Cristina y la dinámica, en tiempos de terapia intensiva y respirador

Todo se hace más difícil de resolver, es verdad, cuando las fichas caen a tanta velocidad como la actual y se palpa que la decadencia ambiente es el fruto de las políticas anticuadas y perdedoras que se busca reciclar desde el oficialismo a como dé lugar. La experiencia de quienes han vivido "varias de éstas" los ayuda a prepararse para un 2022 al filo de la cornisa, mientras ponen las fichas en el 2023 electoral aunque nadie en su sano juicio es capaz de aventurar no tanto un resultado, sino un camino que permita atajar todos los penales que se vendrán en seguidilla.

Tampoco no hay quien pueda calibrar hacia el futuro cómo será la respuesta de la sociedad que, por su impaciencia cortoplacista, calcada a imagen y semejanza de una de las marcas de fábrica del kirchnerismo, habitualmente es la que destartala el horizonte. La crisis ha devenido hoy en una innegable parálisis de la gestión, cuyo origen podría ser la ineptitud de muchos funcionarios, aunque es algo que se potencia ya que algunos parecen esperar únicamente que sea la inflación la que haga una selección de tono darwiniano.

Desde la política, la ruptura del Frente de Todos le ha quitado al Gobierno un importante punto de apoyo, mientras que el protagonismo de Cristina Kirchner ha transformado de facto la habitual centralidad que tienen los presidentes en la Argentina en un remedo de la estructura de muchas democracias parlamentarias europeas, donde hay un Primer Ministro que gestiona, mientras el titular del Ejecutivo sólo se ocupa del protocolo. Su frase del lunes pasado "para ganar las elecciones y no cambiar nada es mejor quedarse en casa" fue lapidaria hacia el Presidente y marca su deseo de marcarle la cancha a pura acción política, mientras Alberto Fernández luce colgado de las cuerdas del ring. El peor escenario es transitar un tiempo en el que ni el Presidente (por su notorio bajoneo) ni la vice (para no mancharse) quieran gestionar nada y es eso lo que hoy están viendo los mercados.

Hoy, todos en el peronismo están copiando el proceder de Cristina y han aislado en un gheto al Presidente, ya que a coro están diciendo "a mí no me miren que no tengo nada que ver" quizás para zafar del peso de la historia, aunque la sospecha es que todo tiene que ver con lo que suponen puede ser una paliza electoral el año próximo. En ese lote están gobernadores, intendentes, sindicalistas y hasta quienes hasta hace poco eran colaboradores directos del albertismo en la Casa Rosada, cansados de que el titular del Ejecutivo nunca defina nada y de que se empeñe en adelgazar su propia figura a diario.

Como telón de fondo, pero más presente en los ciudadanos de a pie que en los desvelos de la política de componendas, aparecen la suba de los precios, la pobreza y el desempleo formal, más los tiros en el pie que se pega el Gobierno a diario: el gasoducto nonato, la casi imposible segmentación eficiente de las tarifas para bajar los subsidios que se comen cualquier eventual equilibrio fiscal, las absurdas declaraciones de dos altos funcionarios sobre el avión venezolano-iraní, la inconcebible política exterior, la imprevisión que llevó a la falta de gasoil y varios etcéteras, junto a dos recurrencias del relato que ya aburren porque son un cliché dibujado en "letras de molde": que la culpa es siempre de los demás (y en esa lista están Mauricio Macri, la Justicia y la prensa que operan para acusarlos y hacerlos quedar mal) y las patas cada vez cortas de la mentira como método.

Al frente del escenario, en un gran letrero luminoso que grafica el deterioro y la manifiesta intención de no mover un dedo para ejecutar algo positivo debido a las internas, se observa titilante en rojo furioso el nivel de los 2.400 puntos básicos del riesgo-país, rendimiento que marca el precio de liquidación que tienen los bonos argentinos y número fatídico que tiene menos prensa que el valor del dólar blue. En la misma marquesina se puede ver el atraso cambiario y la expansión de la brecha, el probable número negativo del nivel de reservas líquidas o el imponente déficit fiscal, hijo del gasto público, que alienta la emisión y/o la deuda, pero que engloba a todos los demás bajo el signo de la desconfianza. El FMI aprobó el trimestre pero recordó que antes de fin de año habrá que cerrar los números sin que haya aumentos "discrecionales" en salarios y jubilaciones.

Y mientras el populismo regente hace un culto del consumo como método y dice creer en el cierre de la economía y en la sustitución de importaciones con algún tipo de industrialización, le otorga cotos de caza a los amigos como el despropósito de la armaduría de electrónicos fueguina o la protección textil que ha generado que el rubro "Indumentaria" esté al tope de la suba de los precios, inclusive por encima del promedio durante los últimos 16 meses. Por otro lado, recela del campo productor y adora los controles y los cepos, mientras trata de exponer la maldad intrínseca de los empresarios y cobra impuestos a lo pavote, eso sí para "todos y todas". Y como sin confianza no hay inversión y sin inversión no hay empleo genuino, privado y formal, el país se ha ido adelgazando.

Casi como dos situaciones ajenas a la improvisación para tapar los agujeros con parches a la que es tan afecto el Gobierno, durante la última semana hubo un par de hechos que merecen la atención, ya que parecieron salirse del molde porque son políticas con mayor o menor grado de ocurrencia, pero políticas al fin. El primero, lo impulsó Martín Guzmán quien esta vez se dio tiempo para pensar y puso en marcha un canje de títulos de deuda anticipado para evitar que el día 29 se le caiga la estantería, habida cuenta que a fin de este mes vencen $ 590 mil millones (casi la sexta parte de un billón de pesos). Con el Sector Público y el BCRA, el ministro de Economía se aseguró mucho más de 60% del vencimiento que desperdigó en varios meses hacia adelante y eso le sirvió no sólo para achicar un número que daba miedo, sino también de marketing para lo que vendrá.

El otro hecho lo protagonizó Cristina cuando en el discurso que dio en Avellaneda, frente a la CTA, puso sobre el tapete la necesidad de terminar con los planes sociales para generar trabajo y abrió una Caja de Pandora. Dio números comparativos de Planes vs desocupación en 2003 (2,2 millones con 22% de desempleo) y ahora (1,3 millones con 7%) y planteó con tono crítico: "Hay algo que habrá que revisar porque con esa desocupación deberíamos tener menos planes sociales". El bordado, que bien podría haber sido expresado por cualquier dirigente más a su derecha, tenía puntada (posiblemente ella sabía que se iban a cancelar 180 mil planes a la Unidad Piquetera y al Movimiento Evita) y tenía nudo, ya que su idea fue dejar de "privatizar" la ayuda y pasársela al Estado, a los gobernadores y fundamentalmente a los aliados kirchneristas de La Cámpora en el mismísimo Conurbano. Como correlato de tamaña cuña metida en el corazón de piqueteros albertistas y de izquierda, que le están robando la clientela al kirchnerismo barrial, se empezó a pensar en instaurar un "salario universal" como ingreso básico de las familias.

Lo notable del caso es que la oposición, más que nadie, es la que abona la idea, no sólo porque si llega a ser gobierno podría usar como estandarte las palabras de la vicepresidenta para justificar los recortes, sino porque si se avanza en achicar el universo y en el cambio de modalidades sacando a la ANSeS del medio y poniéndolo en cabeza de Trabajo, creen que será mucho más fácil hacer la reconversión cuando el beneficiario acceda a un puesto formal y se le cancele el Plan. Más allá del costado político de refuerzo en la estrategia electoral de lo que podría ser su nuevo lugar en el mundo o aún de las discordancias que expresó en ese mismo discurso sobre la relación entre la inflación y la "evasión" (quizás quiso decir emisión) y sobre el "festival de importaciones" que desató un vendaval de funcionarios preocupados (Daniel Scioli, Miguel Pesce y Guzmán) buscando solucionar lo que fue una falacia, ya que las compras externas de hoy son iguales a las de 2014 en términos del PBI. En ese tema, Cristina usó la cuestión social como una demostración más de su ejecutividad creativa.

La zanahoria de manejar tamaña caja llegó a la Liga de Gobernadores que se dio cita en Resistencia para mostrar su acta constitutiva donde "exigieron" a Fernández, como espacios preexistentes a la Nación, "ser partícipes de decisiones que nos afecten". El mandoble al Presidente llegó bajo la forma de otras demandas críticas que los afectan o querrían manejar: el desaguisado del gasoil y claro está, el manejo de los planes sociales. La larga mano de Cristina, a través de Jorge Capitanich y Axel Kicillof, se hizo sentir también allí.

Todas estas movidas de la vicepresidenta fueron realizadas en una semana de gran disgusto para ella, ya que el unánime fallo de la Corte la dejó a la intemperie porque rechazó sus pretensiones y ratificó la iniciación del Tribunal Oral que deberá sentarla en el banquillo de los acusados en el caso Vialidad, por el direccionamiento de obra pública a favor de Lázaro Báez. Si en esa causa ella es condenada será nada menos que el delito precedente de las operaciones de lavado de dinero a través de la sobrefacturación de habitaciones no ocupadas (un clásico de la industria) que se montaron en los hoteles de su propiedad, pero que estaban manejados por sociedades donde sus dos hijos eran parte.

Pese a tanta actividad en la rosca de las bajadas de línea (conducción política), una manera de mostrarle a Alberto cuáles es su nuevo rol en el Gobierno, Cristina se dio tiempo para entrevistarse el miércoles hacia el fin de la tarde con el economista Carlos Melconian, quien hoy elabora para la Fundación Mediterránea un dossier macroeconómico y sectorial que le sirva como referencia a quien lo quiera aplicar hacia el futuro. Más allá de las declaraciones públicas del visitante ("me he visto con todos, incluido muchos presidentes", aunque no todavía con Fernández), lo que se pudo reconstruir de esa reunión de más de tres horas es que Cristina se mostró "atenta y preocupada", aunque sin tener muy en claro las "relaciones causales" entre sus políticas y los resultados. "Eso sí, tiene todos los números en la cabeza", dijeron en el entorno de Melconian.

El nuevo escenario está planteado y la vicepresidenta ha tomado el papel estelar, bajándole el pulgar a quien ella ungió como candidato, después de haberlo hecho limar bastante a través de las redes sociales y medios afines. A ese mismo Presidente a quien la sociedad eligió bajo el espejismo del "volvieron mejores". Las mayorías habrán tenido sus motivos y hasta acá se ha llegado por sus decisiones, pero los resultados son los que mandan. A esta altura del descalabro, no son pocos los que se plantean un escenario extremo y hablan de Sergio Massa como cuarto integrante de la sucesión presidencial. Difícil sería que, en este momento, Cristina abandone sus fueros.

De los múltiples errores cometidos por una dirigencia que impulsó el fanatismo populista (que se disfraza de izquierda o de derecha, pero que es conservadora por naturaleza) de cara a la construcción de una nueva burguesía que los contenga solo a ellos, muchos de los traspiés han sido generados también por la desidia, el desinterés o aún por el fanatismo de la ciudadanía. Más allá de las responsabilidades, la dinámica de la realidad está haciendo su trabajo de modo más que crítico y los tiempos se aceleran dramáticamente.

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