviado especial a MDQ. Narra que el evento arrancó con una demora de módicas cuatro horas.

Higgins, recorriendo con sus presuntos inversores árabes el predio donde anunció un "Walt Disney Mundo" (sic) en San Pedro
Higgins, recorriendo con sus presuntos inversores árabes el predio donde anunció un "Walt Disney Mundo" (sic) en San Pedro

Sí, todo comenzó después de las 6 de la tarde, cuando la noche ya caía por la ciudad. Entre partiditos de 3 vs. 3 en canchas diminutas diseminadas por todo el terreno de juego, fueron apareciendo paralelamente otros atractivos artísticos, como los anunciados recitales de las bandas tributo (armaron un escenario como para Metallica) y un inusual desfile donde le garpaban $ 150 a cada modelo. Exagerado si se tiene en cuenta que el público presente estaba conformado por un puñado de pibes con esperanzas de triunfar, tres policías, muchas gente con credencial haciéndose la que laburaba, y el grosso de Max Higgins enfundado en un traje de guerrero. Postal triste”, describe el corresponsal.

El cronista refiere que, cansado de esperar, se retiró del estadio sin conocer a la ganadora promesa de crack. “Grande fue su sorpresa a la mañana siguiente cuando, leyendo el diario local, comprendió que todo era una farsa —dimensiona su desilusión—. El recuadro en la contratapa del suplemento deportivo, ya vendido de antemano, mostraba al grandioso Max con un supuesto ganador en el estacionamiento del Minella. Eso sí, para hacerla completa, olvidaron cuidar la escenografía. La luz solar de fondo puso en evidencia el fraude. ¡El concurso terminó a la medianoche, ladrón!”.

“Primero tengo que mostrar que esto existe y es en serio”, había sido la proclama de Sir Max en su encuentro con El Cronista, previa a la presentación de su idea. Higgins prometió un desembolso de u$s 25 millones en su cambalache de famosos y picaditos juveniles. Declaró haber puesto u$s 1,5 millón de su bolsillo. El resto, aportes de sponsors como Nike y el HSBC (de más está aclarar la ausencia de ambos logos en WFI).

Además, planea recaudar u$s 5/6 millones por la venta de derechos de televisión y la comercialización de DVDs a escala global. Por ahora, ninguna cadena se desvela por transmitir el evento deportivo que, según su mentor, superará en magnitud a la Fórmula 1 y los Juegos Olímpicos.

Pero este intuitivo hombre de negocios —animal rápido para adaptarse a su entorno— encontró una forma más argentina que jamaiquina para recuperar su inversión. A lo mejor, pensó que, en un país donde el Congreso aplaude a un presidente que declara un default y otro se venagloria de haberle metido una quita del 75% a sus acreedores e ignorar a quienes aún debe u$s 30.000 millones, nadie le recriminaría dejar su camino regado de pagarés y cheques rechazados, al mejor estilo Hansel y Gretel.

Por caso, los abogados del grupo Clarín los coleccionan. No por algún extraño fetichismo por los documentos contables, sino porque constituyen la prueba de la demanda penal que le iniciaron. Parece que compró los imponentes avisos con los que dio a conocer su World Football Idol en Clarín, Olé y Radio Mitre, con cheques cuyo único respaldo son una cuenta que lleva años cerrada en los Estados Unidos y otra, de dudoso crédito, en las Islas Vírgenes. La deuda con la AM rondaría los $ 50.000, monto similar al que acumularía el Gran Diario Argentino.

Ya arreglé todo con el Señor Magnetto”, la hábil evasiva con la que Higgins repelió durante un buen rato a sus acreedores, cuando empezaban a sospechar que su firma tenía menos valor que un patacón.

Es probable que el jamaiquino ignorara que sobran los dedos de una mano para contar cuántos mortales tienen acceso al inexpugnable centro de poder del multimedio. Pero lo seguro es que sus cobradores sí. A ninguno, además, sorprendió que el ahora buscado —los tentáculos legales del grupo le siguen cada paso, incluso, más allá de Ezeiza— prometiera pagar la publicidad con cheques al contado, cuando el resto de los anunciantes suele hacerlo con pagos diferidos. Parafraseando el lema de Clarín, un “toque de atención” que nadie percibió para la “solución argentina” a un problema casi argentino.

Suerte similar corrieron en el Luna Park. A los herederos de Lectoure les encantaría rendir tributo al gran Tito y boxearlo, después de que el contendiente caribeño repitió el modus operandi para alquilar el Palacio de los Deportes.

Donde sí accionaron fue en el cinco estrellas en el que le retuvieron la notebook por falta de pago. Pero quien realmente cortó por lo sano fue el autoproclamado representantes local de Lamborghini, el mexicano José Antonio Fernández García, a.k.a. “Joan Fercy”, cuyo presunto contrato por 99 años para vender -y fabricar réplicas artesanales- siempre fue desmentido por el grupo Volkswagen, dueño de la marca italiana.

El encantador de serpientes caribeño lo sedujo para que entrara al canasto. Llegó a presentarlo como su socio. Lo hizo una soleada y cálida tarde de otoño de 2007, en Parque Sarmiento, donde, en el marco de la Expo World Cars -autoshow de legitimidad comparable con el World Football Idol de Higgins-, Fernández García (o Fercy) develó la Lamborghini Alar 777, prototipo de superdeportivo desarrollado por su empresa, Automóviles Lamborghini Latinoamérica, cuyo mecánico artesanal -rubio, de pelo y barba largas, y bíceps trabajados- él presentaba como un vikingo con alma de artista.

Además de algunos fajos de billetes, el mexicano aportaría el lujoso deportivo que se regalaría al futuro ídolo mundial de fútbol, ya que, sentenció Sir Max, “si eres un world football idol, mereces manejar el mejor auto que haya”. Algo debió fallar. El affectio societatis se esfumó como promesa de jamaiquino. A mediados de agosto, la división Sustracción de Automotores de la Policía Federal encontró el bólido —blanco, ploteado con el verde e inconfundible logo de WFI— escondido en una cochera subterránea de Puerto Madero. En ese momento, se informó que el vehículo llevaba seis meses de búsqueda, ya que un empresario —curiosamente, también oriundo de Kingston— lo alquiló para un show deportivo en Mar del Plata y nunca lo devolvió.