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“Primero inviertan ustedes”. Ese es el planteo que los grandes inversores internacionales les hacen hoy a los empresarios argentinos. Antes de desembolsar capital, quieren comprobar que quienes mejor conocen el mercado local vuelvan a invertir en él. Recién después, sostienen consultores que participan de esos procesos, llegará el turno de los grandes fondos.
En parte, eso ya empezó a suceder. El mercado de fusiones y adquisiciones (M&A, por sus siglas en inglés) recuperó dinamismo durante los últimos meses, aunque con una característica que se repite en la mayoría de las operaciones: los compradores son, principalmente, grupos argentinos. “Hoy hay mucho movimiento, pero el comprador es argentino”, resume un consultor que participa de este tipo de transacciones.
La explicación combina oportunidad y expectativas. Por un lado, muchas compañías todavía conservan valuaciones que incorporan un descuento por el riesgo argentino. Por otro, varios empresarios consideran que el actual proceso de estabilización difícilmente tenga una marcha atrás completa, aun cuando cambie el signo político después de las elecciones presidenciales de 2027. Esa lectura explica por qué algunos grupos prefieren posicionarse ahora antes que esperar una recuperación de los precios de los activos.
Consultoras que siguen de cerca el mercado coinciden en ese diagnóstico. Son varias las consultoras que ya detectan un aumento en las consultas y en los procesos de compra y venta de compañías, impulsado principalmente por capitales locales. Newsan es uno de los casos más visibles: en los últimos meses aceleró su estrategia de adquisiciones con la compra de activos locales en distintos sectores.
Llegan las empresas regionales
Sin embargo, el movimiento ya no involucra únicamente a empresarios argentinos. También empiezan a ganar terreno las denominadas multilatinas: compañías regionales que conocen el mercado y están acostumbradas a operar en economías volátiles. La adquisición del negocio argentino de Saputo por parte del holding peruano Gloria Foods y el proceso de venta de San Ignacio reflejan ese fenómeno.
Para los especialistas, no se trata de una casualidad. Las empresas latinoamericanas parten con una ventaja frente a los grandes fondos globales: conocen mejor los ciclos económicos de la región, ya cuentan con estructuras operativas instaladas y pueden capturar sinergias que un inversor financiero internacional difícilmente consiga en una primera etapa. Por eso aparecen como los primeros jugadores extranjeros dispuestos a acelerar.

Los grandes fondos, en cambio, siguen mirando otra variable. Más que una elección presidencial o un resultado puntual, buscan comprobar que el proceso de estabilización económica logre sobrevivir a un cambio de gobierno. La pregunta ya no pasa por quién gane en 2027, sino por si las reglas macroeconómicas básicas conservarán continuidad más allá del actual ciclo político.
Ese cambio de perspectiva también modificó los factores que analizan antes de invertir. Durante años, el principal interrogante era si la Argentina volvería a quedarse sin dólares. Hoy, con las perspectivas de crecimiento de Vaca Muerta y la minería, muchos inversores creen que esa restricción estructural podría empezar a desaparecer. La atención se desplazó hacia otro punto: la disciplina fiscal. Lo que buscan determinar es si un mayor ingreso de divisas convivirá con cuentas públicas ordenadas o si volverá a abrirse un ciclo de expansión del gasto que termine poniendo en duda la estabilidad alcanzada.
Por eso, el escenario actual presenta una paradoja. La Argentina volvió a generar oportunidades de inversión y el mercado corporativo empezó a moverse. Pero quienes están marcando el ritmo no son todavía los grandes fondos internacionales, sino los empresarios locales y, en una segunda línea, las compañías latinoamericanas. Para el capital global, la apuesta todavía requiere una prueba adicional: comprobar que esta vez los argentinos también creen que el cambio llegó para quedarse.
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