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La morosidad dejó de ser un problema circunscripto al sistema financiero para convertirse en un fenómeno que atraviesa a muchos hogares argentinos y, mientras las empresas lograron mantener relativamente controlada su capacidad de pago, las familias muestran un deterioro más profundo.
Datos recientes muestran que 3,6 millones de personas ya tienen al menos una línea de crédito catalogada como “irrecuperable”, es decir, con más de un año de atraso en los pagos.
Esa cifra representa el 17,2% del total de deudores y equivale a 1,7 millones de casos más que un año atrás. Si se amplía el universo a quienes acumulan al menos tres meses de atraso, la cantidad de personas con problemas de pago asciende a 5,8 millones.
La fotografía coincide con una radiografía más amplia elaborada meses atrás por la consultora Fidelitas sobre la base de la Central de Deudores del Banco Central.
Ese trabajo mostraba que la mora del sistema financiero había alcanzado el 13,2% de la cartera total, el nivel más alto desde la salida de la convertibilidad, pero advertía que el problema no era homogéneo.
La crisis de mora está en las familias, no en las empresas
Mientras las personas físicas registraban una mora del 19,7%, las empresas apenas alcanzaban el 4,2%. La diferencia, de 15,5 puntos porcentuales, constituye la mayor brecha de toda la serie analizada.
La principal conclusión de ambos trabajos es que el deterioro del crédito se concentra en los hogares.
Fidelitas señalaba que casi tres de cada cuatro pesos de la cartera irregular ya corresponden a situaciones de mora grave —las categorías 3, 4 y 5 del Banco Central—, lo que implica que el problema dejó de ser un atraso circunstancial para transformarse en un fenómeno de difícil recupero.
En particular, las categorías 4 y 5, asociadas a alto riesgo de insolvencia e incobrabilidad, ya representan el 45% de toda la cartera irregular.
Esa fotografía macro encuentra un correlato en los datos más recientes de Instituto Argentina Grande. Allí se observa que la cantidad de deudores catalogados directamente como “irrecuperables” continúa creciendo y alcanza a 3,6 millones de personas.
Los dos trabajos también coinciden en otro punto: el deterioro se aceleró durante el último año.
Además, la mitad de esos deudores mantiene obligaciones de apenas $ 309.000 o menos, un dato que sugiere que buena parte del sobreendeudamiento no proviene de créditos hipotecarios o prendarios sino de préstamos de bajo monto destinados a sostener gastos cotidianos.
El canal de financiamiento también marca diferencias. Entre quienes sólo mantienen deudas con entidades bancarias tradicionales, la tasa de morosidad alcanza el 14%.
En cambio, entre quienes operan exclusivamente con entidades no bancarias —como financieras, emisoras de tarjetas regionales o prestamistas de consumo— el indicador asciende al 40,7%, casi tres veces más.
Ese segmento fue además el que registró el mayor aumento de deudores irrecuperables durante el último año.
El mapa del endeudamiento cambia según la provincia
La geografía del crédito también muestra diferencias marcadas. Según Fidelitas, La Rioja registraba en febrero la mayor tasa de mora total del país, con el 23,8% de su cartera en situación irregular. Detrás aparecían Santa Cruz (21,5%), Catamarca (19,7%), Santiago del Estero (19,6%) y Corrientes (18,9%), mientras que la Ciudad de Buenos Aires exhibía el menor nivel de mora, con apenas el 5%.
Cuando el análisis se concentra exclusivamente en los deudores irrecuperables, el patrón territorial se mantiene.

El informe más reciente del Instituto Argentina Grande ubica a San Juan como la provincia con mayor proporción de personas que acumulan atrasos superiores a un año, con el 23,8% de sus deudores en esa situación. Le siguen La Rioja (23%), Catamarca y Santiago del Estero (21,7%), Salta (21,6%) y Chaco (21,5%).
En conjunto, el norte argentino y la región de Cuyo concentran los peores indicadores del país.
Los dos trabajos también coinciden en otro punto: el deterioro se aceleró durante el último año.
Fidelitas detecta fuertes incrementos de la mora en provincias como La Rioja, Santa Cruz, San Luis y San Juan.
Por su parte, IAG identifica los mayores aumentos en la proporción de deudores irrecuperables en Neuquén, Chubut, Chaco y Santa Fe, donde el indicador creció alrededor de 12 puntos porcentuales respecto del año anterior.
Como ambos informes utilizan metodologías diferentes —uno mide mora total y el otro deudores en situación “irrecuperable”— los rankings no son idénticos, pero describen un mismo fenómeno: el deterioro del crédito se expandió territorialmente y ya no aparece concentrado únicamente en los grandes centros urbanos.
El default tiene edad… y también monto
El rasgo más llamativo del informe de IAG aparece cuando se observa la distribución por edades. El 24% de los deudores de entre 15 y 29 años ya registra al menos una línea de crédito con más de un año de atraso, la mayor proporción de todas las franjas etarias.
En apenas doce meses, la cantidad de jóvenes en esa situación aumentó un 87%, mientras que entre los mayores de 75 años el porcentaje de deudores irrecuperables apenas llega al 9,8%.
Las diferencias por género son menores, aunque también muestran un deterioro acelerado. La cantidad de mujeres con deudas irrecuperables creció un 93,6% interanual, frente al 84,8% registrado entre los hombres.
Sin embargo, la incidencia de ese tipo de deuda continúa siendo ligeramente superior entre los varones: el 18,1% de ellos tiene al menos un crédito catalogado como irrecuperable, contra el 16,4% de las mujeres.

Los montos también ayudan a entender el fenómeno. Mientras la mitad de los deudores que mantienen sus pagos al día debe hasta $668.000, entre quienes ya ingresaron en situación de incobrabilidad la mitad adeuda apenas $309.000 o menos.
En promedio, esos deudores mantienen obligaciones un 53,7% inferiores a las de quienes continúan pagando regularmente. Más que grandes préstamos de inversión, el perfil dominante parece ser el de familias que recurrieron al crédito para afrontar gastos corrientes y luego perdieron capacidad de repago.
Aunque ambos informes proponen explicaciones distintas sobre las causas del deterioro, los dos coinciden en el diagnóstico central: la mora dejó de ser un problema aislado y pasó a concentrarse en los hogares.
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