Opinión

Los jóvenes y la necesidad de una nueva utopía

Hace mucho tiempo que observamos en los estudios de opinión pública un preocupante nivel de pesimismo, cansancio, tristeza y resignación.

Los sentimientos de insatisfacción con la vida se observan, principalmente, en la población que oscila entre 30 y 49 años, pero también en los más jóvenes. El nivel de frustración y desgano que registramos en estos segmentos de la sociedad obedece a varios factores, entre los que se destacan la inestabilidad económica, la caída en las expectativas de movilidad social ascendente, la desconfianza hacia la dirigencia política y la ausencia de visiones alentadoras acerca del futuro.

Es muy duro escuchar a personas en edad económicamente activa aceptar con resignación que ya "les pasó el tren". En algunas provincias argentinas la falta de oportunidades es tan grande que la mayor aspiración que tienen muchos jóvenes es conseguir un empleo dentro de la estructura del Estado para asegurarse un ingreso mínimo de subsistencia.

La pandemia exacerbó las desigualdades sociales e impactó fuertemente en los niveles de ansiedad y depresión, especialmente en las mujeres y en los jóvenes de menor nivel socioeconómico.

Muchos jóvenes que han abandonado sus estudios durante ese periodo no han logrado retomarlos, ya sea por falta de interés o porque están demasiado ocupados intentando sobrevivir. Pasará mucho tiempo hasta que podamos dimensionar los efectos que ha tenido la pandemia en la economía, en el mundo del trabajo, en las relaciones sociales y en la salud mental.

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En este contexto, el sistema político demuestra ineficacia, impotencia y falta de creatividad para administrar los recursos del Estado, transformar la realidad, lograr equidad, asegurar estabilidad y garantizar el cumplimiento de las normas.

La política es la lucha organizada por establecer un conjunto de valores sobre otro. Se nutre del conflicto y de las diferencias para generar consenso y poder controlar los resortes institucionales que permiten transformar la realidad.

El Estado, por otro lado, es el instrumento que le permite a una comunidad organizada mediar entre los distintos sectores de la sociedad garantizando el cumplimiento de las leyes, promoviendo la equidad y arbitrando los medios necesarios para que sus miembros puedan desplegar su máximo potencial.

Sin embargo, tanto "la política" como "el Estado" están demostrando poca capacidad para cumplir con sus funciones básicas y generar expectativas positivas.

En los estudios de opinión pública que llevamos adelante desde Reyes-Filadoro no encontramos personas entusiasmadas por las actitudes, las ideas o los proyectos de ninguno de los principales dirigentes. Más bien lo contrario.

En general, los gobiernos en la actualidad no trabajan sobre premisas de cambio creativas, sino que acomodan sus discursos y sus decisiones a las condiciones coyunturales que impone el sistema global. No aspiran a cambiar el mundo sino a conservar lo que queda de este, reduciendo su función transformadora a una de "control de daños". Lejos de atacar los problemas de fondo intentan sobrevivir, profundizando los desequilibrios de un modelo de sociedad que, toda evidencia indica, es insostenible y conduce a la humanidad hacia un abismo.

La mayoría de los argentinos desconfía de "los políticos" a quienes perciben como personas corruptas (o corrompibles) e incompetentes, movilizadas únicamente por la ambición de dinero y de poder personal. En los estudios de opinión pública que llevamos adelante desde Reyes-Filadoro no encontramos personas entusiasmadas por las actitudes, las ideas o los proyectos de ninguno de los principales dirigentes. Más bien lo contrario.

A nivel mundial, el discurso político actual se construye sobre la premisa de un futuro distópico: una sociedad dominada por algoritmos y un puñado de magnates que se alistan para escapar a Marte cuando la vida en la tierra sea insostenible.

Esta ficción, expresada en un sinnúmero de películas, obras de arte y literatura, está cada vez más cerca de convertirse en realidad. Así funciona la humanidad, va hacia donde imagina que puede llegar.

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Tal como lo señala el filósofo israelí, Yuval Harari, los seres humanos hemos logrado expandir nuestras comunidades gracias al poder de cooperación que facilitó el lenguaje primero y la escritura después. A partir de ficciones compartidas, la humanidad ha podido ampliar las redes intersubjetivas de sentido. O sea que, gracias a la capacidad de comunicarse y compartir relatos imaginados, los seres humanos hemos logrado cooperar masivamente, mantener la cohesión social y evolucionar.

A medida que siga perdiendo su capacidad transformadora, la política seguirá alimentando la fantasía "utópica" de una sociedad sin Estado y sin "políticos" que lo administren en su propio beneficio.

Para reconstruir la confianza perdida, la política tiene que recuperar primero la capacidad de imaginar. "En los momentos de crisis sólo la imaginación es más importante que el conocimiento", dijo Einstein alguna vez. "La imaginación al poder" fue el grito de guerra de los jóvenes que protagonizaron el Mayo Francés.

La política, ¿es el arte de lo posible? ¿O es la lucha por lo imposible? Trabajar sobre "lo posible" es resignarse a interpretar los límites del presente como obstáculos insuperables. Los jóvenes no quieren resignarse, va en contra de su naturaleza. Resisten suscribir a relatos pesimistas que auguran un planeta desertificado dominado por cyborgs. La política debería escucharlos mejor, alentarlos a expresar sus deseos y a imaginar un futuro ideal, aunque parezca distante y difícil de alcanzar.

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