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China se parece a un acorazado. Impresiona por su tamaño, su poderío y las metas que va alcanzando. Atravesó sin sobresaltos las semanas más críticas de la guerra en Oriente Medio, pese a su dependencia del petróleo del Golfo, y sigue acumulando demostraciones de fuerza militar y tecnológica.

El 6 de julio lanzó desde un submarino nuclear un misil estratégico con una ojiva simulada hacia el Pacífico. Beijing no confirmó el modelo, pero analistas creen que pudo tratarse del JL-3, con alcance para amenazar territorio estadounidense. Fue la primera demostración pública china de un lanzamiento submarino de alcance intercontinental hacia alta mar.

Esa misma semana se convirtió, además, en el segundo país en lanzar con éxito un cohete reutilizable, el Long March 10B, cuyo propulsor fue recuperado en el mar mediante una red.

Eso es lo que se ve desde afuera. Pero en el puente de mando del capitán Xi empiezan a encenderse luces amarillas con advertencias que llegan desde la sala de máquinas. La más importante es que la economía creció sólo 4,3% interanual en el segundo trimestre, por debajo de lo esperado y a un ritmo que no se veía desde 2022, en plena pandemia.

Desaceleración económica

La ralentización del crecimiento chino es un fenómeno estructural que se profundiza década a década. Entre 2000 y 2009 creció, en promedio, 10,4% anual. Entre 2010 y 2019, 7,7%. Entre 2020 y 2025, apenas 4,9%, una cifra elevada por el rebote de 8,6% de 2021. Sin ese año, el promedio se acerca a 4,2%.

La pregunta que se hacen muchos en Beijing es si este ritmo alcanza para competir a largo plazo con Estados Unidos, que crece menos, pero parte de una base mucho más alta. China sigue siendo fuerte en la producción de bienes y en desarrollo tecnológico, pero tiene dificultades para completar la transición hacia una economía basada en el consumo y los servicios.

Durante el primer semestre, la producción de las grandes empresas industriales aumentó 5,4%. La manufactura creció 5,6%; la industria de alta tecnología, 13,3% y los servicios de información, software y tecnología, un 10,7%. Pero las ventas minoristas aumentaron apenas 1,3%. Y la inversión también retrocedió: los activos fijos cayeron 5,7% interanual; la inversión inmobiliaria, 18%; la de infraestructura, 2,4%; la manufacturera, 1,2%; y la privada, 8,5%. La crisis inmobiliaria sigue siendo un lastre.

La economía estadounidense ronda los u$s 0,8 billones, frente a u$s 19,5 billones de la china. Medida a dólares de mercado, China equivale a 63% de Estados Unidos. La diferencia por habitante es mucho mayor. El PBI per cápita estadounidense ronda los u$s 90.000. El chino, menos de u$s 14.000: alrededor de seis veces y media menos.

China tiene sectores de avanzada comparables o superiores a los estadounidenses, pero también cientos de millones de personas en condiciones muy alejadas de las que ofrecen sus grandes ciudades. La brecha tecnológica es menor que la de ingresos. Estados Unidos ocupa el tercer puesto en el Índice Global de Innovación de 2025 y China ingresó por primera vez al décimo lugar. Beijing tiene 24 de los cien principales polos tecnológicos del planeta, frente a 22 de Estados Unidos.

CHINA CANTON FAIR
CHINA CANTON FAIRQilai Shen

La manta corta

Estados Unidos destina alrededor de u$s 1 billón anual a defensa. China, cerca de u$s 277.000 millones. Washington gasta más de tres veces y media más, y la distancia aumentó durante el segundo mandato de Trump. China tendrá que elevar sus recursos militares si quiere competir en el Pacífico, ampliar su arsenal nuclear, fortalecer su Armada, desarrollar capacidades espaciales y sostener una amenaza creíble sobre Taiwán.

Pero ese dinero tiene que salir de algún lado. Si el Estado destina más recursos a defensa, puede resentirse el gasto en infraestructura, tecnología civil o asistencia social. China depende mucho más que Estados Unidos del sector público porque no tiene un sector privado con la misma capacidad financiera y dinamismo.

El gigante enfrenta otros desafíos, aún más preocupantes. Uno viene de la demografía. Tiene una tasa de natalidad de 5,6 nacimientos cada mil habitantes. Estados Unidos está cerca de 10,7, casi el doble. Aunque la población china está algo menos envejecida que la estadounidense, su perspectiva es más alarmante porque a la baja natalidad se suma una histórica tendencia a bajos niveles de inmigración.

Eso significa menos trabajadores, más costos salariales, mayor presión sobre las jubilaciones y la salud, y más familias obligadas a cuidar a padres y abuelos en lugar de consumir. También amenaza el modelo que sostuvo el milagro chino: una oferta casi inagotable de jóvenes que migraban del campo a las fábricas.

Su construcción permitirá fortalecer la posición de América Latina en el comercio global.
Su construcción permitirá fortalecer la posición de América Latina en el comercio global.ChatGPT - creada con IA

Revolución cultural

Pero lo que más inquieta al Partido Comunista son los cambios en los patrones culturales. En 2013 se registraron 13,5 millones de matrimonios. En 2024 fueron apenas 6,1 millones, menos de la mitad. Un cambio de tendencia que refleja una transformación de valores entre jóvenes urbanos menos dispuestos a aceptar el sacrificio, las jerarquías rígidas y las jornadas interminables de trabajo.

Buscan más equilibrio entre carrera profesional y vida personal, toleran menos las arbitrariedades y priorizan el bienestar, la autonomía y la realización individual. Esto golpea en la línea de flotación de un modelo social inspirado en la filosofía de Confucio, que hacía del esfuerzo, la familia y la autoridad pilares de una sociedad que dio un gran salto a partir de su extraordinaria competitividad.

China sigue teniendo ventajas enormes sobre Estados Unidos. Mantiene una capacidad de planificación, coordinación estatal y disciplina institucional con las que la caótica democracia estadounidense no puede competir. A eso se suman una industria formidable y la posibilidad de sostener políticas de largo plazo.

Pero el futuro del orden mundial dependerá de cómo China resuelva sus enormes retos internos. Si logra reactivar el consumo, estabilizar el sector inmobiliario, sostener la innovación, financiar su expansión militar y enfrentar el envejecimiento, Estados Unidos verá seriamente comprometido su lugar como potencia hegemónica global. De lo contrario, puede que haya primacía americana para rato.