Por qué Estados Unidos será el ganador final de la guerra entre Rusia y Ucrania

Estados Unidos ganará en estatura e influencia en Europa, Asia y el tribunal de la opinión mundial. El cambio en la atmósfera intelectual deja a los estadounidenses en una mejor posición.

A partir de 2026, si todo va bien, el gas natural licuado (GNL) llegará por medio de un buque cisterna a las costas del norte de Alemania, se verterá en tanques de almacenamiento criogénico ajustados a -160 ºC, y luego se "regasificará" antes de pasar por la red en lugar de las importaciones rusas.

Alemania no tiene actualmente ninguna terminal de GNL. A las 72 horas de la invasión de Vladimir Putin a Ucrania, aceleró la construcción de dos. De los exportadores que pueden beneficiarse, Estados Unidos está más cerca que Australia y, a diferencia de Qatar, no dejará a Berlín expuesto a otra autocracia errática.

Es algo desagradable de argumentar, quizás incluso de pensar, pero Estados Unidos será el "ganador" final de la crisis ucraniana. Ocho meses después de que su salida de Afganistán sugiriera el declive imperial, las perspectivas estratégicas de la nación están cambiando para mejor. El "arsenal de la democracia" en el siglo pasado podría ser su fuente de combustible en éste.

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Y esas exportaciones son lo de menos. Si Alemania cumple su reciente promesa de gastar más en defensa, Estados Unidos podría compartir más la carga financiera y logística de la OTAN.

Una Europa más vinculada a Estados Unidos y, al mismo tiempo, que sea una menor carga: ningún Kissinger podría haber planeado lo que el Kremlin está dispuesto a conseguir por accidente. Lejos de poner fin al giro de Estados Unidos sobre Asia, la guerra en Ucrania podría ser el acontecimiento que lo permita.

En cuanto a esa parte del mundo, si el objetivo de China es exorcizar al menos la costa del Pacífico de la influencia de Estados Unidos, las últimas seis semanas han sido una educación sobre el tamaño de la tarea. Japón no podría hacer más para ponerse del lado de Kiev, y por tanto de Washington.

Yoon Suk-yeol, el presidente electo de Corea del Sur, quiere reunirse con el presidente de Ucrania, Volodímir Zelensky. El acercamiento entre estos amigos del este de Asia de Estados Unidos -pero no siempre entre ellos- se ha visto favorecido por la amenaza de la unidad entre China y Rusia.

Todo ello deja la cuestión de Taiwán. Es fácil exagerar la lectura de Ucrania, cuyo estado independiente, a diferencia del de la isla, es reconocido en Washington. Pero, como mínimo, los costos potenciales de un ataque a China -en vidas, comercio y prestigio moral- son ahora demasiado evidentes como para necesitar que Estados Unidos los explique.

En retrospectiva, a pesar de lo que supuso la debacle, lo sucedido en Afganistán el pasado agosto oscureció la fuerza subyacente del lugar que ocupa Estados Unidos en el mundo. Estamos viviendo un recordatorio de su peso económico y de sus recursos naturales, así como de los activos de inteligencia que predijeron el hecho, si no el progreso irregular, de la invasión de Putin. Al mismo tiempo, se está refrescando la memoria del mundo en cuanto a la mayor -y más fácil de olvidar- de todas las ventajas de Estados Unidos: la impopularidad de sus rivales.

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Por primera vez desde el final de la guerra fría, tenemos una idea de cómo podría ser una alternativa a un mundo liderado por Estados Unidos. Un eje autocrático, en el que los hombres fuertes se apoyan o al menos pasan por alto las depredaciones de los demás, ahora es más que algo teórico. No todos los países se asustan ante esta perspectiva: India e Israel no lo han hecho, al menos no tanto como Washington esperaba, y eso por citar sólo ejemplos entre las democracias.

Pero incluso las naciones que se están protegiendo tienen que retorcerse y considerar el costo de reputación. No es Estados Unidos, la hegemonía establecida, quien está a la defensiva moral. Son las potencias revisionistas. Cuando Rusia atacó, la idea de que un mundo con una mayor extensión del poder sería necesariamente más justo perdió la espuria credibilidad que tenía.

Por supuesto, la gente se unió a Estados Unidos después de los atentados del 11 de septiembre, para volver a resentirse. Pero Al Qaeda eran meros aguafiestas del orden internacional, no herederos realistas del mismo.

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La gente podía volver a ser cínica con respecto a Estados Unidos (que, al invadir Irak, les dio todas las excusas) sabiendo que no había ningún usurpador plausible de su papel global merodeando entre bastidores, que mereciera su propio escrutinio.

Rusia todavía se estaba sacudiendo sus turbulentos años '90. La economía de China era una pequeña parte de su tamaño actual. El mundo aún no había comenzado sus 15 años consecutivos de retroceso democrático. El antiamericanismo era muy fácil.

Pues bien, como en tantas otras cosas, el costo ha subido últimamente. Si existe el tribunal de la opinión mundial, ahora tiene que comparar a Estados Unidos no con un ideal abstracto, sino con la realidad de una asociación entre Moscú y Beijing. Más que los miles de millones de metros cúbicos en nuevos pedidos de gas, o incluso el probable indulto para Taiwán, es este cambio en la atmósfera intelectual lo que deja a Estados Unidos mejorado. Basta con que sea mejor que la alternativa para que resulte muy atractiva.

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