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Aunque más de la mitad del comercio de América Latina se mueve a través de distribuidores, todavía existe un enorme volumen de operaciones que se gestiona de manera informal, principalmente por WhatsApp.
Tomás Iakub (32 años) identificó ese fenómeno como un agujero negro por donde se escapaban millones de dólares: “Había muchísima plata arriba de la mesa. Información valiosa que se perdía en conversaciones de WhatsApp, pedidos mal cargados o clientes que dejaban de comprar y nadie lo detectaba”, cuenta en diálogo con El Cronista.

Esa observación fue el punto de partida de Galo AI, una plataforma de inteligencia artificial que transforma WhatsApp en el centro de operaciones comerciales de distribuidoras, mayoristas y marcas de consumo masivo.
La compañía nació en 2025 y, menos de un año después, ya opera en Argentina, México, Colombia y Uruguay. Entre sus inversores aparecen fondos como Latitud Ventures y Kuiper VC, además de otros inversores ángeles del ecosistema regional.
Del primer palito selfie a una startup de IA
La historia de Galo comenzó mucho antes de que la inteligencia artificial se pusiera de moda.
Iakub ya tuvo otras experiencias como emprendedor. De hecho, comenzó a construir empresas cuando apenas tenía 19 años. Por entonces impulsó un proyecto que incluso llegó a patentar: el primer palito selfie.
Años más tarde fundó Simpleat, una empresa argentina de comidas saludables que se envasan al vacío y se ultracongelan. En 2020, recaudó u$s 600.000 en una ronda de inversión para acelerar su expansión regional.
Fue allí donde empezó a convivir diariamente con distribuidores, mayoristas, vendedores y cadenas de abastecimiento. Durante más de una década observó los mismos problemas. Pedidos que llegaban por distintos canales, equipos comerciales desbordados de mensajes y oportunidades de venta que se perdían.
“Cuando uno vuelve a construir una empresa siempre se pregunta qué haría distinto. Cada compañía es una mejor versión de la anterior”, asegura.
Cinco años más tarde nació Galo. El proyecto fue impulsado por Iakub junto a Benjamín Korach y Franco Pesce. Mientras el primero lidera la compañía como CEO, Korach está a cargo de las operaciones y Pesce conduce el desarrollo tecnológico.
El mercado al que apunta la startup es gigantesco. Y es que, hoy por hoy, más de la mitad del comercio latinoamericano sigue funcionando bajo la lógica del “canal tradicional”.
“Todo pasa por WhatsApp. Los vendedores tienen conversaciones explotadas de mensajes, los pedidos llegan en audio, foto o texto y nadie puede tener una visión completa de lo que está ocurriendo en tiempo real”, explica Iakub.
La tecnología de Galo opera sobre una herramienta que ya utilizan millones de personas todos los días: WhatsApp. De esta manera, un comerciante puede realizar pedidos por texto, foto o mensaje de voz, la plataforma interpreta la información, reconoce productos dentro de catálogos que pueden superar los 40.000 SKU y carga automáticamente la orden en los sistemas del distribuidor.

Según datos de la compañía, estas recomendaciones permiten incrementar las ventas entre un 5% y un 15 por ciento, dependiendo del negocio.
La expansión regional de Galo
En apenas 11 meses, Galo logró expandirse a Argentina, México, Colombia y Uruguay. Hoy trabaja con más de 50 clientes y espera duplicar esa cifra antes de fin de año.
Actualmente la compañía procesa más de u$s 5 millones mensuales en transacciones y proyecta multiplicar ese volumen por diez para alcanzar los u$s 50 millones por mes hacia fin de año. Además, espera cerrar 2026 con una facturación cercana al millón de dólares.
Lo que viene
Aunque la automatización de pedidos fue la puerta de entrada, los planes de Galo apuntan más lejos.
La compañía ya trabaja en nuevas herramientas para gestión de stock, cobranzas e inteligencia operativa. El objetivo es convertirse en el software que concentre la información comercial de distribuidores y marcas de consumo masivo.
“Estamos liderando un cambio en uno de los sectores más tradicionales que existen. Muchas de las cosas que estamos construyendo no tienen referencia previa. No podemos copiarnos de nadie”, concluye Iakub.

Por Ayelén Trujillo
Redactora de El Cronista
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