

El Ártico, un territorio que durante siglos estuvo bloqueado por hielo y fuera de las grandes disputas globales, empieza a tomar un rol central en la competencia entre potencias.
En los últimos años, Rusia y China reforzaron su presencia militar y operativa en la región, un movimiento que ya inquieta a Estados Unidos y a la OTAN.
Lo que antes parecía una coordinación ocasional ahora muestra señales de un vínculo más profundo.
Ambas naciones impulsan patrullas navales, vuelos de bombarderos y misiones de reconocimiento que dejan claro su interés por ganar espacio en un área que ofrece rutas marítimas más cortas, acceso a minerales estratégicos y nuevas oportunidades energéticas.
Estados Unidos observa con preocupación
Alexus Grynkewich, jefe de la Fuerza Aérea de Estados Unidos en Europa y alto mando de la OTAN, fue uno de los primeros en advertir el cambio de escenario. Explicó que la actividad rusa y china crece sin pausa y que ya no responde solamente a ejercicios militares aislados.
Para Washington, el riesgo principal es que esta cooperación modifique el equilibrio de poder en una zona clave para su seguridad y para el comercio global.

Los analistas del Pentágono remarcan que el deshielo acelerado abre corredores que antes eran intransitables. Esto vuelve al Ártico un espacio mucho más valioso y, al mismo tiempo, más vulnerable frente a movimientos militares y disputas por recursos.
Rusia busca consolidar poder en un corredor estratégico
Rusia siempre vio al Ártico como parte natural de su esfera de influencia. En los últimos años reforzó bases, amplió rutas de patrullaje y aceleró obras de infraestructura cerca de la frontera polar. Moscú protege así una región donde se concentran reservas de gas, petróleo y minerales clave para la industria tecnológica.
El Kremlin también utiliza este territorio como enlace directo entre Europa y Asia, lo que le permite mover flotas y mercancías con menos restricciones geográficas.
China avanza con silencio y estrategia
El caso de China es distinto. No pertenece al grupo de países árticos, pero encontró la manera de ganar espacio con buques de investigación, rompehielos y proyectos científicos que funcionan como apoyo logístico. Pekín apuesta a posicionarse en nuevas rutas marítimas y en inversiones vinculadas a recursos naturales.
Su presencia constante incomoda tanto a Estados Unidos como a la Unión Europea, que observan cómo un actor sin territorio polar logra influir en decisiones geopolíticas y económicas de gran escala.
El nuevo tablero del Ártico
El mayor temor de Washington no es un conflicto armado inmediato. La preocupación pasa por el largo plazo: si Rusia y China consolidan una presencia coordinada, podrían controlar rutas clave, asegurar recursos estratégicos y limitar la influencia de la OTAN en la región.

Groenlandia, bajo administración danesa, es un ejemplo de esa tensión. Sus reservas minerales, su valor geográfico y su cercanía con rutas emergentes la convierten en un foco de interés para las tres potencias.
La Casa Blanca, por su parte, intenta acelerar su respuesta. Invirtió en infraestructura militar, aumentó monitoreo aéreo y busca acuerdos con socios nórdicos para evitar que un cambio geopolítico en el Ártico quede fuera de su control.













