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El FMI también debe opinar sobre nuevas medidas si alteran el rumbo

Ningún viento resultará favorable si no sabes hacia donde se dirige tu barco. La frase del filósofo y político romano Lucio Séneca suele salir a la luz en momentos de alta incertidumbre, y por eso refleja la encrucijada en la que se encuentra hoy el gobierno de Alberto Fernández.

Con el dólar como termómetro y la inflación como canal de contagio sobre la vida cotidiana, el Presidente navega hoy sin una referencia cierta. Hasta el fin de semana de su renuncia, Guzmán actuaba como un faro. Alberto se recostaba en su opinión y trataba de que la gestión se encolumnara detrás de los objetivos que marcaba el platense. La política (o mejor dicho, la resistencia a aplicar una política más austera) hizo cada vez más difícil ese trámite, y Guzmán terminó dando un paso al costado.

La llegada de Silvina Batakis pareció solucionar uno de los problemas previos: su aceptación por parte de los demás socios del Frente de Todos prometía menos conflicto para consensuar sus decisiones. Pero Alberto, y también Batakis, tenían en claro que el margen para apartarse del camino prediseñado era mínimo. De hecho, la ministra se vio en la necesidad de profundizarlo, anunciando un plan para contener el gasto del Estado.

Lo que vino después empezó a reabrir las grietas de la desconfianza. Tras una primera semana en la que consiguió ampliar el financiamiento en pesos del Tesoro (el primer test superado de Batakis), vinieron otras decisiones pensadas para frenar la demanda de dólares. Primero fue el encarecimiento del dólar turista y luego el dólar para viajeros, por el que los visitantes recibirán pesos al valor MEP.

Esas micromedidas acentuaron la sensación de que el Gobierno no percibía la necesidad de ir más allá para dar vuelta las expectativas. En paralelo, desde el kirchnerismo seguían sonando ideas extremas. Se empezó a debatir si era necesario devaluar para el campo o bajarle las retenciones para que aporten sus dólares, cuando Presidente se cristinizó al declarar que si era necesario iba a enfrentar con la fuerza la especulación de los productores sojeros.

Hoy cualquier opción es verosímil. La congruencia con el rumbo con el que se llegó hasta este punto dejó de ser relevante. Por eso es difícil que la confianza se restaure con respuestas aisladas. Alberto oscila entre esperar, como le recomienda Miguel Pesce, o romper lanzas. Batakis tiene que mostrarle una hoja de ruta al FMI y consultarle cualquier cambio que pretenda introducir, porque así quedó plasmado en el acuerdo firmado en marzo. Hoy el fiel de la balanza no lo inclina la Vicepresidenta, sino Kristalina Georgieva.

Desdoblamiento del dólar: cuál es el esquema que el FMI podría aceptar

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