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A comienzos de siglo, Argentina y Brasil producían entre 65 y 67 millones de toneladas de granos al año. Un cuarto de siglo después, el país vecino obtiene una cosecha dos veces y media mayor y, sólo con su producción de soja, supera el volumen combinado de todos los granos argentinos.

La diferencia acumulada en los últimos 25 años alcanza las 1550 millones de toneladas, el equivalente a 12 cosechas récord argentinas o u$s 475.000 millones, según estima un estudio presentado por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec).

Los contrastes se repiten al comprar con el resto de los países de la región. En las últimas dos décadas, Uruguay multiplicó por siete su producción de granos; Paraguay, por seis; Brasil, por cinco, mientras la Argentina, por tres.

“Tenemos que crear ruralidad, desarrollar el sector agropecuario en línea con Brasil porque con Vaca Muerta no alcanza”, señaló al inicio de la presentación Luciano Laspina, titular del think tank, y alertó que “Brasil ya empezó a reducir impuestos”.

Bajo el nombre El jardín de los senderos que se bifurcan, el trabajo reconstruye la expansión agroindustrial brasileña y sus efectos productivos, económicos y territoriales. Su conclusión es que el salto no respondió a una única medida, sino a la continuidad, durante décadas, de reglas, crédito, tecnología e infraestructura.

Las cuatro claves del salto brasileño

Iván Ordoñez, economista especializado en agronegocios e investigador asociado de CIPPEC destacó como primer factor al respeto de los derechos de propiedad y la posibilidad de vender la producción a valores cercanos a los precios internacionales, sin retenciones ni intervenciones equivalentes a las argentinas.

Entre 2002 y 2025, por cada tonelada comercializada, el productor argentino recibió en promedio el equivalente al 60% de lo obtenido por uno brasileño en soja, el 65% en maíz y el 72% en trigo. En soja, la facturación por hectárea local fue apenas el 53% de la brasileña.

Esa diferencia condicionó las inversiones. “Hay una lógica en la agricultura brasileña de inversión expansiva, mientras que estos 23 años moldearon el chip del productor argentino para hacer una inversión defensiva”, describió Ordoñez.

El segundo factor fue la disponibilidad de tierras ganaderas de bajo costo en la sabana brasileña del Cerrado. La incorporación de tecnología permitió transformar parte de esas superficies en una nueva frontera agrícola. Entre 2000 y 2024, el área cultivada del Centro-Oeste aumentó 292%, frente al 59% registrado en todo Brasil.

El tercer componente fue el financiamiento. Brasil combinó instrumentos privados, como la Cédula de Producto Rural (CPR), con crédito público y tasas subsidiadas. La CPR permitió utilizar como garantía la producción y los cultivos implantados, lo que amplió el acceso al crédito.

“Es sistema fue posible con fondos y coordinación pública, pero también con coordinación privada”, resumió.

El Estado federal destinó, en promedio, unos u$s 3000 millones anuales a subsidiar tasas, equivalentes a u$s 53 por hectárea.

En el mismo período, la Argentina recaudó cerca de u$s 5000 millones por año solamente mediante retenciones a los granos, lo que significó cerca de u$s 130 menos por hectárea para el productor.

El cuarto elemento fue la inversión tecnológica. Cuando producir soja y maíz en los suelos tropicales del Cerrado todavía era incierto, organismos públicos como Embrapa y asociaciones de productores financiaron el desarrollo de semillas y técnicas de manejo del suelo. Una vez probado el negocio, el sector privado elevó la escala.

Desde comienzos de los 2000, el uso de fertilizantes por hectárea prácticamente se duplicó y el gasto en agroquímicos se multiplicó casi por seis. Los rindes brasileños de soja y maíz, originalmente inferiores a los argentinos, actualmente los superan en varias regiones.

Más producción, exportaciones y nuevas ciudades

La expansión no se limitó al sector agropecuario, reflejó Ordoñez. La mayor oferta de granos impulsó la producción de proteína animal: desde la década de 1980, Brasil multiplicó por 8,3 su producción de carne aviar, por 5,6 la porcina y por 2,4 la bovina.

Entre 1995 y 2025, mientras el PBI total brasileño aproximadamente se duplicó, el producto del agronegocio se multiplicó por 3,3. En dos de cada tres años, el sector creció más que el conjunto de la economía.

El avance modificó también el mapa exportador. El Centro-Oeste pasó de representar el 3% de las ventas externas en 2000 al 16% en 2025. Sus exportaciones por habitante saltaron de u$s 160 a u$s 3156 y su PBI per cápita ya supera en 11% al del Sudeste industrial.

“No es un derrame. El agro necesita un ecosistema para producir”, sostuvo el economista de Cippec. Ese entramado incluye bancos, transporte, comercios, universidades, servicios profesionales y empresas tecnológicas.

El ascenso de Brasil y su impacto en el panorama económico mundial hacia 2030 (foto: archivo).
El ascenso de Brasil y su impacto en el panorama económico mundial hacia 2030 (foto: archivo).

Entre 1992 y 2022, la población de las regiones agropecuarias analizadas aumentó 81%, casi tres veces el 29% registrado en el resto del país. De los 15,8 millones de habitantes adicionales, 5,3 millones llegaron por migración.

El proceso consolidó nueve grandes capitales y seis metrópolis regionales vinculadas con el agro. Además, surgieron 319 nuevas ciudades y casi 400 municipios agropecuarios crecieron por encima del promedio nacional.

Infraestructura y planificación

Ante la consulta de El Cronista sobre cómo se desarrollaron esas ciudades en materia de infraestructura, Ordoñez reconoció que Brasil todavía presenta déficits logísticos, pero destacó la complementariedad entre la inversión privada y el Estado.

“La infraestructura brasileña no es un lujo”, dijo y explicó que una estrategia para impulsar el desarrollo fue la penalización impositiva sobre la retención especulativa de terrenos urbanos - vigente desde la reforma constitucional de 1988-.

En paralelo, rutas, ferrocarriles e hidrovías acompañaron el desplazamiento de la producción hacia el interior. “La inversión privada fue altísima, pero lo que hizo el Estado fue crear condiciones para desarrollar las ciudades”, explicó.

La pobreza cayó más rápidamente en los estados protagonistas de la expansión agrícola que en el promedio brasileño, mientras crecieron las universidades. En el Centro-Oeste, los egresados de carreras vinculadas con el agro pasaron de unos 300 a alrededor de 6000 por año.

Potencial y límites de la Argentina

Si bien la diferencia de tamaño entre ambos países podría aparecer como una barrera física, Ordoñez sostuvo que Argentina todavía dispone de margen para ampliar su frontera productiva.

Como antecedente, mencionó la agriculturización de Buenos Aires y parte de Córdoba, que desplazó la ganadería hacia provincias como San Luis y Corrientes sin provocar una reducción equivalente del rodeo.

Según una estimación preliminar que CIPPEC está elaborando, existen alrededor de 55 millones de hectáreas dedicadas a ganadería extensiva y con baja producción de kilocalorías por hectárea que podrían ser potenciales tierras agrícolas.

Aun así, primero el sector debería elevar la productividad de las tierras ya cultivadas.

La lección para Vaca Muerta y la minería

El impulso que el Gobierno de Javier Milei le está otorgando al sector de energía y minería, con un régimen especial de inversión, abrió un interrogante: ¿Se puede esperar una transformación similar a la que se vio en Brasil?

Paula Szenkman, directora del programa de Desarrollo Económico de CIPPEC, aclaró que los sectores parten de situaciones diferentes.

El agro ya cuenta con productores, empresas y capacidades distribuidas en el territorio, mientras que “la minería todavía es pequeña, aunque con gran potencial”, contrastó.

El punto en común pasa por planificar el crecimiento de las ciudades, los servicios y las actividades asociadas a las inversiones.

“Probablemente no haya movimientos de millones de personas de un lugar a otro, pero sí se van a generar oportunidades de arraigo territorial, desarrollo urbano, crecimiento de ciudades y mejora de la calidad de vida”, agregó.

Para Cippec, la enseñanza no consiste en copiar mecánicamente a Brasil, pero sí sostener condiciones que permitan combinar inversión, crédito, tecnología, infraestructura y planificación pública.

“Tenemos que hacer un plan sensato y mantenerlo durante un tiempo”, concluyó Ordoñez y expresó que la experiencia brasileña demuestra que la transformación no ocurre de un día para otro, pero también que la brecha actual podría reducirse con medidas -como el RIGI- que acompañen el desarrollo agroindustrial.