Opinión

La sociedad espera más que un cambio de marca

Las dos fuerzas políticas que dominaron las preferencias electorales en Argentina durante el último siglo agonizan en un estado de impotencia y desorientación sin precedentes mientras el país profundiza la situación de anomia social e institucional.

Las fracasadas gestiones de Carlos Saúl Menem y de Fernando de la Rúa generaron un daño irreparable a la credibilidad del Partido Justicialista y de la Unión Cívica Radical (UCR), tal como los conocíamos hasta la erupción de la crisis del 2001.

Néstor y Cristina Kirchner, por un lado, y Mauricio Macri, por el otro, dieron a luz a dos nuevas coaliciones frentistas que aspiraron a reconstruir la confianza entre la sociedad y el poder político, pero no generaron cambios estructurales ni duraderos.

Los jóvenes y la necesidad de una nueva utopía

El kirchnerismo logró, a partir de políticas redistributivas y de una serie de medidas con alto impacto simbólico, mejorar temporariamente las condiciones materiales de los sectores más vulnerables y restablecer la confianza en la política como herramienta de transformación. La disputa con el sector agropecuario en 2008 por el aumento de las retenciones a las exportaciones y la campaña electoral de 2009 que concluyó con la sanción de una nueva ley de regulación de los medios audiovisuales, permitió a Cristina Kirchner actualizar las banderas del peronismo bajo una nueva identidad.

Impulsado por un potente relato de reivindicación de los sectores populares y el liderazgo carismático de Cristina Kirchner, el peronismo recuperó el apoyo de amplios sectores de la sociedad, generando un sentimiento de pertenencia y lealtad entre los votantes de menores ingresos y los jóvenes que alcanzó su máxima expresión en la elección presidencial de 2011, cuando Cristina logró imponerse en primera vuelta con el 54% de los votos.

Sin embargo, luego de 12 años de gobierno, el kirchnerismo no realizó cambios estructurales importantes, por ejemplo, en la matriz productiva, en la legislación laboral o en el sistema tributario, que permitieran transformar el crecimiento económico en desarrollo sostenible. Cuando descendió el precio de las materias primas exportables, que habían hecho posible financiar el consumo mejorando los ingresos a través de políticas sociales de inclusión, el modelo se tornó deficitario e inflacionario.

Para entonces, 'la marca', como manifestación externa y simbólica de la organización, se había devaluado nuevamente. Lo 'que decía' Cristina, no guardaba relación con 'lo que producía' el modelo. La promesa de inclusión y progreso del kirchnerismo chocaba contra una realidad cada vez más adversa.

Desde su base en la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri construyó su propia marca, montada sobre la tradicional antinomia peronismo/anti peronismo. Un discurso rudimentario (plagiado del discurso de Barack Obama) pero optimista, y una alianza con la devaluada UCR, fueron suficientes para vencer al peronismo en 2015.

Macri supo capitalizar la frustración de la clase media que reclamaba mayores niveles de institucionalidad y rechazaba el estilo confrontativo de Cristina Kirchner. También consiguió el apoyo de sectores de ingresos bajos que empezaban a sentir el efecto destructivo de la inflación en sus ingresos y veían cada vez más lejos la posibilidad de ascenso social.

Instituciones confiables, la clave para lograr reformas profundas en la sociedad

Macri se presentó como un liberal democrático que prometía modernizar el Estado, terminar con el populismo y unir a los argentinos. Sin embargo, mas allá de la retórica republicana, defraudó tanto a sus principales socios en el poder, que presionaban por una mayor liberalización de la economía y un ajuste más drástico de las cuentas públicas, como a su base de votantes que esperó, en vano, que llegara la lluvia de inversiones que había pronosticado el ingeniero. El emprendimiento de Macri fracasó, dejando al país con una inflación de 50% y una deuda impagable con el FMI.

Frente para la Victoria, Unidad Ciudadana, Frente de Todos, Unión por la Patria, por un lado. PRO, Cambiemos, Juntos por el Cambio por el otro. Las dos coaliciones que vivieron de la grieta durante los últimos 20 años insisten con rediseñar sus "marcas" pero no ofrecen "productos" nuevos que solucionen los problemas de los argentinos.

Sin Cristina ni Macri en la cancha (ni siquiera están en el banco de suplentes) el kirchnerismo y el macrismo quedaron desdibujados, sin una misión ni una visión claras que ordene sus mensajes e inspiren promesas creíbles de cambio. Con una inflación de 120% anual y niveles de pobreza que superan el 50% en algunos sectores de la población, no hay duda de que los votantes quieren un cambio.

En este contexto, el mensaje de Patricia Bullrich de "terminar con el kirchnerismo" demuestra, además de una evidente falta de creatividad, la distancia que separa a los principales referentes de ese espacio de las necesidades y de las expectativas de los argentinos.

Los votantes no pueden discernir si la propuesta de Javier Milei de dolarizar la economía resuelve el problema de la inflación o si conducirá a una pérdida irreversible de soberanía económica. Lo que saben es que el esfuerzo que realizan a diario para vivir es en vano. Lo que sienten es desesperación, impotencia y bronca porque se escurre la vida entre sus manos, porque su tiempo, lo más preciado que tienen, se devalúa al ritmo del peso argentino.

Los votantes no tienen la información ni el conocimiento necesarios para determinar si es recomendable, o factible, disolver el banco central. Tampoco están convencidos de que el Estado sea "una organización criminal" que deba acotar sus funciones a la defensa del derecho a la propiedad privada. Pocos pueden identificar las flagrantes contradicciones argumentativas que exhibe Milei en sus enfervorizadas alocuciones.

Sin embargo, más del 30% de la población se identifica con la bronca y con la ira que expresa el candidato anarco capitalista contra el sistema político. Mientras Bullrich promete acabar con el kirchnerismo, Milei promete terminar con más de un siglo de socialismo. ¿Quién da más?

El fracaso sucesivo de los gobiernos anteriores ha empujado a la sociedad argentina al filo del precipicio. El nivel de desesperación es tan grande que un tercio de la población se ilusiona con volar saltando al vacío.

La sociedad exige a las organizaciones políticas mucho más que un cambio de nombre, un rediseño de logo o un slogan original. Reclama coherencia y, por sobre todas las cosas, resultados. No espera que los políticos solucionen todos sus problemas, pero sí espera que compartan el esfuerzo que hacen ellos a diario para salir adelante.

Demanda reformas profundas en la matriz, una refundación del Estado y una actualización del sistema democrático acorde a los tiempos que corren que administre mejor los recursos y las relaciones de poder para volver a confiar en las instituciones que fueron creadas para proteger sus derechos.

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