Cuenta la leyenda que, en su piso de Palermo, sobre la avenida del Libertador, ella solía recibir, entre mármoles, ornamentos de oro y valiosísimas obras de arte, a todo político ambicioso -candidato o ya electo; civil o militar- con una frase: “Mire que, en ese sillón, se sentaron más presidentes que en el de Rivadavia”.

La frase resumía el poder real. Ese que, durante décadas, encarnó María Amalia Sara Lacroze Reyes Oribe viuda de Fortabat. Amalita, la Dama del Cemento; por casi 40 años, una de las auténticas dueñas de la Argentina. Una presencia central en el juego de tronos. La estrella protagónica del entonces “establishment”, hoy “Círculo Rojo”, cuya imagen se retrató, incluso, en una serie de televisión.

“Para fortunas como la mía, el país tiene una manera de funcionar”, le dice la empresaria Inés Zabala -interpretada por Susana Lanteri- a José Francisco Maciel, un ministro díscolo ya lanzado en la carrera hacia la Casa Rosada al que Oscar Martínez le puso cara y voz en “El Hombre”, una de las tiras con las que Pol-Ka, la productora que fundó Adrián Suar, animó la pantalla de Canal 13 en los ‘90.

“Siempre hemos tenido un trato especial. Es a lo que estamos acostumbrados”, le aclaró “Inés”, con cordialidad. “Prométame una cosa. Siempre va a estar en contacto conmigo. A su criterio. Pero, siempre, en contacto”, le pidió, a cambio de su apoyo para la campaña.

“El hombre” -personaje cuya vida tenía muchos puntos en común con Carlos Menem- se emitió en 1999, algunos meses antes de las presidenciales que cerraron la década y media del riojano. El intercambio entre “Inés” -curiosamente, el nombre de la única hija de Amalita, Inés Lafuente- y Maciel les recordó a algunos un diálogo real que habían tenido una década antes Menem y Amalita, contado alguna vez por la propia empresaria.

“Creo que lo quiero acompañar en la campaña. ¿Cómo hacemos? ¿A quién le doy el dinero?”, le preguntó ella.

“Señora, que, entre usted y yo, no sea jamás una cuestión de dinero”, le respondió Menem, con el trato amable que solía tener en general con todos y, en especial, con las mujeres.

Lo del Caudillo y la Dama fue algo más fuerte que una comunión de intereses. De los llamados Capitanes de la Industria de aquella época, la dueña de Loma Negra, la mayor cementera del país, fue, tal vez, la que con más entusiasmo respaldó la era del prócer de Anillaco. La primera que, como se ironizaba en ese tiempo, lo vio “alto, rubio y de ojos azules”.

Fue una relación recíproca. Menem retribuyó el fervor con designaciones: la nombró al frente del Fondo Nacional de las Artes (1992) y la designó Embajadora Extraordinaria y Plenipotenciaria (1995). También, le expresó su gratitud con una privatización: Loma Negra se quedó con Ferrosur Roca, el ferrocarril de carga con 3100 kilómetros cuyo trazado era una conexión estratégica con la histórica planta de Olavarría, la Roma del imperio que forjó su marido, Alfredo Fortabat.

Amalita fue de las primeras que vio a Menem "alto, rubio y de ojos azules"
Amalita fue de las primeras que vio a Menem "alto, rubio y de ojos azules"

“Si Loma Negra fue grande con Alfredo, ella la hizo inmensa”, citó Luis Majul en “Los Dueños de la Argentina” (1992). Una definición de lo que fue la expansión del grupo cementero después del 19 de enero de 1976, fecha en que Fortabat falleció, a los 81 años.

Su mujer -en ese momento, de 54- lo heredó. Se habían casado en 1951, después de años de furtiva -pero sabida- relación. En ese vínculo -apasionado y complejo, según sus biógrafos-, él fue, entre muchas otras cosas, su mentor. Una de esas lecciones: en un país como la Argentina, los negocios se hacían cerca de la política. Una cercanía que había que manejar como la de Ícaro y el Sol: a Alfredo, le había costado, en 1955, una implacable investigación, con la intervención de Loma Negra y de todas sus empresas, por parte de la Revolución Libertadora, que sospechó de la afinidad que él había tenido con Juan Domingo Perón.

En 1976, Amalita emergió como única y legítima heredera de su marido. Uno de los períodos de mayor expansión en la historia de Loma Negra coincidió con el régimen militar que comenzó el 24 de marzo de ese año. Los grandes proyectos de infraestructura, con el anabólico de las obras para el Mundial de 1978, aceleraron el crecimiento del grupo, que, con plantas distribuidas en los principales puntos del país, llegó a proveer el 90% del total de cemento que se consumía en la Argentina.

En 1977, ella decidió construir una nueva planta, en Catamarca, un proyecto de u$s 250 millones de entonces -u$s 1400 millones actuales- para construir la, en ese momento, cementera más moderna de América latina. No podría haber afrontado tan ambicioso desembolso sin beneficios fiscales.

Habitué de las páginas de la alta sociedad, la nueva estrella del empresariado nacional -una auténtica revelación para quienes no le habían dado el crédito- también supo forjar una presencia propia en los lugares a los que nunca llegaban las luces de las cámaras. Su presencia era tal que, contó Majul en “Los dueños…”, Roberto Viola, ya siendo presidente, en una visita al histórico dúplex de Amalita en Libertador, debió contener tres horas sus ganas de fumar por la repulsión que a su anfitriona le provocaba el humo del cigarrillo.

La relación de Amalita con los uniformados fue íntima. Literalmente: Luis Prémoli, coronel retirado que integró el grupo de militares que entró a la Casa Rosada para deponer al radical Arturo Illia en 1966, fue la primera gran relación sentimental que se le conoció a la viuda. En 1982, incluso, ella llegó a proponerlo públicamente como candidato a presidente, en una eventual salida electoral del Proceso.

La planta L'Amalí fue el proyecto más ambicioso de Loma Negra
La planta L'Amalí fue el proyecto más ambicioso de Loma Negra

Prémoli se convirtió en su mano derecha, también, puertas adentro de Loma Negra. La empresa, desde esa época y en muchos años siguientes, se caracterizó por tener en su nómina, y en posiciones operativas claves, tanto a encumbrados ex funcionarios económicos como a personal con foja de servicios en el Ejército u otras fuerzas de seguridad.

No fue la única conexión entre “la Señora” -como exigía que la llamaran- y el mundo militar. Otro hombre de su extrema confianza durante décadas -y hasta el fallecimiento de Amalita, el 18 de febrero de 2012- fue su abogado: Eugenio Aramburu. Socio del estudio Moltedo, es hijo de Pedro Eugenio Aramburu, impulsor del golpe de 1955 -curiosamente, el mismo que persiguió a Alfredo Fortabat por sus lazos con Perón- y cuyo secuestro y asesinato por parte de Montoneros, el 29 de mayo de 1970, es considerado el bautismo de fuego de la violencia política en la Argentina.

Todos esos puntos de contacto con el “Partido Militar” no inhibieron a Amalita de cultivar vínculos, también, con gobiernos que, a pesar de ser democráticos, no tenían su simpatía ideológica. A fin de cuentas, parafraseando al refrán sobre la relación entre los General Motors y los Estados Unidos, lo que era bueno para Loma Negra, estaba convencida ella, lo era también para la Argentina. Así sean subsidios, protecciones, ventajas tributarias o tarifas preferenciales, tanto ferroviarias como, y sobre todo, en el precio del gas.

Tuvo alzas y bajas en su diálogo con Raúl Alfonsín. Su Secretario de Comercio, Ricardo Mazzorín, presionó a la industria cementera -es decir, Loma Negra- por presunta cartelización. Una decisión que le ganó el furioso odio de la Dama al funcionario, a quien la historia recuerda por una famosa importación de pollos, muchos de los cuales terminaron en mal estado.

Pero, en el gobierno radical, Amalita tuvo trato directo con Enrique “Coti” Nosiglia, poder detrás del trono del alfonsinismo. Las redes de la viuda llegaron al equipo económico. En “Los Dueños…”, Majul narró que el Plan Primavera -conjunto de medidas con las que Alfonsín intentó salvar al Austral antes de su naufragio hiperinflacionario- se gestó en su dúplex. Más de 60 personas, desde el Ministro de Economía, Juan Vital Sorrouille, y el presidente del Banco Central, José Luis Machinea, al “Coti” (Ministro del Interior), Facundo Suárez Lastra (Intendente porteño) e importantes empresarios, como Franco Macri, Carlos Bulgheroni y Javier Gamboa (Alpargatas).

Cuando de los hombres de negocios presentes intentó esbozar un discurso político, la dueña de casa lo cortó: “No seas tan aburrido”.

Ese desparpajo, que la hacía capaz de callar y casi humillar a un empresario al que muchos pares -y todos sus empleados- le temían, se potenció en el gobierno siguiente. No conoció límites en los ’90, la década en la que, paradójicamente, su imperio pasó del cénit al ocaso.

Mecenas, filántropa -de grandes aportes públicos y muchísimos otros, privados, que hacía a diario-, opulenta, excéntrica, extravagante; incluso, frívola llegado el caso, llegando a los 80, empezó a construir su legado. Hacia finales de la década, empezó a gestar L’Amalí, la fábrica de cemento más grande y moderna de América latina. Un proyecto de u$s 230 millones de ese momento, más de u$s 480 millones de hoy.

Las cintas se cortaron en noviembre de 2001, apenas semanas antes del estallido de la mayor crisis económica, política y social de la Argentina. La caja de Pandora abierta tras el colapso de la convertibilidad -corralito, corralón, devaluación, pesificación asimétrica- fue letal para una empresa que facturaba en pesos y debía dólares. Una que, además, sufría tres años de profunda recesión, que tuvo a la construcción -y, en consecuencia, la venta de insumos- como uno de los sectores más afectados.

En los dorados ’90, Loma Negra se había expandido a un punto tal que había alcanzado capacidad para abastecer a la demanda conjunta de la Argentina, Bolivia, Chile, Perú y Venezuela. Entre 1998 y 2001, el consumo de cemento en la Argentina cayó más del 25%, según datos de la Asociación de Fabricantes de Cemento Portland. Loma Negra operaba al 35% de su capacidad.

En un contexto, además, en el que la empresa empezó a sufrir algo que fue ocurrió en toda la economía y que, en la industria cementera, era inédito: la competencia de jugadores internacionales. El grupo suizo Holderbank -actual Holcim- compró la mayoría accionaria de la cordobesa Juan Minetti y la fusionó con Corcemar, a la que ya controlaba, para crear al segundo jugador del mercado local, con una participación cercana al 35 por ciento.

“Nada es para siempre”, tituló la revista Apertura en su edición de octubre de 1999. Con su estilo audaz y corrosivo, Gabriel Griffa -fundador y entonces director de Apertura- ilustró la tapa con la caricatura de un busto de Amalita, todo resquebrajado.

Marcelo Mindlin, nuevo dueño de Loma Negra, es uno de los principales empresarios del país
Marcelo Mindlin, nuevo dueño de Loma Negra, es uno de los principales empresarios del paísCeleste Alonso

En junio de 2002, como prácticamente todas las grandes empresas de la Argentina, Loma Negra declaró el default de su deuda, que ascendía, en ese momento, a u$s 430 millones.

No fue la única decisión drástica. Hubo otra, más dolorosa. Pero para la cual, admiradora de Catalina la Grande, Amalita tuvo corazón de concreto. Un mes después de la cesación de pagos, en julio de 2002, designó como CEO a Víctor Savanti, ex IBM que ya había conducido a la cementera en los ’90. La Dueña desplazó a Alejandro Bengolea: su nieto varón, el preferido, el que ella había ungido como sucesor y sentó en el trono del imperio dos años antes, cuando él tenía apenas 35.

Para entonces, otras dos grandes familias empresarias argentinas, los Bemberg y los Perez Companc, habían vendido sus empresas, Quilmes y Pecom, auténticos portaviones de la industria nacional. Quebradas financiera pero, sobre todo, moralmente, ambas dinastías cedieron ante el poderío económico de los grupos brasileños. No serían los últimos.

El 19 de abril de 2005, Amalia Lacroze de Fortabat, presidenta de Loma Negra, envió una nota a la Comisión Nacional de Valores (CNV). Informó que había llegado a un acuerdo con el grupo Camargo Correa para venderle el 100% de Holdtotal, sociedad controlante de Loma Negra, Ferrosur Roca y Estancias Unidas del Sud (negocio ganadero que, finalmente, quedó al margen de la operación).

El deal se cerró por u$s 1025 millones, entre u$s 825 millones en efectivo y la asunción de u$s 200 millones en deuda. Punto final a nueve meses de idas y vueltas desde que ella había decidido colgarle cartel de venta. Nueve meses en los que, antes de los brasileños, habían fracasados las gestiones del gigante cementero francés Lafarge ante JP Morgan, banco que tenía el mandato de venta.

Amalita lo sabía. Lo había asumido. “Todo lo que tengo es tuyo. Porque sólo vos podés hacer algo mejor de lo que hice”, contó siempre que fueron las últimas palabras que escuchó de su marido, mientras agonizaba. Nadie en la familia podría estar a su altura. Y ella, de 84 años y ya con severas restricciones físicas, tampoco se resignaría a reinar sin gobernar después del traspié de su único príncipe heredero.

Los vientos políticos también le eran adversos. En diciembre de 2003, un año antes del fin de su mandato, ya había renunciado al Fondo Nacional de las Artes. El 19 de mayo de 2005, un mes exacto después del anuncio de la venta de Loma Negra, Néstor Kirchner firmó el decreto que le quitó el rango de Embajadora Extraordinaria y Plenipotenciaria, cargo que Fernando de la Rúa le había ratificado en diciembre de 1999.

Otra cabeza de la nobleza menemista que el santacruceño podía ofrendar al pueblo. Como la del expropiado Macri. “Nunca confíes ni te entusiasmes con los gobiernos de turno. Pero siempre haceles sentir que estás con ellos”, solía decir Alfredo Fortabat. Su viuda pagó el precio de la simbiosis extrema con uno.

La compra de Camargo Correa fue mascarón de proa de la invasión de grupos brasileños en la Argentina. El holding, de hecho, se quedó a fines de ese año con Alpargatas, otra nave insignia de la industria nacional. Con Camargo Correa al timón, Loma Negra llegó a Wall Sreet, donde recaudó más de u$s 930 millones en su IPO (1º de noviembre de 2017).

Los brasileños también inauguraron, en diciembre de 2021, la segunda línea de producción de L’Amalí, tras u$s 350 millones de inversión. Pero esa ambición chocó contra la realidad argentina. Sobre todo, por el declive al que el país entró en 2018.

La recesión y la pandemia afectaron sus finanzas. La renegociación con bancos para canjear deuda fue una constante del profesionalizado management que había asumido en la compañía. Un conflicto gremial la llevó a, por primera vez en su historia, apagar los hornos y frenar la producción, a fines de 2021. Volvió a hacerlo este año, por el derrumbe de demanda de cemento que produjo la motosierra de Javier Milei en la obra pública.

Si bien destaca sus actuales bajos niveles de apalancamiento, la agencia FIX, en su más reciente informe de calificación, advierte que sigue amenazada por el descalce de moneda entre el 100% de sus ingresos y sus pasivos, de los que más del 80% es en dólares.

Su participación de mercado, hoy, supera el 40%, indica el mismo informe. Pero, en estas dos décadas, lo que más se diluyó fue su peso específico, eso que Loma Negra representaba antaño en la vida nacional. Algo que iba mucho más allá de los números y cuya pérdida se potenció por la crisis de Camargo Correa, uno de los gigantes a los que el Lava Jato demolió.

Pero esa es historia pasada. Desde abril, Loma Negra volvió a manos argentinas. Marcelo Mindlin, fundador y presidente de Pampa Energía, encabezó el consorcio que se quedó con su controlante, InterCement, que atravesaba un proceso de recuperación judicial.

Como todo movimiento que hace, Mindlin actuó motivado por una oportunidad de negocios: compró barato -cuando ofertó, la acción de Loma Negra en Nueva York valía u$s 6; hoy cotiza en torno a u$s 10- y, además, se entusiasma con lo que ve hacia adelante.

Semanas atrás, el nuevo dueño encabezó en el Tattersall de Palermo el acto por los 100 años de Loma Negra. Narran las crónicas del evento, que, precisó, hay u$s 150.000 millones de inversiones comprometidas en el RIGI y que esos proyectos demandarán una enorme cantidad de insumos estratégicos, como el cemento.

Todos los presentes brindaron por eso. Muchos, también por otra razón: la expectativa de que, con un dueño como Mindlin, uno de los empresarios más influyentes del país y de buen diálogo con todos los gobiernos con los que convivió, Loma Negra, un nombre cuya mención evocaba a algo más grande que una empresa, recupere algo de ese viejo y perdido esplendor.