Martín Rappallini había tomado nota. Le observaron que no fue sutil que se lo haya visto en el lobby del hotel Alvear mientras, en el Salón Versalles, Javier Milei descargaba toda su escatológica furia contra “chorros”, “corruptos” y “los hijos de putas prebendarios” que, a su entender, “tienen que quebrar”.
Por eso, una semana después del Council of Americas, el presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA) llegó a Los Polvorines con una idea: enviar un mensaje claro, nítido, contundente, pero, a la vez, sin escalar el enfrentamiento. Era 2 de septiembre, Día de la Industria. “Un día especial para nosotros”, como había anotado en el discurso de 15 páginas que tenía preparado.
En la planta del laboratorio Elea, elegida como sede del acto, pronunciaría palabras pulidas, muy meditadas. Cinceladas casi artesanalmente, tanto por él como por otros integrantes de “la Casa”, como los propios suelen referirse al histórico edificio de la Avenida de Mayo.
El discurso, con el que Rappallini y varios de sus vicepresidentes estaban muy satisfechos, remarcaba la importancia de “la economía real”. Que “la industria no le quita nada a ningún otro sector para crecer”, sino que quiere ser competitiva e integrada al mundo. Tenía alusiones a Tim Cook y el iPhone, la amenazante capacidad productiva de China y los esfuerzos de los Estados Unidos por restaurar la propia. Recordaba “de dónde venimos” -eufemismo para no mencionar al kirchnerismo y su modelo económico-, destacaba “el comienzo del cambio” y, también, “la Argentina que queremos construir”.
Pero subrayaba, con números precisos, los costos de la apertura. Enfatizaba que “la industria le está poniendo el hombro a la estabilización”, que las condiciones del RIGI y el Súper RIGI deberían extenderse al conjunto de la industria, que había que “nivelar la cancha”, con advertencias sobre “la competencia desleal” (o sea, China) y un tema casi tabú, que irrita al equipo económico en general, y a Milei, en particular: “la morosidad”.
Pero, por sobre todo, exigía “respeto”, “dejar atrás las descalificaciones y las agresiones a quienes producen”.
Tenía hasta el detalle de cerrar con una cita de Juan Bautiste Alberdi, prócer que despierta veneración en Milei. Todo un gesto, en un discurso con el que -lo decía explícitamente- la UIA pedía “un puente entre la economía que estamos dejando atrás y la economía competitiva que queremos construir”.
Sin embargo, cuando Rappallini se paró frente al micrófono, ese puente ya había sido detonado.
Minutos antes, en una entrevista radial, Guillermo Moretti, uno de los vices no alineados con la actual conducción de la UIA, había declarado que “con el kirchnerismo me iba bárbaro” y que, hoy, “estamos manejados por un endeudador, un trader que no sabe lo que es un torno”.
Un guante de hierro que, a 36 kilómetros, en el Sheraton, devolvió rápido el aludido, a quien Moretti definió como “Rivadavia II”, en alusión al otro legado, además del histórico sillón, por el que se suele recordar al primer presidente argentino.
“Defiendo los intereses de todos los argentinos, no de unos pocos empresarios”, respondió el Ministro de Economía, Luis Caputo. Estaba en Vientos de Cambio, cumbre liberal que organizó la Fundación Libertad y Progreso. Como Milei, que cerró el evento, proclamando que “al populismo no se lo combate con más populismo”.
Ambos -Presidente y ministro- consideraron más valioso estar ese día ahí, en el mundo feliz que celebraban los presentes, y no compartir la foto con lo que, identifican, es parte constitutiva de “la casta”, el gran enemigo de la batalla cultural.
“Entiendo que el cambio puede ser frustrante”, ironizó el rockstar del Gabinete. “La forma no puede ser que los argentinos sigan subsidiando a determinados empresarios. La forma es invertir, competir y lograr que la gente tenga acceso a los mejores productos, a mejores precios”, agregó, en su reacción contra “algún industrial que no fue respetuoso”.
Parafraseando a uno de los más destacados discos de John Lennon, la relación entre el Gobierno y la UIA, tuvo más muros que puentes. El discurso de Rappallini -y las expectativas positivas que tenía- terminó eclipsado por la verborragia de Moretti, cuya representatividad de la entidad fabril cuestionan varios. Hubo pase de facturas. Incluso, en la reunión de la Junta Directiva del martes pasado.
Algunos industriales se propusieron que el 2 de septiembre haya quedado como una fecha clave. Un punto de inflexión; el pico de la tensión con el Gobierno a partir del cual empezaran a verse cambios.
Tienen números a su favor. Según su Centro de Estudios, a julio, la actividad industrial había caído 2% y estaba 10% por debajo de los niveles de 2022 y 2023. La encuesta que difundió este mes mostró que la mitad de las empresas registró una caída en sus ventas internas, el 42,9% redujo sus niveles de producción y sólo el 20,9% los incrementó. El 48,6% advierte por la caída de la demanda interna. En las pymes, la baja de producción afectó al 47,8% y la de ventas, al 54,8 por ciento.
Sólo una de cinco compañías redujo dotación -proporción estable con la de mediciones previas- pero se agravó la situación financiera: el 47,6% tuvo problemas para afrontar íntegramente al menos uno de sus pagos habituales y el 9,2% los registró en todos, y en simultáneo. Es el valor más alto de la serie, puntualizó el informe.
Entre las afectadas, más de la mitad recurrió a mayor endeudamiento o financiamiento de corto plazo y enfrentó mayores costos financieros. La suba de los costos energéticos -por los ajustes tarifarios- les hizo ganar protagonismo entre los costos de mayor impacto.
El 64,4% de las empresas operó por debajo de su nivel de utilización de capacidad considerado óptimo y, entre ellas, ocho de 10 no esperan alcanzarlo durante los próximos 12 meses. El 60% señaló que la competencia desleal -básicamente, importaciones- tiene un impacto alto o muy alto sobre su actividad, con perjuicio directo en ventas y rentabilidad.
Muchos, cuentas históricas del rosario de lamentos clásicos de la UIA, que llevaron ya hace una década al entonces Ministro de Producción de Mauricio Macri, Francisco Cabrera, a espetarles a los integrantes de la entidad que “dejen de llorar”. Pero esos datos -minimizados por tratárselos de tendenciosos o parciales- empiezan a replicarse en las estadísticas oficiales.

El martes, el Indec difundió su informe de Utilización de la Capacidad Instalada en la Industria (UCII). En julio, fue del 58,2%, por debajo del 58,4% de un año antes. La refinación de petróleo creció del 81,7% al 89,9%. Las industrias metálicas básicas -es decir, producción de acero-, del 63,9% al 71,8%. Papel y cartón avanzó del 59,7% al 69,6%; productos alimenticios y bebidas, del 65,2% al 66%; sustancias y productos químicos, del 59,9% al 61,4%; y la edición e impresión, del 53%, al 54,6 por ciento.
En cambio, cayeron Productos minerales no metálicos (del 57,1%, al 48,6%), textiles (46,2% a 45,3%), tabaco (46,5% a 45,2%), productos de caucho y plástico (44,1% a 40,2%) e Industria automotriz (44,1% a 39%). El sector de mayor impacto fue la industria metalmecánica (sin automotriz): el uso de su capacidad instalada se retrajo del 49% al 38,3% en 12 meses.
Las voces que se oyen ya no son los cantos de sirenas por las que Milei decidió -y le ordenó al equipo económico- atarse al mástil. No provienen -al menos, no exclusivamente- de chatarrines, fabricantes de cubiertas cuatro veces más caras o de la misma remera que hacen los chinos pero con precios cinco o 10 veces superiores, por citar los tres ejemplos de protecciones y subsidios a los que suele recurrir el Libertario en sus masterclasses. También, se los empieza a escuchar de voces otras aguas.
“La Argentina está atravesando algo más profundo que un cambio de ciclo. Estamos transitando un cambio de régimen económico”, destacó Matías Campodónico, presidente de la Cámara de la Industria Química y Petroquímica (Cicyp), en su discurso por el día de ese sector.
“Después de muchos años, la Argentina vuelve a tener nuevamente delante suyo una oportunidad extraordinaria”, destacó. Pero advirtió que “en una transformación de esta magnitud, los efectos no se distribuyen de manera homogénea”.
Campodónico es presidente de Dow América latina. Una de las primeras socias de YPF para desarrollar Vaca Muerta y cuya CEO local, Dolores Brizuela, se juramentó a sí misma que la próxima gran inversión global que decida la empresa deberá ser para su complejo de Bahía Blanca. Pero, como ocurre en otras industrias -por ejemplo, la siderúrgica-, rema contra la sobrecapacidad china.
“Vaca Muerta está cambiando la matriz energética argentina. El crecimiento del gas y de sus líquidos abre la posibilidad de una nueva etapa de inversiones petroquímicas y de industrialización de esos recursos”, dijo Campodónico en su discurso de la semana pasada.
“La minería, especialmente el cobre y el litio, inicia un ciclo de expansión que va a requerir cada vez más insumos y soluciones químicas. Y el agro necesita fertilizantes, agroquímicos y tecnología para seguir aumentando su productividad”, continuó.
“Nuestra industria está en el corazón de, prácticamente, todos los sectores que pueden explicar buena parte del crecimiento de los próximos años. Al mismo tiempo, esa es solamente una parte de la realidad”, advirtió.
Mencionó que otros clientes “enfrentan un escenario mucho más exigente: una demanda interna que no termina de tomar impulso y una presión competitiva internacional cada vez mayor”.
“Para algunos segmentos de nuestra industria, el desafío es crecer. Para otros, transformarse con suficiente velocidad para poder competir”, planteó el ejecutivo.
“La primera etapa fue estabilizar la economía. La próxima tiene que ser convertir esa estabilidad en competitividad. Competitividad para atraer los grandes proyectos que vienen. Pero, también, para las empresas que ya están acá, que producen, invierten, emplean gente y todos los días compiten con productos fabricados en todas partes del mundo”, expresó. Propuso “una agenda concreta”, que incluye “integración inteligente con el mundo”.
“La Argentina necesita comerciar más, exportar y competir. Pero competir supone hacerlo bajo reglas transparentes. Necesitamos herramientas ágiles frente a prácticas desleales”, enfatizó, para que una “empresa argentina eficiente pueda competir en igualdad de condiciones”.
“No se trata de proteger la ineficiencia. Se trata de construir competitividad”, definió. Diagnóstico que toma otro tenor porque no proviene de un empresaurio argentino textil, metamecánico o -como el locuaz Moretti- plástico. Es del número uno en América latina de un gigante estadounidense cuyo nombre se usa en uno de los índices bursátiles de Wall Street, la gran meca del capitalismo.

El viernes, el Indec difundió los datos del intercambio comercial argentino (ICA). En agosto, las exportaciones crecieron 12,4%, a u$s 8883 millones, y fueron récord histórico para el mes, como ocurrió en el resto del año. Desde enero, el avance fue del 21,4%, a u$s 67.248 millones, y el superávit comercial acumuló u$s 18.249 millones, contra u$s 5109 millones de un año antes.
Hay un claro empuje de la energía, la minería y el campo. Pero, el martes, en el Día de la Exportación, Caputo recordó que la Argentina está “en niveles récord de exportaciones en, prácticamente, todos los rubros”.
El Gobierno suele usar esa información para refutar a quienes lo critican por hacer gala de que su única política industrial es no tener política industrial. Lo reiteró el Ministro de Economía en ese evento de la Cámara de Exportadores de la República Argentina (CERA).
“Se habla mucho de que venimos de un modelo previo que era ‘industrial’ y que, hoy, tenemos un problema con la industria. No se enojen conmigo, sino con los datos: muestran que, en los 11 años previos a la llegada del presidente Javier Milei, la industria cayó casi un 10%. Si tomamos el único año y medio, la caída de la industria fue del 11%”, precisó.
Argumentó que ese modelo económico no era industrial sino financiero porque “la única persona importante en cualquier industria” era el CFO. Contrastó que el actual es un modelo que “empuja las exportaciones”, ya que se basa en su crecimiento. Que no hay mejor “promoción de exportaciones” que una macro ordenada, que brinde estabilidad y permita eliminar y reducir impuestos y regulaciones; bajar costos financieros y mejorar infraestructura.
Por eso, dijo, “lo que está pasando en la energía, en la minería y en el agro, ayuda al resto de las industrias”. El objetivo, apuntó Caputo, es “una mejor Argentina para los 48 millones de argentinos”, lo que significa “mejores productos a mejores precios”. Instó a los presentes a “seguir haciendo las cosas bien”.
Esta vez, no hubo mención a “tarados”. Tampoco, chicanas para que los empresarios argentinos inviertan, “algo que no están acostumbrados a hacer”. No cambió el fondo. Sí, las formas. Y, fundamentalmente, el tono. No pasó desapercibido.
“Hubo un cambio”, celebró un influyente protagonista de la vida interna de la Unión Industrial, donde algún mordaz bautizó “Buenos Aires-Colonia” al mentado puente de Rappallini, por la cantidad de veces que se lo propuso, sin resultados.
Sin embargo, algunos hechos confirmaron esa percepción de que, tal vez, algo había cambiado en el trato.
En la semana, Economía procuró filtrar la inminente aprobación del primer RIGI para una inversión automotriz -cerca de u$s 1400 millones de Toyota-, para resaltar que el régimen no es sólo para energéticas y mineras, como se lo suele criticar. El jueves, el paso fue más concreto: Caputo anunció el inicio de “Rondas de Negocios RIGI”, con el objetivo de encontrar proveedores locales para esos grandes proyectos. Fue una insistente solicitud de Rappallini en los últimos meses.
La UIA celebró la decisión en su cuenta de X. El jueves, cuando Caputo hizo el anuncio, Rappallini estuvo en Paraná. Participó en una jornada de la Unión Industrial de Entre Ríos. No cejó en su propuesta: “Tenemos que construir un puente”. Esta vez, no hubo un Moretti para quemarlo.
El 16 de septiembre terminó siendo un súper martes. Además de todo lo que pasó, Milei dio una entrevista. Entre las muchas cosas que declaró en el streaming Neura, aseguró que su modelo no está en contra del empresario textil. Sí del que no se resigne a perder la protección “que le permitía cazar en el zoológico” para vender “una remera básica”: “Si va a querer competir, lo va a poder hacer: pero le va a tener que agregar valor, diseño”.
Mencionó a Italia como ejemplo. Lo tenía muy presente. La semana anterior, había recibido a Antonio Tajani, viceprimer ministro y ministro de Asuntos Exteriores del gobierno de su cara amiga, Giorgia Meloni.
Algún agudo observador dice que, por esa presencia, lo hubo entre el Gobierno y los industriales pudo haber sido una auténtica “Pax Romana”. Recuerda lo que vio -y escuchó- en el Palacio Libertad, después de la visita de Trajani a la Casa Rosada.
Tajani cerró un foro de negocios, con la Ballena -el auditorio principal del ex CCK- colmada de empresarios. “Nosotros tenemos en Italia 4 millones de pymes”, dijo en perfecto español. “Son un poco el corazón de la economía italiana. El trabajo del Gobierno es ayudarlas”, sorprendió.
“Ayudamos a las empresas porque son un instrumento para añadir puestos de trabajo. Sin trabajo, no hay libertad y, sin libertad, no hay dignidad. Por eso, ayudamos a todas las empresas: grandes, pequeñas y medianas”, enfatizó el número dos de quien, tal vez, sea una de las gobernantes con quien Milei tenga más afinidad personal, ideológica e, incluso, espiritual. Karina y Pablo Quirno acompañaron desde el escenario, discretos, los fervorosos aplausos que el italiano despertó en las gradas.

Por Juan Manuel Compte
Prosecretario de Redacción
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