

- De Rosario a las sierras: una búsqueda que empezó cuando tenía 22 años
- Dos hexágonos, barro y una forma de corazón que no estaba planeada
- Los 12 parabrisas que llegaron desde Santa Fe y terminaron en las paredes
- Agua de vertiente y un biodigestor hecho de manera casera
- Tardó un año y medio y tuvo que frenar la obra para poder terminarla
Mariana Di Pascuales (38 años) tenía 22 años cuando decidió cambiar el paisaje de su vida. Nacida en Rosario y criada en Tortugas, Santa Fe, dejó atrás el ritmo de la ciudad y terminó instalándose en las sierras de Córdoba, donde construyó una casa con materiales reciclados.
Según relató en un video de Crónicas del Cambio- De Música Rutera, la vivienda está en el barrio El Bajo de Los Hornillos, en Traslasierra, y fue levantada en un año y medio.
La construcción tiene una particular estructura formada por dos hexágonos unidos, alrededor de 12 parabrisas reutilizados como ventanas y paredes decoradas con botellas de vidrio que dejan pasar la luz.
El proyecto no surgió de un plan convencional de construcción. Para ella, fue la continuación de una búsqueda personal que había comenzado años antes, cuando decidió alejarse de la ciudad y acercarse progresivamente a una vida vinculada con la naturaleza.
De Rosario a las sierras: una búsqueda que empezó cuando tenía 22 años
Antes de llegar a Córdoba, Mariana pasó por distintas etapas. Estudió Letras y Bellas Artes, se acercó a la fotografía y comenzó a viajar a Uruguay, donde descubrió una forma de vida muy diferente.
“A mí me agobió la ciudad”, recordó al hablar de aquella etapa en la que empezó a cuestionarse el ritmo que llevaba. Durante sus viajes de verano sintió algo que terminó marcando sus decisiones posteriores.
La experiencia fue suficiente para que empezara a imaginar otra vida. “Tuve una sensación muy corporal de libertad”, explicó.
Con el tiempo vivió en distintos lugares, pasó temporadas en entornos naturales y también recorrió el país en un motorhome junto a su hijo. Esa experiencia terminó siendo clave para pensar cómo quería que fuera su futura casa.
Dos hexágonos, barro y una forma de corazón que no estaba planeada
La casa de Traslasierra tiene una estructura poco habitual. Está formada por dos hexágonos unidos que permiten distribuir los ambientes en un espacio reducido.
La particular geometría produce además un efecto inesperado: vista desde arriba, la construcción tiene forma de corazón.
“Estos son dos hexágonos. Son dos hexágonos unidos”, señaló Mariana durante el recorrido por la vivienda. La forma, sin embargo, no había sido buscada deliberadamente. Fue un amigo quien descubrió que el techo terminaba dibujando esa figura.
El objetivo inicial era mucho más sencillo. Después de haber vivido durante más de dos años vinculada al motorhome, quería un espacio pequeño, funcional y cálido.
“Yo quería algo así chiquitito después de vivir en un motor home” detalló. Buscaba tener un lugar donde pudiera “dormir, comer, tener un baño y algo acogedor, bonito y de barro”.
El interior sigue esa misma lógica. Hay espacios elevados, desniveles y sectores que pueden transformarse según las necesidades. Incluso la cama puede esconderse para liberar parte del ambiente.
Los 12 parabrisas que llegaron desde Santa Fe y terminaron en las paredes
Uno de los elementos que más sorprende al entrar a la vivienda son los parabrisas utilizados como ventanas.
Son alrededor de 12 y tienen además una historia relacionada con el lugar donde Mariana nació. Los consiguió en Tortugas, el pueblo santafesino donde pasó parte de su infancia.
“Hay cerca de, si no me confundo, 12 parabrisas en toda la casa”, precisó.
Los vidrios llegaron a través de personas que tenían material proveniente de un remate. Cuando explicó que estaba buscando ventanas para construir su casa, recibió una propuesta inesperada: podía llevarse los parabrisas.
“Me voy a hacer mi casa”, recordó que les dijo. La respuesta fue ofrecerle los vidrios que tenían disponibles.
Para Mariana, el gesto también representa una parte importante de la construcción: la colaboración entre personas y el intercambio de materiales que de otra manera podrían haber terminado descartados.
A los parabrisas se suman botellas de vidrio colocadas en los muros. Su función no es solamente decorativa: permiten que la luz atraviese las paredes y proyecte diferentes colores en el interior.

Agua de vertiente y un biodigestor hecho de manera casera
La vivienda también fue diseñada para aprovechar los recursos disponibles en el terreno.
El agua proviene de una vertiente que Mariana comparte con vecinos. La utilización del recurso requiere un cuidado especial y forma parte de la dinámica cotidiana de vivir en ese entorno.
Para el tratamiento de los líquidos instaló un biodigestor casero construido con tanques colocados en desnivel. El sistema permite que los líquidos pasen por diferentes recipientes antes de continuar su recorrido.
Aunque eligió tener un baño tradicional y una bañera, incorporó este sistema como una alternativa para procesar los líquidos residuales.
La experiencia de vivir sin los servicios habituales también había formado parte de su pasado. Durante una etapa en Uruguay, llegó a vivir sin agua ni electricidad y tuvo que buscar agua en casas vecinas.
Aquella etapa le permitió descubrir otra relación con las necesidades cotidianas: “Fue como el click de la simpleza de la vida”.
Tardó un año y medio y tuvo que frenar la obra para poder terminarla
Construir la vivienda demandó aproximadamente un año y medio. El trabajo implicó cargar materiales, preparar barro, trasladar piedras y trabajar durante horas en un terreno con desniveles.
Durante buena parte del proceso pasaba unas seis horas por día trabajando en la construcción. Pero el esfuerzo comenzó a tener consecuencias. “Terminé muy cansada, muy agotada”.
El invierno fue especialmente difícil. El frío, el agua y las pocas horas de luz complicaban las tareas, mientras que la presión por terminar la vivienda antes de la temporada invernal aumentaba el desgaste. Finalmente tomó una decisión: detenerse.
Se fue durante unos meses a una cabaña cercana y dejó la obra en pausa. Ese tiempo le permitió recuperar fuerzas, pintar y volver a conectarse con otras actividades.
“Yo suelto, suelto esto, suelto con todo el amor porque yo no quiero que esta casita nazca desde el sacrificio”, confesó.
La casa todavía tiene sectores que pueden continuar transformándose, pero para ella eso no significa que esté incompleta. Aprendió durante el proceso que también podía avanzar cuando decidía parar.
Hoy vive allí y continúa con sus actividades como pintora y facilitadora de biodanza. Desde las sierras, resume parte de la búsqueda que la llevó hasta ese lugar con una frase que atraviesa toda su historia: “Soy una apasionada de la vida”.
















