¿Quién es realmente Macron?

Al presidente francés se le acusa de estar desconectado de la realidad, pero también lo estuvieron sus predecesores. ¿Podrá retomar el centro y ganar un segundo mandato?

Es fácil odiar a Emmanuel Macron. Cuando aterricé en Francia hace dos años para mi tercera estancia en el país como corresponsal extranjero, me sorprendió inmediatamente la apasionada oposición que inspiraba, no sólo entre los airados manifestantes de los "gilets jaunes", o chalecos amarillos, que marcharon hacia la Asamblea Nacional, sino incluso entre sus compañeros de la intelectualidad parisina.

Desde la izquierda, se burlan del presidente que no quiso ser "ni de derecha ni de izquierda" y lo tildan de "presidente de los ricos", un ex banquero de Rothschild que suprimió el impuesto sobre el patrimonio del país. Desde la derecha, se le desprecia por no haber frenado la inmigración ni combatido la delincuencia. En el Reino Unido, al otro lado del Canal de la Mancha, se le suele presentar como un malévolo líder de la Unión Europea (UE) que pretende hacerle la vida imposible a Gran Bretaña tras el Brexit.

Y hay un defecto macroniano en el que casi todo el mundo parece estar de acuerdo: la arrogancia y el "mépris", o el desprecio por la gente común. Incluso sus admiradores en el mundo empresarial y académico comentan en privado que el presidente más joven de Francia -apenas tiene 43 años- a veces tiene una forma de hablar bastante irritante. "Macron tiene tendencia a sermonear", me dijo un alto banquero en la reunión anual de economistas y empresarios en Aix-en-Provence. "Puedes admirarlo sin amarlo".

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Hace ya más de cuatro años que Macron, quien no había ocupado ningún cargo electo previamente, aplastó a los viejos partidos franceses de izquierda y derecha. Prometió un nuevo estilo de política liberal, lanzó un programa de reformas económicas para reactivar la economía doméstica y se erigió como el más destacado defensor occidental de la democracia, el multilateralismo y el "orden internacional basado en normas", incluso en momentos en que Donald Trump intentaba destrozar estos tres principios liberales y el Reino Unido estaba obsesionado por el Brexit.

Pero el brillo se desvaneció rápidamente. Primero los automovilistas, con sus chalecos amarillos de seguridad, salieron a la calle para quejarse de un impuesto verde al combustible y para vilipendiar a un presidente al que veían indiferente y distante. Después, el gobierno tuvo que tomar medidas rápidamente, como otros, para encontrar mascarillas y camas de hospital para hacerle frente a las primeras fases de la pandemia de Covid-19. Cuando La République en Marche, el incipiente partido que llevó a Macron al poder, fue humillantemente derrotado en las elecciones regionales de junio, muchos de sus detractores se habían convencido de que el hombre que quería una presidencia "jupiteriana" estaba condenado a perder su batalla por la reelección el siguiente año.

Sin embargo, es demasiado pronto para descartar a Macron. No es el primer presidente francés que es blanco del odio de un gran número de sus conciudadanos, ni el primero que enfrenta las contradicciones fundamentales de la relación de Francia con sus líderes: entre la demanda de libertades revolucionarias y el deseo de un liderazgo fuerte, incluso monárquico, en el molde napoleónico.

Macron sólo tenía cuatro años cuando llegué a Francia en 1982 para trabajar como reportero aprendiz en Reuters, y en las décadas posteriores antes de que llegara al Palacio del Elíseo, otros presidentes de izquierda y derecha libraron sus propias batallas sobre el terrorismo, la economía y la reforma educativa. He perdido la cuenta del número de marchas y protestas masivas que he presenciado en las calles de París, a menudo salpicadas por la quema de coches por parte de los manifestantes y por las cargas de porras y las salvas de gases lacrimógenos de la célebremente agresiva policía antidisturbios.

Al menos desde Charles de Gaulle, con su famosa arrogancia, Francia espera que sus presidentes encarnen cierta majestuosidad, y los que no lo hacen, como François Hollande -juró que sería un presidente "normal"- suelen caer en desgracia.

Quizás sea porque yo era un reportero junior en aquella época, y además británico, pero en los años ochenta me parecía que François Mitterrand era especialmente distante y pomposamente presidencialista: era un hombre que disfrutaba de las cosas buenas de la vida francesa.

Su sucesor, Jacques Chirac, en cambio, tenía una bonhomía no fingida, y siguió siendo popular entre los franceses hasta su muerte en 2019, a pesar de una condena por malversación de fondos cuando era alcalde de París. Prefería los placeres más rústicos de la cerveza y la tête de veau (cabeza de ternera). Pero incluso algunos lo odiaban. Yo estaba allí, en los Campos Elíseos, el Día de la Bastilla de 2002, cuando un militante de extrema derecha intentó asesinarlo con un rifle calibre 22 (pero falló).

Entonces, ¿es Macron peculiarmente odioso? Ciertamente no ha logrado convencer a los franceses de que los comprende. Entre sus presuntos delitos: le dijo de forma insensible a un jardinero que se quejaba de la falta de trabajo que podía encontrarle un empleo en un restaurante con sólo cruzar la calle; declaró que mientras algunos de los pobres hacían lo correcto para superar sus problemas, otros sólo estaban "perdiendo el tiempo"; y desdeñó a los verdes y a los teóricos de la conspiración por querer retrasar el despliegue del 5G para las telecomunicaciones, comparándolos con los "amish" que querían "volver a usar lámparas de aceite".

No es de extrañar, quizás, que un excéntrico monárquico de 28 años sintiera la necesidad de abofetear a Macron durante un paseo por un pueblo del sur de Francia en junio, o que Brigitte Granville, economista y autora de "What Ails France?" (Las aflicciones de Francia), dijera que una fotografía oficial del presidente olímpico "con su mirada fija y gélida me da sudores fríos cada vez que la veo".

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Para quienes creen o quieren creer que Macron ya va de salida, el desastroso desempeño de su partido en las recientes elecciones regionales es toda la nueva evidencia que necesitan. El partido sólo obtuvo el 7% de los votos, no consiguió ganar ninguna región de la Francia continental, y les dio una cómoda victoria a los titulares Les Républicains de centro-derecha, y a los socialistas de izquierda.

De hecho, las elecciones regionales se vieron empañadas por una baja participación histórica y pueden resultar poco relevantes para la contienda presidencial, que en la Quinta República Francesa es una batalla entre personalidades más que entre partidos. A la Agrupación Nacional de extrema derecha y antiinmigración de Marine Le Pen, que se prevé sea la principal rival de Macron para el Elíseo el año que viene, le fue mucho peor de lo esperado y tampoco consiguió ganar una región.

Todavía faltan nueve meses, y las elecciones presidenciales francesas han estado marcadas por extraordinarias derrotas en las dos últimas décadas. Pero los últimos sondeos sugieren que Macron no es tan odiado después de todo, o al menos no más que otros políticos en activo: es dos veces más popular que su predecesor inmediato, François Hollande, en el mismo momento de su mandato y muy por delante de Nicolas Sarkozy.

Su reciente discurso a la nación, antes del Día de la Bastilla, en el que declaró que la vacunación es obligatoria para los trabajadores de la salud y casi obligatoria para cualquier otra persona que quiera comer fuera o viajar, fue su "mejor momento hasta ahora", según uno de sus conocidos de antes de su incursión en la política. Provocó las protestas de miles de "antivacunas", pero también desató una mayor demanda de vacunas por parte de casi 4 millones de personas que buscaron vacunarse por primera vez.

El tono fue humano, aunque presidencial, y aprovechó la ocasión para sentar las bases de su campaña de reelección en 2022, ofreciendo algo para todos: para la derecha, nada de nuevos impuestos y un enfoque en la ley y el orden; para la izquierda, creación de empleo e inversión en la industria.

Si Macron consigue un segundo mandato, sería el primer presidente francés desde Chirac en hacerlo, y el primero desde que el mandato presidencial se redujo de siete a cinco años. Ya está trabajando con ahínco en su imagen pública.

Desde su punto más bajo en el momento álgido de las marchas de los chalecos amarillos, cuando fue objeto de venenosos ataques personales por parte de la multitud y en las redes sociales, ha intentado disipar la acusación de arrogancia, organizando paseos y reuniones por todo el país, incluido el "gran debate nacional" con alcaldes y ciudadanos que ayudó a aplacar la crisis.

Al igual que otros líderes occidentales, sigue siendo vulnerable a las convulsiones sociales y políticas que sacuden a las democracias del mundo y a los febriles enfrentamientos avivados por las redes sociales. Fue notable durante la pandemia escuchar a los franceses quejarse simultáneamente de que Macron estaba coartando su libertad de movimiento y de que no estaba restringiendo lo suficiente al país para controlar el virus. Los agotados médicos y trabajadores sanitarios protestaron porque los hospitales estaban desbordados de víctimas de Covid, pero luego se mostraron tan reacios a vacunarse que finalmente Macron lo hizo obligatorio para proteger a sus pacientes.

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En lo que probablemente sea la cuestión que más divide a la sociedad francesa -el mantenimiento de una estricta política de "laicidad" que teóricamente trata a todos como ciudadanos iguales y rechaza la noción de identidad religiosa o étnica en la vida pública en un país con la mayor población de musulmanes de Europa occidental- Macron se ha puesto firmemente del lado de la tradición republicana francesa, lo cual coincide convenientemente con las opiniones de los votantes de centro-derecha y extrema derecha a los que intenta atraer, así como de algunos de la vieja izquierda republicana.

Se han desplegado sus ministros para condenar a los "islamo-izquierdistas" del otro bando, mientras que Macron le dijo este mes a la revista Elle que era un "universalista" que creía que el género y el color de la piel no eran las únicas causas de desventaja. "Podría mostrarte a jóvenes blancos de nombre Kévin que viven en Amiens o Saint-Quentin y que, por otras razones, también tienen enormes dificultades para encontrar trabajo", dijo. Ese tipo de comentarios son -y están diseñados para serlo- música para los oídos de los partidarios de Le Pen.

Macron intuye que por ahora su principal desafío político es cómo lidiar con la marea de populismo, nativismo, nacionalismo, antiinternacionalismo -llámalo como quieras- que recorría el mundo incluso antes de 2016, cuando los británicos votaron por el Brexit y los estadounidenses eligieron a Trump. En Francia, el fenómeno se ha manifestado en el constante ascenso de Le Pen y de la extrema derecha antieuropea y antiinmigración, y más recientemente en el levantamiento de los chalecos amarillos.

A primera vista, Macron, liberal y centrista, comenzó como una especie de revolucionario populista, en el sentido de que fue un candidato insurgente que trastocó el orden político establecido en 2017. Hoy, sin embargo, la mayoría de sus proyectos -defender la UE, promover la reforma económica para facilitar los negocios en Francia, fustigar a los islamistas- lo sitúan firmemente en el centro-derecha del espectro político, aunque también ha intentado ganarse a los verdes y a la izquierda hablando del cambio climático y subvencionando el empleo, "cueste lo que cueste", para que Francia siga adelante durante la pandemia.

Y la derecha o la extrema derecha es donde se encuentran hoy la mayoría de los votantes franceses. Para comprender el alcance de esta tendencia, basta con ver la calurosa respuesta de la opinión pública a una incendiaria declaración realizada en abril por generales retirados en la que lamentaban la "desintegración" de Francia a causa del radicalismo islamista y de las "hordas" de inmigrantes en los suburbios, e insinuaban un golpe de Estado. Un sondeo mostró que el 58% de los votantes, incluyendo más de dos tercios de los de la derecha y la extrema derecha y casi la mitad de los del partido de Macron, apoyaban a los signatarios.

La Francia moderna tiene un historial de sorpresas electorales. Al final de la campaña de las elecciones presidenciales de 2002, me encontraba en la sede del Partido Socialista en París cuando llegó la sorprendente noticia de que Lionel Jospin, el primer ministro, no se clasificaría para la segunda ronda contra Chirac porque había sido derrotado por el triunfante Jean-Marie Le Pen, padre de Marine y líder de lo que entonces se llamaba el Frente Nacional.

En 2017, la propia campaña de Macron se benefició del desplome del apoyo al candidato de centro-derecha François Fillon por un escándalo de malversación de fondos en el que le pagó a su esposa más de un millón de euros en fondos estatales por un trabajo parlamentario que nunca realizó.

Al igual que su héroe, el a veces apasionado y pomposo De Gaulle, Macron tiene lo que el biógrafo del general, Julian Jackson, llamó un pragmático "respeto por la contingencia y 'la fuerza de las circunstancias'".

En una entrevista con el Financial Times en el Elíseo, durante la mortífera primera oleada de la pandemia del año pasado, se refirió a la implacable "bestia de los acontecimientos", como el terrorismo y las enfermedades, pero también explicó con cierta visión de futuro lo que había que hacer a continuación, incluyendo la creación del ahora establecido fondo de recuperación económica de la UE, el suministro de vacunas a los países en desarrollo y una nueva ronda de alivio de la deuda para África.

En cuanto al odio, Macron es filosófico. Cuando un entrevistador le preguntó el Día de la Bastilla del año pasado por qué la gente lo odiaba tanto, admitió que había sido incapaz de unir a una nación dividida, pero que entendía el odio "porque somos un país que tiene eso en su historia, en sus entrañas".

Tras Trump, el Brexit y el próximo retiro de Angela Merkel en Alemania, eso apunta a una conclusión intrigante para Francia y Occidente: Macron, que prometió destruir la vieja política (su libro de 2016 se tituló simplemente Revolución), tiene la oportunidad de hacer historia como el candidato de la continuidad democrática.

El macronismo -esa elusiva vía intermedia para modernizar y liberalizar Francia sin comprometer su soberanía económica ni el papel protector del Estado- no ha muerto. Pero está en suspenso, bloqueado primero por la conmoción de la revuelta de los chalecos amarillos y luego por la necesidad de 18 meses de gestión de la crisis durante la actual pandemia. Ambos acontecimientos provocaron inusuales momentos de desánimo en el propio Macron, pero pronto se recuperó. La interrogante ahora es si tendrá la habilidad política -y la suerte- para hacerlo de nuevo y ganar un segundo mandato.

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