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La líder de la oposición venezolana envió un mensaje sencillo a la industria energética estadounidense el pasado marzo: Vengan a por nuestro petróleo.

En una videoconferencia con ejecutivos en la CERAWeek en Houston, María Corina Machado prometió que el sector petrolero venezolano, nacionalizado en la década de 1970 y objeto de una mayor expropiación bajo el Gobierno de Hugo Chávez en la década de 2000, se abriría al capital privado.

La producción estaría “totalmente impulsada por el sector privado”, los activos de la petrolera estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) se subastarían y los inversores estarían protegidos por nuevos contratos, así como por el arbitraje internacional y la supervisión del FMI y el Banco Mundial.

Machado transmitió el mismo mensaje a los financieros el pasado octubre en Washington, según Luisa Palacios, expresidenta de Citgo, la filial estadounidense de refino de PDVSA, quien ahora trabaja en el Centro de Política Energética Global de la Universidad de Columbia. “He visto las cifras, he visto el plan”, afirma Palacios.

Aunque Machado parece ahora relegada a un segundo plano, el premio que ofreció de la “inimaginablemente vasta” riqueza petrolera de Venezuela está en juego después de que EEUU derrocase a Nicolás Maduro el pasado fin de semana.

Pero restaurar la industria petrolera venezolana tras años de corrupción, mala gestión y decadencia no será ni rápido ni barato. Expertos del sector advierten que podría llevar años, y decenas o incluso cientos de miles de millones de dólares, en un momento en que las grandes petroleras estadounidenses se ven presionadas por la caída de los precios del crudo.

La dirigente opositora prometió una apertura del sector petrolero al capital privado.
La dirigente opositora prometió una apertura del sector petrolero al capital privado.

¿Qué está en juego?

Donald Trump afirmó que una toma de control de la industria petrolera venezolana por parte de EE.UU. generaría una “enorme cantidad de riqueza” que podría respaldar a un nuevo Gobierno y compensar a las compañías petroleras estadounidenses cuyos activos fueron confiscados bajo Chávez.

Venezuela posee alrededor del 17% de las reservas mundiales de crudo, pero la producción se desplomó más de un 75% entre 2013 y 2020. EE.UU. extrae ahora más de 10 veces la producción venezolana.

Aun así, el acceso a los yacimientos venezolanos ayudaría a las grandes petroleras estadounidenses a reponer sus reservas y a suministrar crudo pesado a las refinerías de la Costa del Golfo designadas hace décadas para procesar petróleo de Venezuela, Canadá y México, en lugar del shale más ligero producido en el país.

Las importaciones estadounidenses de crudo venezolano ascendían a tan sólo 135.000 barriles diarios (b/d) a finales del año pasado, frente a los 1,4 millones de b/d de 1998. La consultora Energy Aspects estima que las refinerías estadounidenses podrían absorber fácilmente 1 millón de b/d adicionales. El aumento de los flujos también reduciría la dependencia de Canadá, cuyas exportaciones a EE.UU. se han triplicado durante el mismo período.

El control del suministro venezolano permitiría asimismo a Washington presionar a China, actualmente el mayor comprador de Caracas. “No vamos a permitir que el hemisferio occidental sea una base de operaciones para adversarios, competidores y rivales de Estados Unidos, así de simple”, declaró Marco Rubio, secretario de Estado de EEUU, en el programa Meet the Press de la NBC el domingo.

¿Quién se beneficia?

Palacios expone que los principales beneficiarios deberían ser los propios venezolanos. “El petróleo es fundamental en esta historia, pero no necesariamente porque EE.UU. quiera asegurar los recursos petroleros”, afirma.

“Este país se gana la vida en los mercados internacionales vendiendo petróleo. Con la destrucción de la industria petrolera vino la destrucción de la economía”.

Recuperar las exportaciones es esencial para restablecer los ingresos fiscales, revitalizar la economía y frenar el éxodo de emigrantes a través de Latinoamérica y hacia EE.UU., un argumento que probablemente calará en una Administración Trump centrada en la inmigración.

Vender petróleo a EE.UU. en lugar de a China también mejoraría el flujo de caja: gran parte de las exportaciones a Pekín se utilizan para pagar al menos 10.000 millones de dólares en préstamos pendientes.

El resto del petróleo con destino China es absorbido por refinerías “teapot” (pequeñas e independientes), que se han beneficiado de acuerdos de precios reducidos y podrían salir perdiendo si los cargamentos se desvían a otros destinos.

“Las teapots chinas han absorbido petróleo con descuento. Bien hecho. Pero se acabó“, afirma Bob McNally, presidente de Rapidan Energy. “¿Estarán contentas? No. ¿Creo que amenaza su suministro de petróleo? ¡Para nada! Pueden conseguir el petróleo pesado agrio de otros lugares”.

Las importaciones estadounidenses de crudo venezolano ascendían a tan sólo 135.000 barriles diarios (b/d) a finales del año pasado.
Las importaciones estadounidenses de crudo venezolano ascendían a tan sólo 135.000 barriles diarios (b/d) a finales del año pasado.Fuente: ShutterstockShutterstock

¿Qué empresas podrían entrar?

Entre las empresas estadounidenses, Chevron ocupa una posición privilegiada. Emplea a unas 3.000 personas en Venezuela y opera con una licencia especial que le permite exportar crudo pesado a las refinerías de la Costa del Golfo de EE.UU.

“En Chevron siempre existió la idea de que se quedaría en Venezuela porque en algún momento se produciría este escenario concreto”, afirma un exejecutivo. “Conocen muy bien la situación. Siempre han tenido ese plan preparado; ni siquiera necesitan desempolvarlo”, añade.

Las acciones de Chevron y ConocoPhillips subieron hasta un 8% en las operaciones previas a la apertura del mercado el lunes. Las acciones de ExxonMobil registraron un alza del 4%.

El atractivo es evidente: las reservas de Venezuela son abundantes, están localizadas y no conllevan riesgo de exploración. Los avances tecnológicos han reducido el coste de la producción de crudo pesado, haciéndolo competitivo frente al petróleo shale estadounidense. Los analistas afirman que la producción podría aumentar en hasta 500.000 b/d con relativa rapidez.

Mientras tanto, ExxonMobil y ConocoPhillips reclaman una indemnización total de 10.000 millones de dólares tras la confiscación de sus activos a principios de la década de 2000.

“Sería prematuro especular sobre futuras actividades comerciales o inversiones”, sostiene un portavoz de ConocoPhillips. “Continuaremos con nuestras gestiones de cobro, que se realizan de conformidad con todas las leyes y normativas aplicables”.

Exxon no respondió a una solicitud de comentarios.

Cuando Bloomberg le preguntó en noviembre a Darren Woods, consejero delegado de Exxon, si estaría interesado en regresar a Venezuela, el ejecutivo respondió: “Nos han expropiado en Venezuela dos veces. Tenemos un pasado allí”.

“Tendríamos que ver cómo se presenta la situación económica. Así que no lo daría por sentado ni lo descartaría”.

Varias otras empresas occidentales, como la española Repsol, la francesa Maurel & Prom y la italiana Eni, también podrían estar interesadas. Repsol y Eni han presionado al gobierno de Donald Trump para obtener una licencia especial que les permita recibir pagos en petróleo venezolano por el gas que suministran al país.

¿Cuáles son los obstáculos?

El pasado de la industria pesa mucho. “Las garantías contractuales son fundamentales”, afirma Palacios, señalando las reiteradas discrepancias entre las promesas y la práctica.

Las empresas se mostrarán reacias a invertir capital sin tener claro cómo será el nuevo régimen en Caracas y que éste no tendrá la tentación de llevar a cabo expropiaciones, ni siquiera en el futuro lejano.

“Hace apenas 20 o 25 años las expulsaron. Gato escaldado, del agua fría huye. Serán cautelosas”, afirma McNally. “Nada sucederá de la noche a la mañana. Es un camino largo y sinuoso”.

Palacios añade que las petroleras internacionales también tendrán dificultades para asociarse con PDVSA debido a su deficiente historial en materia de seguridad y medio ambiente. “Necesitan poder operar de forma independiente para poder controlar sus compras y operaciones”, concluye.

Finalmente, explica que Venezuela tendrá que encontrar una vía de regreso a las fuentes de financiación internacional tras quedar aislada cuando se impusieron las sanciones estadounidenses en 2017. El alto riesgo de Venezuela podría significar “un aumento significativo” del coste de financiación, añade.

La magnitud del deterioro es incierta. Desde la huelga de trabajadores del sector petrolero de 2002-2003, PDVSA se ha utilizado como una máquina de hacer dinero para el ejército, lo que ha provocado un éxodo de personal cualificado y el deterioro de la infraestructura, escribe Helima Croft, analista de RBC Capital Markets. Desentrañar los intereses chinos y rusos también será complicado.

Croft advierte a FT que “capturar a Maduro puede haber sido la parte fácil. El desafío más difícil es cómo reconstruir este país. Nuestro historial en la construcción de una nación es de todo menos espectacular”.