
Mañana, el presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, y David Cameron, primer ministro del Reino Unido, se reunirán en el palacio del Elíseo, en París. En lo que promete ser un momento rico en gestos políticos, ambos mandatarios recibirán a los líderes de los rebeldes libios, y a gobiernos y organizaciones que respaldaron la misión de la OTAN en el Estado del norte de frica. Será la primera vez que todos se reúnen desde la caída del coronel Muamar Gadafi.
Hace cinco meses y medio, Gran Bretaña y Francia decidieron liderar una misión internacional para detener la represión de Gadafi contra los libios que se habían levantado contra su despótico gobierno de 42 años. Esta fue, desde el principio, una operación llena de riesgos. Algunos aliados de la OTAN negaron su apoyo y varios expertos dijeron que no iba a funcionar, ni diplomática ni operativamente. Mañana, celebrarán en París la victoria de la oposición libia y comenzarán a planear el futuro del país africano.
Ninguno de los presentes querrá mostrarse arrogante. Todos saben que la guerra no terminó del todo. Gadafi sigue libre y muchos dirigentes occidentales se preguntan si el Consejo Nacional de Transición podrá crear un gobierno unificado y estable. A nadie le interesa hacerse eco de las palabras del entonces presidente de EE.UU. George W. Bush, quien en 2003, inmediatamente después de la caída de Saddam Hussein en Irak, dijo: Misión cumplida.
De todos modos, cuando han pasado poco más de 150 días desde que la alianza comenzó con sus operaciones en Libia, el papel de la OTAN se acerca a su fin y los jefes militares discuten las lecciones que dejó la misión, especialmente en lo relacionado con algo que casi la hace fracasar: la debilidad de los rebeldes en tierra. Muchos se preguntan cómo es que los ministerios de Defensa occidentales no pudieron prever la desorganización durante gran parte del conflicto.
El tema importante, sin embargo, es el de la falta de unidad en la OTAN en lo que respecta a la operación, y lo que eso dice sobre el estado de la alianza transatlántica. En los últimos años, las relaciones entre EE.UU. y Europa se tensaron por la renuencia de algunos países europeos a involucrarse en las operaciones de la alianza atlántica en Afganistán. Pero la guerra en Libia presionó mucho más la relación.
EE.UU., el motor de esta alianza de 28 miembros, respaldó la operación al principio, pero después sorprendió a los aliados al negarse a participar en ataques terrestres. Dado que varios miembros no participaron, Francia y Gran Bretaña, que lideraron los ataques por aire, tuvieron dificultades para lograr que la misión funcionara.
Libia salió bien al final pero, si llegamos rápido a la conclusión de que esta misión es una historia exitosa para la OTAN y no discutimos seriamente sus fortalezas y debilidades, nunca analizaremos a fondo algunos de los problemas de la alianza, dijo Kurt Volker, ex embajador de EE.UU. ante la OTAN.
Desde la perspectiva militar hubo un éxito fundamental: el del uso del poder aéreo para destruir los activos terrestres de Gadafi. Sin embargo, la misión también confirmó la máxima que dice que el poder aéreo, por sí solo, no garantiza la victoria total.











