El debate sobre la presión fiscal en la Argentina trae a la memoria, en tiempos de pasión futbolera, el viejo axioma menottista de la “manta corta”.
El Gobierno exhibe como uno de los principales logros de su gestión el sostenimiento del superávit fiscal. Sin embargo, depende del recorte del gasto para conservarlo, ya que los ingresos son insuficientes para inclinar la balanza a favor, como reflejó el resultado de la recaudación de junio.

El dato difundido por ARCA reveló que el recorte temporal de las retenciones agropecuarias realizado el año pasado influyó para que la evolución de la recaudación quedara varios puntos por debajo de la inflación interanual.
La decisión contribuyó hace doce meses a incrementar la oferta de dólares en un momento crítico para la demanda pero hoy el escenario es diferente. El tiempo de la cosecha gruesa quedó atrás aunque el reclamo sectorial para una baja de impuestos continúa.
En dos semanas, se iniciará la edición 138 de la Exposición Rural de Palermo, en la que los productores insistirán con el pedido de la eliminación total de las retenciones para los principales cultivos, pese a que el Gobierno anunció un esquema de reducción gradual que se extiende más allá de la finalización del actual mandato presidencial.
Ayer, por lo pronto, activó la eliminación de los derechos de exportación para unos 1000 productos industriales y redujo la alícuota a cero para metales, químicos y la cadena automotriz. Justo en la misma jornada en que la Unión Industrial Argentina reveló un informe en el que demuestra que el país tiene la mayor presión fiscal entre 30 naciones analizadas, a partir de la carga que implican no solamente los tributos nacionales, sino también la sumatoria de los provinciales y municipales.
Así, pese a los recortes anunciados, la Argentina aún es un país con alta carga fiscal pero baja recaudación. La manta corta con la que debe lidiar su economía.
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