Hay una paradoja que se repite en el ecosistema de innovación argentino: el país tiene talento, tiene investigadores, tiene startups, tiene sectores con capacidad tecnológica real. Y sin embargo, buena parte de esa innovación no termina protegiéndose desde Argentina. Se registra afuera, se canaliza desde otro país, o directamente no se patenta. Y lo que no se patenta, no se ve. Y lo que no se ve, no atrae inversión, no se licencia, no escala.

Parte de ese problema tiene un nombre concreto: Argentina no forma parte del PCT, el Tratado de Cooperación en Materia de Patentes. Es el sistema internacional que permite a un inventor, una empresa o un centro de investigación presentar una única solicitud y mantener abierta la posibilidad de buscar protección en múltiples mercados. Una ventana de tiempo para decidir, planificar y buscar financiamiento antes de comprometer presupuesto país por país.

Los países vecinos tienen otra realidad. Chile se adhirió al Tratado en 2009, mientras que Colombia, en 2001. Brasil y México llevan décadas dentro del sistema, solo por mencionar algunos ejemplos. Por su parte, Argentina sigue siendo una excepción que cuesta cada vez más explicar.

Hay que decir que las grandes empresas, en general, encuentran el camino. Tienen estructura jurídica, equipos especializados y redes internacionales. Si necesitan proteger una invención en varios países, pueden hacerlo, aunque el sistema sea más costoso o complejo.

<div class="migrated-promo-image__description"><div class="migrated-promo-image__source">Fuente: Shutterstock</div></div>
Fuente: Shutterstock
Fuente: Shutterstock

El problema concreto lo tienen otros: la pyme industrial que desarrolló una tecnología para maquinaria agroindustrial y quiere protegerla antes de salir a buscar distribuidores en Brasil o en Europa. O la startup de biotecnología que necesita tener la patente encaminada antes de sentarse con un fondo de inversión.

Para esos actores, no tener acceso al PCT no es un inconveniente menor. Es una barrera real. Y la alternativa que muchos terminan adoptando es, en el mejor de los casos, incómoda: conseguir un socio comercial en un país que sí está adherido al sistema, iniciar su solicitud de patente desde ahí, o directamente resignar parte de la titularidad de la invención para poder acceder a los beneficios del tratado. Es decir, ceder algo que es tuyo para poder usar una herramienta que debería estar disponible desde acá.

Eso genera una distorsión silenciosa: innovaciones que nacieron en Argentina, con conocimiento y financiamiento argentino, terminan proyectándose al mundo desde otro país. Y en los registros internacionales, no figuran como innovación argentina.

Hay una idea que conviene aclarar: el PCT no sirve para patentar por patentar. Sirve para que quienes innovan tengan mejores condiciones para hacer lo que cualquier emprendedor o empresario necesita hacer: conseguir financiamiento, validar un mercado, negociar con socios, abrir puertas en otros países.

Una solicitud de patente internacional en proceso es un activo. Es algo concreto que un fondo de inversión puede evaluar, que un potencial licenciatario puede analizar, que un banco de desarrollo puede considerar al momento de financiar. Sin eso, la conversación muchas veces no arranca o arranca desde un lugar más débil.

Congreso de la Nación Argentina. (Fuente: archivo)
Congreso de la Nación Argentina. (Fuente: archivo)

Argentina dice que innova. Y en muchos sentidos, lo hace. Pero si esa innovación no se convierte en activos registrados, protegidos y proyectables desde el país, es difícil medirla, mostrarla y ponerla en valor frente al mundo.

Adherir al PCT no resuelve todos los desafíos del sistema de innovación local. Hace falta también que esa adhesión venga acompañada de difusión, capacitación y apoyo para que pymes, startups y centros de investigación puedan usar la herramienta de verdad. De nada sirve abrir la puerta si nadie sabe que existe o no tiene con quién orientarse para cruzarla.

Pero sin la adhesión, el punto de partida no existe. Por eso, es indispensable el debate en el Congreso del Tratado de Cooperación en Materia de Patentes. Seguir esperando tiene un costo concreto: más innovación argentina que se proyecta al mundo desde otro país, menos activos protegidos desde acá, y menos argumentos para sostener que el talento local puede convertirse en algo más que potencial.