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Enviada especial a Nueva York - El presidente Javier Milei terminó este jueves su gira por Nueva York, en una semana en la que exhibió toda su política exterior: el reclamo por Malvinas, la alianza con Donald Trump, el vínculo con Israel, la búsqueda de inversiones estadounidenses y la decisión de profundizar la explotación de recursos estratégicos en el hemisferio occidental, pero sin soltarle la mano a China.
La definición más precisa la dio el propio Milei ante la Asamblea General de Naciones Unidas. Su discurso, similar al del presidente de Estados Unidos el día anterior, cuestionó el funcionamiento de la ONU, mostró nuevamente resistencia ante la regulación de la Inteligencia Artificial, y le sumó el componente el archipiélago que, incluso antes de la intervención de Milei, ya había atravesado a la agenda internacional.
“Hicimos una elección geopolítica: nos alineamos sin ambigüedades con Occidente. Lo hicimos con los Estados Unidos y con Israel, países con los que compartimos una profunda afinidad de valores y una complementariedad estratégica”, sostuvo el Presidente ante el mundo. Los discursos se materializaron durante la semana.
El vínculo con Washington apareció asociado a seguridad, energía, minería, infraestructura y financiamiento; Israel, a la condena a Irán, la causa AMIA y una relación política que Milei volvió a ratificar, pese que al primer ministro le vaciaron el auditorio en el Palacio de Cristal. Malvinas quedó en el medio como el elefante en la habitación de EE.UU., que evadió referirse al tema.
Malvinas
El reclamo por la soberanía de las islas fue el eje diplomático de la semana desde antes de que Milei llegara a Nueva York. La novedad no estuvo solamente en que el Presidente volviera a plantearlo ante la ONU, sino en el contexto en el que lo hizo: Trump había abierto semanas atrás la posibilidad de revisar la histórica posición estadounidense sobre la disputa, mientras la Argentina avanzaba contra empresas vinculadas con la explotación de hidrocarburos en el área.
Milei aprovechó el discurso ante la Asamblea General para subir el tono. “No faltan palabras ni resoluciones, lo que falta es que tengan consecuencias”, sostuvo al cuestionar la falta de avances en las negociaciones con Londres. Y agregó que la Argentina no se quedaría esperando a que la comunidad internacional actuara: “va a tomar cartas en el asunto”. El Presidente llevó a Nueva York la defensa de las sanciones contra compañías que exploten recursos bajo ocupación británica.

La cuestión atravesó además la agenda con Washington. Milei se reunió durante 20 minutos con el secretario de Estado Marco Rubio, en un encuentro que el Gobierno presentó como parte de la profundización de la relación bilateral. Quirno evitó confirmar si Malvinas estuvo sobre la mesa: “No voy a confirmar ni voy a desmentir que hablamos de Malvinas”. Tampoco afirmó que exista por ahora un pedido concreto de intervención de la Casa Blanca. En la publicación de Rubio, el tema Malvinas no se mencionó.
Justo después de ese encuentro, el canciller Pablo Quirno volvió a la sede de la ONU durante la noche para ejercer el “derecho a réplica” de responderle al primer ministro británico, Andy Burnham, quien fue el primero en traer el tema sobre la mesa en su bilateral con Donald Trump y en su discurso en la Asamblea. Incluso los opositores celebraron la intervención de Quirno.
La prudencia contrasta con el lugar que Trump le había dado al tema. El presidente estadounidense había dicho que una eventual guerra entre Argentina y el Reino Unido sería un “desastre potencial” y que probablemente podría ayudar a resolver la disputa si ambos países se lo pidieran. Para Milei, el desafío es convertir esa apertura de Washington en algún tipo de respaldo diplomático sin transformar el reclamo argentino en un problema dentro de la alianza estratégica que busca construir con Estados Unidos.
Por eso Malvinas también apareció vinculada con los recursos naturales. En el mismo discurso en el que invitó a invertir en Vaca Muerta, Milei marcó un límite: “No seremos indiferentes frente a quienes exploten recursos bajo ocupación externa ilegal”. La cuestión de la soberanía quedó así asociada a petróleo, energía y minería, exactamente los sectores sobre los que la Argentina busca atraer capital estadounidense.
El vínculo con Israel agrega otra capa. La israelí Navitas Petroleum participa del proyecto Sea Lion en las islas y quedó alcanzada por las acciones impulsadas por la Argentina contra empresas vinculadas con la explotación de hidrocarburos en el área en disputa. En el encuentro con Netanyahu, hablaron de Malvinas -sin precisar detalles- y se llenaron de elogios, mientras que en las calles protestaban por Palestina.
Grossi, fuera de escena
Hubo una ausencia que atravesó silenciosamente la semana: Rafael Grossi. La Argentina llegó a Nueva York con un candidato propio para suceder a António Guterres al frente de Naciones Unidas, pero el nombre del titular del OIEA prácticamente no apareció en la agenda pública de Milei ni de Quirno.
No hubo foto entre el Presidente y Grossi, tampoco un encuentro público entre el candidato y el canciller, pese a que la Asamblea General era el escenario natural para darle visibilidad a una candidatura que el Gobierno impulsa formalmente.

La ausencia adquiere otra dimensión después del discurso de Milei. El Presidente cuestionó con dureza el funcionamiento de Naciones Unidas, habló de una organización que, a su criterio, perdió capacidad para resolver los conflictos y sostuvo que “no es que Naciones Unidas sea mala, es que ha sido secuestrada por una burocracia internacional”. Al mismo tiempo, la Argentina pretende que uno de sus diplomáticos llegue a conducir esa misma estructura desde 2027.
La pregunta sobre el eventual costo de esa posición llegó a Quirno a través de El Cronista. El canciller no negó la tensión, pero marcó una prioridad: Argentina no iba a modificar su política exterior para preservar las posibilidades de un candidato. “Nosotros no vamos a dejar de hacer lo que tenemos que hacer como país por una candidatura”, planteó. Y, al mismo tiempo, sostuvo que el Gobierno considera que Grossi “sigue siendo un candidato firme”.
El matiz es relevante. La candidatura argentina no es nueva ni improvisada: Grossi fue formalmente presentado por Buenos Aires para la sucesión de Guterres y cuenta con una trayectoria al frente del Organismo Internacional de Energía Atómica, donde ocupa el cargo desde 2019. El propio Grossi había explicado meses atrás a El Cronista que la candidatura debía distinguirse de la política cotidiana del Gobierno argentino: “La política exterior argentina es la que fija el presidente Milei y la que instrumenta el canciller Pablo Quirno. Rafael Grossi es otra cosa”.
Pero la carrera ya entró en una etapa más competitiva. En el tercer sondeo informal realizado por el Consejo de Seguridad el 18 de septiembre, Rebeca Grynspan volvió a quedar primera y Carolyn Rodrigues-Birkett segunda, mientras Grossi apareció por detrás de ambas. La elección todavía está abierta y el Consejo de Seguridad recién deberá construir un candidato con capacidad de reunir el respaldo necesario de las potencias y luego de la Asamblea General.
El silencio de Nueva York, entonces, no alcanza para sacar conclusiones sobre el futuro de la candidatura. Sí muestra una decisión política concreta: durante la semana en la que Milei convirtió a Naciones Unidas en uno de los principales blancos de su discurso internacional, el Gobierno eligió no poner a Grossi en el centro de la escena.
Eso deja una tensión que probablemente exceda esta Asamblea. La Argentina quiere disputar la Secretaría General con un candidato propio, pero Milei también quiere reformular la relación del país con el sistema multilateral y cuestionar públicamente a la organización que Grossi aspira a conducir.

Trump e Israel: los dos vínculos que ordenan la geopolítica de Milei
La relación con Trump tuvo como único cara a cara el Escudo de las Américas. El presidente estadounidense reunió en la ONU a mandatarios de los países que participan de su iniciativa de seguridad hemisférica y destacó dos veces a la Argentina. “Tuvimos una gran victoria en Argentina, y no hace tanto tiempo dos veces”, dijo Trump, en referencia a los triunfos electorales que Milei consiguió desde 2023. La delegación argentina también resaltó que el presidente norteamericano lo señaló amistosamente apenas ingresó a la sala de conferencias cuando lo vio a Milei.
Milei había hablado antes que Trump y planteó una concepción de la seguridad que excede la cuestión militar. “Asegurar el desarrollo de los recursos críticos que Dios nos dio también es una cuestión de seguridad nacional”, dijo. También sostuvo que la Argentina quiere tener “un rol proactivo en garantizar no solo la seguridad argentina, sino también la seguridad hemisférica” y mencionó específicamente la proyección sobre el Atlántico Sur y la Antártida.

El anuncio del Corredor Andes-Atlántico, con participación de Estados Unidos, apareció al día siguiente como una expresión concreta de esa lógica. El otro gran resultado de la gira apareció en los números.
El Gobierno anunció junto con Estados Unidos el Corredor Andes-Atlántico, un esquema para impulsar infraestructura energética, minera y de transporte. La iniciativa contempla un marco de hasta u$s 7.000 millones hasta 2027 y una carta de términos del EXIM Bank de hasta u$s 6.000 millones para proyectos vinculados con Argentina LNG.
Las cifras requieren una precisión: los u$s 7.000 millones no constituyen un fondo creado para la Argentina ni representan desembolsos ya comprometidos. La documentación oficial señala que el Corredor no fija por sí mismo montos de financiamiento y que la carta del EXIM no es vinculante. En el caso del banco estadounidense, además, el mecanismo está pensado para financiar proveedores estadounidenses que participen de proyectos argentinos.
Ese detalle explica parte de la arquitectura del acuerdo. Washington no está ofreciendo solamente dinero para que Argentina produzca más: está buscando que empresas y tecnología estadounidenses participen de esa expansión. Quirno lo explicó con claridad al remarcar que el EXIM “financia proveedores estadounidenses”.
El anuncio se conectó con el mensaje que Milei había dado en la ONU: “Es necesario que sea Occidente quien lidere el desarrollo de la tecnología”. Y también con una frase que utilizó para describir la relación con Estados Unidos: “No confundimos cooperación con subordinación”.
La apuesta es que Vaca Muerta, el litio, la minería, la infraestructura y eventualmente la inteligencia artificial funcionen como puntos de entrada de capital internacional. En Nueva York, el Gobierno buscó mostrar que esa agenda no es sólo una declaración política, sino que puede tener instrumentos financieros detrás.
La relación con Israel tiene otro componente. Milei no se limitó a expresar apoyo al Estado israelí: lo incorporó explícitamente a la definición de Occidente que eligió para su política exterior. Ante la ONU condenó los ataques de Irán contra Israel, reivindicó la declaración de la Guardia Revolucionaria iraní como organización terrorista y volvió a reclamar justicia por los atentados contra la AMIA y la Embajada de Israel.

El encuentro con Netanyahu el jueves -la única bilateral con un jefe de Estado- cerró. El primer ministro israelí llegó a Nueva York para hablar ante una Asamblea General donde la guerra de Gaza y el conflicto con Irán volvieron a ocupar un lugar central. Tras su discurso ante la ONU, el Presidente llegó a decir: “Si no fuera por Netanyahu, dudo que hoy existiera Israel”. En la bilateral, Milei lo llamó “uno de los líderes más grandes de toda la historia universal”.
China queda afuera del acuerdo, pero no de la ecuación
La principal ambigüedad de la semana fue China. La Argentina no rompió ni anunció cambios en su relación comercial con China, pese al compromiso con EE.UU. de proteger al hemisferio occidental de los países “poco confiables”- Quirno fue explícito: los acuerdos con Estados Unidos “de ninguna manera” afectan la dinámica comercial con Beijing y no existe una condicionalidad para excluir capitales o empresas chinas.
Milei también mantiene una concepción liberal según la cual el comercio debe quedar abierto. En ese esquema, una cosa es elegir aliados estratégicos y otra imponer con quién puede comerciar la Argentina. Ahí se diferencia de Trump, aunque no lo admite. “Yo no tengo por qué decirle a nadie dónde tiene que comprar autos”, fue la frase que le dejó a Bloomberg cuando le preguntó sobre esa contradicción. Algunos en el Club Económico de Nueva York aplaudieron esa mentalidad pro-mercado.
El problema es que para Washington ambas dimensiones empiezan a superponerse. El discurso estadounidense sobre América Latina ya no se limita a la apertura comercial. En el caso argentino, los documentos del acuerdo hablan de “tecnología confiable” y de diversificar las cadenas de suministro. Y en el Escudo de las Américas Trump presentó la seguridad regional dentro de una disputa más amplia por la influencia de potencias externas.

La coincidencia temporal de que mientras Milei hablaba en Nueva York de Occidente y de tecnología, Trump negociaba en Washington con Xi Jinping sobre comercio, tierras raras y otros puntos sensibles de la relación bilateral.
Para Argentina, la ecuación todavía permite sostener ambos vínculos. China sigue siendo un socio comercial relevante y Estados Unidos aparece como el socio estratégico que el Gobierno eligió para seguridad, inversión y tecnología. Pero cuanto más avance la competencia entre Washington y Beijing en sectores sensibles, más difícil será separar completamente comercio de geopolítica.
Por ahora, Milei conserva esa doble puerta abierta. Washington es el aliado político; China, un socio comercial que el Gobierno no quiere perder. La estrategia consiste en que una relación no obligue todavía a clausurar la otra.
El escenario 2027 en Nueva York
El mundo financiero fue un fuerte protagonista político. Luis Caputo abrió la semana con una reunión privada en JP Morgan, donde explicó el programa económico y buscó despejar dudas sobre los vencimientos y el financiamiento de los próximos años, especialmente teniendo en cuenta el año electoral. El mensaje oficial apuntó a atravesar 2026 y 2027 sin volver a depender de una nueva emisión de deuda en los mercados y avanzar hacia una recuperación del acceso al crédito.
Milei completó ese mensaje el jueves ante el Economic Club of New York. Allí habló directamente de continuidad política y económica: “Si nuestro gobierno es reelecto en 2027, 2028 será el mejor año económico de la historia de la Argentina”.
La frase introdujo la campaña argentina dentro de una agenda que hasta entonces había sido presentada como internacional. No fue sólo una exposición sobre el programa económico: fue también una explicación sobre qué espera Milei que ocurra si obtiene un segundo mandato.
En la misma ciudad, Axel Kicillof intentó ocupar otro espacio. El gobernador bonaerense se reunió con bonistas de la Provincia y buscó mostrar una situación financiera más ordenada, con indicadores de deuda en mínimos de una década. El interlocutor era Wall Street y el mensaje, previsibilidad.
Pero al día siguiente, en el desayuno organizado por el alcalde Zohran Mamdani, volvió a la carga: “No solo no hay un milagro, sino que estamos sufriendo una verdadera catástrofe”, dijo sobre la economía argentina. También acusó a Milei de impulsar “un plan de subordinación a las grandes potencias”.
Milei respondió. Primero dijo que “cuando hay pelotudos hablando por Nueva York el riesgo país sube” y después apuntó contra Kicillof directamente frente a inversores, llamándolo “enano soviético”. Nueva York funcionó como una primera escena internacional de la competencia política argentina que empieza a proyectarse hacia 2027.

Ante una eventual competencia electoral en los próximos meses, Milei buscó mostrar continuidad ante inversores y asociarla con una estrategia de inserción internacional basada en Estados Unidos, Israel, energía, minería y apertura de mercados. Kicillof, en cambio, intentó construir una interlocución propia: primero con los acreedores de la Provincia y después con dirigentes políticos que cuestionan el rumbo económico y geopolítico de la “derecha occidental”.
Kicillof intenta disputar precisamente esa asociación. Su crítica a la “subordinación a las grandes potencias” no apunta sólo al vínculo con Estados Unidos, sino a la idea de que la apertura económica y el alineamiento geopolítico son parte de una misma estrategia. Su agenda en Nueva York buscó mostrar que puede hablar con los mercados sin adoptar el programa de Milei y, al mismo tiempo, construir vínculos con un espacio político internacional que tiene una mirada diferente sobre el rol del Estado y las relaciones exteriores.
El problema para ambos mensajes es que fueron dirigidos al mismo público y dentro de la misma ciudad. Kicillof necesitaba que los inversores escucharan previsibilidad y que el auditorio político escuchara una alternativa; Milei necesitaba que los inversores escucharan continuidad y que Washington escuchara alineamiento. Nueva York mostró, antes que una definición electoral, la primera disputa por el relato internacional de la Argentina que también será parte de la elección de 2027.

Por Daniela Romero
Redactora de Economía y Política
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