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Carl Sagan fue una de las figuras científicas más influyentes del siglo XX y dedicó buena parte de su trabajo a explicar por qué el pensamiento crítico resulta indispensable para una sociedad.
Años antes de que las redes sociales y la inteligencia artificial transformaran la manera de informarse, el astrónomo planteó un escenario que hoy vuelve a generar preocupación.
En su libro El mundo y sus demonios, publicado en 1995, imaginó un futuro en el que la tecnología avanzaría mientras la capacidad de las personas para distinguir entre información verdadera, creencias y engaños comenzaría a debilitarse.
La predicción no estaba relacionada con una catástrofe natural ni con el fin del mundo. Su preocupación apuntaba a algo más cotidiano: una sociedad cada vez más dependiente de la tecnología, expuesta a la desinformación y con menos herramientas para cuestionar aquello que consume.

La predicción de Carl Sagan que vuelve a preocupar al mundo
Carl Sagan imaginó una sociedad en la que los avances tecnológicos convivirían con una pérdida progresiva de la capacidad para analizar información y cuestionar a quienes ejercen el poder.
El científico también anticipó una economía cada vez más vinculada con los servicios y la información, mientras buena parte de la producción industrial se trasladaría a otros países. En simultaneo, advirtió que el conocimiento tecnológico podía quedar concentrado en manos de unos pocos.
Uno de los puntos centrales de su planteo era el riesgo de que las personas dejaran de elaborar sus propias preguntas y aceptaran respuestas sin someterlas a comprobación.
Para él, ese escenario podía llevar a una sociedad vulnerable frente a las falsas certezas, las teorías sin evidencia y todo tipo de afirmaciones difíciles de verificar.
En su obra publicada en 1995, Carl Sagan expresó:
“Anticipo una América en la que, en la época de mis descendientes, Estados Unidos se haya transformado en una economía centrada en los servicios y la información; donde la mayoría de las industrias manufactureras esenciales se hayan trasladado a otras naciones; donde los impresionantes poderes tecnológicos estén concentrados en manos de unos pocos y aquellos que representan el interés público no puedan comprender los problemas en cuestión; cuando la población haya perdido la capacidad de formular sus propias agendas o de cuestionar con conocimiento a quienes ostentan la autoridad; cuando, aferrados a nuestros dispositivos y consultando ansiosamente nuestros horóscopos, nuestras habilidades críticas se encuentren en declive, incapaces de discernir entre lo que resulta placentero y lo que es verdadero, nos deslicemos, casi sin percatarnos, de nuevo hacia la superstición y la oscuridad.”
El mayor peligro no era la tecnología, sino dejar de pensar críticamente
La advertencia adquiere otra dimensión en una época marcada por las redes sociales, los algoritmos y la circulación instantánea de contenidos.
La enorme cantidad de información disponible no garantiza que aquello que se consume sea verdadero. Por el contrario, una noticia falsa puede difundirse rápidamente cuando confirma aquello que una persona ya cree o cuando genera una fuerte reacción emocional.
El científico consideraba que la ciencia y el razonamiento podían funcionar como herramientas para enfrentar ese problema.
Su propuesta consistía en aprender a distinguir entre una afirmación respaldada por evidencia y otra basada únicamente en una creencia.
En ese sentido, el riesgo que describió no dependía de que desapareciera la tecnología, sino de que la sociedad dejara de utilizar el pensamiento crítico para interpretar aquello que la tecnología pone delante.
Las claves que dejó Carl Sagan para evitar caer en la desinformación
Sagan defendía una serie de principios destinados a evaluar cualquier afirmación antes de aceptarla como verdadera. Entre ellos, destacaba la importancia de buscar verificaciones independientes y comparar diferentes explicaciones posibles.
También recomendaba no aferrarse demasiado rápido a una única hipótesis y preguntarse qué evidencia podría demostrar que una determinada explicación es incorrecta.
Otro de sus consejos era prestar atención a los datos y a las cantidades concretas cuando una afirmación pudiera ser medida. Para el científico, ese procedimiento permitía comparar explicaciones y detectar con mayor facilidad aquellas que no tenían sustento.
La idea central de su advertencia sigue siendo sencilla: tener acceso a más información no significa necesariamente estar mejor informado.
Para Sagan, la verdadera defensa frente a los “demonios” de la desinformación era conservar la capacidad de preguntar, comprobar y dudar.














