Ómicron: optimista, pesimista o fatalista ¿con qué grupo se identifica?

La variante demostró que el Sars-Cov-2 puede mutar de forma más dramática de lo que esperábamos.

¿Ha llegado el momento de encogernos de hombros y relajarnos? Ómicron ha suscitado tres tipos de reacciones: optimismo, pesimismo y fatalismo. Los optimistas sostienen que la variante es "la vacuna de la naturaleza", un virus leve que infectará rápidamente a miles de millones de personas, desencadenando una respuesta inmunitaria que ofrecerá protección frente a variantes como la Delta que causan más muertes. La pandemia ha terminado, y hemos vencido.

Los pesimistas creen que, aunque Ómicron es probablemente menos virulenta que Delta, ya que ataca a los pulmones de forma menos agresiva, puede seguir siendo peligrosa. Estar vacunado no genera inmunidad y, por si fuera poco, hay muchas personas que todavía no han tenido acceso a una vacuna. Si infecta rápidamente a miles de millones, los hospitales de todo el mundo se verán desbordados. La pandemia ha terminado, y el virus ha ganado.

Los fatalistas argumentan que, si todo el mundo piensa que miles de millones de personas se van a contagiar, sólo nos queda comer y beber e intentar ser felices. Si no nos ha agarrado en Navidad, seguro que nos contagiaremos en Semana Santa.

Lo que resulta confuso es que los tres puntos de vista pueden ser correctos. Es bastante plausible que Ómicron sea leve, catastrófico e inevitable a la vez.

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El fatalismo parece ser especialmente comprensible. Ómicron es uno de los virus con más capacidad de contagio que se conocen. En Reino Unido, los primeros casos se registraron a fines de noviembre. A finales de diciembre, la Oficina Nacional de Estadística calculó que uno de cada 15 residentes ingleses estaba contagiado, presumiblemente de Ómicron. En una población en su mayoría vacunada, la variante se propagó por todo el país en un mes.

Esta capacidad de contagio apunta a que la gran mayoría de la gente estará infectada por Ómicron en los próximos meses, y tanto si se cree que es leve como si no, no tiene mucho sentido esconderse. Sin embargo, hay algunos argumentos de los fatalistas que se desmontan fácilmente. El más evidente es que con este virus hay muchas incertidumbres y que tal vez Ómicron infecte a menos personas de las que creemos.

También existe la conocida necesidad de "aplanar la curva". Incluso si todo el mundo está infectado, supone una gran diferencia para los hospitales si esas infecciones pueden extenderse en unos meses en lugar de concentrarse en unas pocas semanas. Y en todo el mundo se administran 30 millones de dosis de vacunas al día. Ya sean primeras dosis o refuerzos, todas ellas aumentan nuestra capacidad de luchar frente al virus.

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En opinión de Joshua Gans, de la Escuela Rotman de la Universidad de Toronto, que pretende desmontar los argumentos de los fatalistas, la gripe muta sin cesar, razón por la que muchas personas se vacunan contra ella cada año. Pero Ómicron ha demostrado que el Sars-Cov-2 también puede mutar de forma más drástica de lo que pensábamos. No hay recompensas por contagiarse ahora de Ómicron si en verano llega una nueva variante que escapa a la inmunidad.

Entonces, ¿qué deberíamos hacer? A pesar de que no culparía a nadie por extremar las precauciones en este momento, personalmente he dado algunos pasos hacia el campo de los fatalistas. Estoy en forma y tengo menos de 50 años, y, con tres hijos en el colegio, sospecho que Ómicron no tardará en llamar a la puerta. Aunque no hay garantías de que Ómicron sea la última ola de la pandemia, no se descarta que lo sea.

Lo que me preocupa es que los gobiernos puedan pensar de la misma manera, lo que podría ser desastroso. ¿Y si la próxima variante combina la capacidad de contagio de Ómicron con una mayor capacidad para esquivar las vacunas y causar una enfermedad más grave? El virus Sars original era mortal en el 10% de los casos; algo así como una mezcla Sars-Ómicron podría matar a mil millones de personas. Ómicron podría ser la "vacuna de la naturaleza", pero también podría ser la puerta del infierno.

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¿Es esto probable? No. Pero es más posible ahora de lo que parecía hace dos meses.

Mientras yo empiezo a relajarme, los gobiernos deberían estar en alerta máxima. Martin Sandbu, mi compañero de Financial Times, ha afirmado con razón que deberían preparar planes de contingencia en caso de que sean necesarios futuros confinamientos, con normas claras y posibles ayudas para los sectores afectados.

Otros preparativos pueden ser aún más importantes. Penalizamos a Sudáfrica por detectar Ómicron antes de tiempo. Eso es una locura. Deberíamos estar creando fuertes sistemas de vigilancia frente al virus. También deberíamos acelerar el desarrollo de vacunas que funcionen contra todos los coronavirus y subvencionar la capacidad de producir y distribuir más rápidamente las futuras vacunas.

Tengo esperanzas para 2022. Ómicron bien puede ser la última ola de la pandemia. Es bastante comprensible que los ciudadanos empiecen a relajarse. Pero sería imperdonable que los gobiernos se volvieran complacientes.

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