Nuestro último informe de ABECEB parte de una idea central: “que la coyuntura no nos distraiga del mundo”, una frase que recoge con mucha precisión la etapa que nos toca atravesar como líderes de nuestras organizaciones.
Vivimos en una época en la que la incertidumbre dejó de ser una excepción para convertirse en el nuevo contexto permanente. Los cambios ya no son cíclicos: son simultáneos, acelerados y estructurales.
La historia está ocurriendo a una velocidad inédita. Las posiciones que hoy parecen firmes pueden quedar desactualizadas en cuestión de días. En este escenario, distinguir entre táctica y estrategia se vuelve crucial: reaccionar a cada evento puede resultar costoso; comprender el rumbo general es lo que permite montarse sobre la estrategia y no caerse en decisiones defensivas de corto alcance.
Para la Argentina, este contexto pone en crisis una cultura de planificación y toma de decisiones históricamente sesgada hacia el corto plazo y los factores internos. Hoy, la relevancia de interpretar el contexto global y rehacer escenarios futuros alcanza a todos los actores. Ya no es patrimonio exclusivo de la política o de las grandes compañías multinacionales.

Detrás del dilema entre importar o producir aparece la competitividad como nuevo driver de las definiciones. Desde ya, esto no implica desatender las velocidades ni las implicancias de la secuencia de normalización macroeconómica.
La dimensión más profunda del cambio que estamos experimentando es, justamente, la imposibilidad de escindir lo local de lo global. La interacción entre la microeconomía local y la geoeconomía es cada vez más intensa e instantánea.
Así, mientras miramos de cerca cómo se configura el nuevo régimen cambiario y monetario y nos impacientamos con las reformas, Estados Unidos redefine su estrategia global, Europa avanza en el acuerdo con el Mercosur y la geopolítica se impone con todo su peso en la agenda de negocios.
“El año 2026 es un punto de inflexión. No porque sepamos cómo terminará, sino porque empezaremos a ver qué sucede cuando el país que escribió las reglas decide que ya no quiere respetarlas”.
Ian Bremmer escribió estas palabras en una columna publicada recientemente. Para él, la mayor fuente de inestabilidad global no será China, Rusia, Irán ni los 60 conflictos existentes hoy en el mundo. Será Estados Unidos: el país más poderoso del mundo, el mismo que construyó y lideró el orden global de la segunda posguerra y que ahora está desmantelándolo activamente.
En esta nueva “ley de la selva”, donde la fuerza se impone sobre las normas, el desafío no es tomar partido sino entender cómo se administra el desorden. La geopolítica actual no se organiza en torno a épicas, sino a la gestión de riesgos: evitar escenarios de caos incontrolable, preservar activos estratégicos y ordenar transiciones graduales.
Lo que ocurre en Venezuela es un ejemplo elocuente de esta lógica. Más allá de los discursos, la lectura de los mercados fue inequívoca: el eje volvió a ser el petróleo. Y para la Argentina, esa señal puso nuevamente a Vaca Muerta en el centro del tablero.
En escenarios de volatilidad moderada y precios relativamente estables, las empresas que operan en Vaca Muerta se ven favorecidas por su capacidad de respuesta rápida, su escala y su productividad. Capturan oportunidades cuando el mercado premia ejecución y eficiencia. Nuestro diferencial seguirá estando en costos, previsibilidad regulatoria y velocidad de ejecución: tres verticales hoy ausentes en otros polos energéticos de la región.
¡Por fin! El acuerdo Mercosur–Unión Europea se firmaría en los próximos días. Es una noticia para celebrar.
Por lo que implica: conformará un mercado de más de 745 millones de consumidores y un PBI cercano a los US$ 22 billones, casi el 20% de la economía mundial.
Por lo que se demoró y lo esperamos: más de 25 años de negociaciones complejas. Porque conocemos sus detalles en profundidad. Dante Sica, nuestro socio, fue uno de los negociadores durante su gestión como ministro. Y, sobre todo, porque sabemos que este acuerdo cambiará el horizonte de las empresas cuya lógica de crecimiento está puesta en la exportación y la salida al mundo.
Para la Argentina, los beneficios son significativos. El acuerdo introduce mejoras concretas en sectores donde ya existen ventajas competitivas como la eliminación del arancel para la carne de alta calidad bajo la Cuota Hilton, que mejora de inmediato la rentabilidad del complejo cárnico y consolida su posicionamiento en el mercado europeo.
La liberalización gradual del comercio de vinos, el reconocimiento de indicaciones geográficas y prácticas productivas, y el acceso libre de aranceles para productos pesqueros y ciertos cítricos reducen barreras y amplían oportunidades.
Pero el acuerdo también acelera el reloj. Incluso en los sectores con períodos de adaptación más largos, la exigencia es inmediata. La productividad, la escala y la competitividad internacional dejan de ser una aspiración futura para convertirse en una condición presente que redefine la política productiva y las decisiones empresariales.
Además, el acuerdo implica un salto institucional clave al establecer reglas claras, previsibles y alineadas con estándares europeos. En los hechos, funciona como un verdadero sello de calidad institucional: si le vendés a Europa, ya contás con una marca de excelencia. Reduce riesgos, facilita el acceso al financiamiento y acelera decisiones de inversión, permitiendo que más empresas y regiones del país se integren de manera sostenible a las cadenas globales de valor
Las novedades que se concentraron en una misma semana confirman que estamos presenciando la obsolescencia de un mindset, de una cultura. Uno de los cambios más fascinantes del mundo de los negocios actuales es que las respuestas no están únicamente afuera de la empresa. El contexto global es un insumo vital, pero no suficiente.
Cada vez es más determinante conocer los propios dolores, identificar los activos, comprender el modelo de negocio y construir una visión de futuro capaz de resetearse. Economía, política, tecnología, ambiente y sociedad se mueven al mismo tiempo, reescribiendo reglas, cadenas de valor, mercados y modelos productivos.
En un mundo donde el desorden se gestiona y no se elimina, no alcanza con reaccionar. Hay que anticipar. Es momento de definir tu lugar en el mapa.
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