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Cómo financiar un cambio más rápido hacia un mundo mejor

Los bancos multilaterales de desarrollo son una herramienta valiosa, pero necesitan una radical renovación y debemos aprender a utilizarlos para reducir la pobreza y combatir los riesgos climáticos

"El mundo está en llamas". Con estas palabras comienza el segundo volumen de un informe sobre el fortalecimiento de los bancos multilaterales de desarrollo (BMD) encargado por el G20 y publicado la semana pasada. El calor de 2023 hace que sea algo más que una afirmación de sentido puramente figurado. Vivimos en una época de grandes retos y de evidente incapacidad para afrontarlos. El tiempo que nos queda también es cada vez más corto.

El primer volumen, publicado en junio, proponía una "triple agenda" para los BMD: triplicar los préstamos anuales hasta u$s 390.000 millones para 2030; adoptar un "triple mandato" de eliminar la pobreza extrema, impulsar la prosperidad compartida y contribuir a los bienes públicos mundiales; y ampliar y modernizar los modelos de financiamiento de los BMD. Este volumen explica en detalle lo que esto significaría. En pocas palabras, exige una radical renovación de todos los aspectos del funcionamiento de los BMD, incluyendo la escala de sus recursos, cómo los utilizan, los riesgos que asumen, su relación con el sector privado y su forma de operar.

Este llamamiento al cambio está justificado. Tal como lo señalé la semana pasada, los rendimientos económicos de muchos países en desarrollo se han deteriorado desde la pandemia. El número de personas en situación de extrema pobreza también aumentó en 95 millones entre 2019 y 2022. Mientras tanto, no se ha hecho lo suficiente para mitigar los riesgos climáticos. De hecho, no se puede hacer lo suficiente sin aumentar considerablemente el financiamiento disponible para países en desarrollo. Simplemente debemos hacerlo mejor.

Sin embargo, todo esto requerirá cuantiosos recursos. El informe estima que el gasto total anual para estos fines en los países emergentes y en desarrollo debería aumentar en u$s 3 billones (de u$s 2,4 a u$s 5,4 billones) entre 2019 y 2030. La mayor parte se destinaría a los países de medianos ingresos. Sólo u$s 1,2 billones de este aumento servirían para cumplir los "objetivos de desarrollo sostenible"; el resto sería necesario destinarlo a gastos relacionados con el clima. Con cierto optimismo, el informe sugiere que dos tercios del flujo de recursos adicionales podrían proceder de fuentes nacionales y el resto del extranjero. Finalmente, la mitad de estos últimos deberían proceder de fuentes privadas, u$s 320.000 millones en forma de préstamos oficiales no concesionales y u$s 180.000 millones en forma de préstamos y subvenciones oficiales concesionales. La mitad de esta última suma se destinaría a países de bajos ingresos y casi todo el resto a los de ingresos medianos bajos.

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Los BMD tendrían que desempeñar un papel extremadamente importante en el financiamiento externo adicional, no sólo como intermediarios financieros y canalizadores de fondos concesionales, sino como catalizadores de más financiamiento privado. Pero el deseado aumento de u$s 500.000 millones en este último no se producirá por sí solo. El gran problema es que el sector privado considera que los proyectos potencialmente rentables son demasiado arriesgados, principalmente por el lugar donde se realizan; la percepción del riesgo país impone tasas de interés elevadas que luego hacen que los riesgos sean mayores. Esto crea un círculo vicioso de solvencia crediticia.

Entonces, ¿qué hay que hacer exactamente?

En primer lugar, los BMD deben abandonar decididamente los proyectos individuales y centrarse en los programas, con los gobiernos tomando la iniciativa. Estos últimos son los únicos que pueden crear el entorno político en el que se producirá el financiamiento privado. Sólo ellos pueden proporcionar la coordinación necesaria para garantizar la transformación en el sector energético y en otros sectores vitales. Sobre todo, sólo así podrán multiplicarse los préstamos en escala y velocidad. El informe recomienda "plataformas nacionales" para coordinar la suba del financiamiento nacional y externo.

En segundo lugar, los BMD tienen que encontrar la manera de colaborar con el sector privado, el cual actualmente no está dispuesto a asumir los riesgos de un financiamiento a gran escala y asequible de los países emergentes y en desarrollo. Los BMD tienen que aunar sus ramas de préstamo oficial y privado para identificar y crear oportunidades de inversión, desarrollar procesos para organizar y seguir los proyectos y compartir riesgos con el sector privado. Esto requerirá nuevos instrumentos, especialmente garantías más eficaces, sobre todo contra el riesgo divisa, o riesgo de tasa de cambio. La posibilidad de ampliar el Organismo Multilateral de Garantía de Inversiones (OMGI) del Banco Mundial parece especialmente digna de mención. En particular, los BMD así como el Fondo Monetario Internacional (FMI) deben mejorar su capacidad para ayudar a los países a lidiar con los choques.

En tercer lugar, el financiamiento de los BMD debería, como ya se ha mencionado, triplicarse hasta alcanzar los u$s 390.000 millones anuales: u$s 300.000 millones no concesionales y u$s 90.000 millones concesionales. Actualmente, en cambio, los préstamos de los BMD a los países en desarrollo de medianos ingresos se aproximan a cero, en parte porque las tasas de interés son elevadas. Si esto sucede, los BMD deben utilizar sus balances de forma agresiva, incluso recurriendo a nuevos instrumentos. Pero también es necesario un aumento sustancial del capital oficial.

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Además, argumenta el informe, sería posible establecer un Mecanismo de Financiamiento para los Retos Mundiales como plataforma para que fondos soberanos, fundaciones, inversionistas de impacto y tal vez incluso empresas aporten recursos adicionales. También será necesario proporcionarles un mayor financiamiento concesional a los países de bajos ingresos y a algunos de medianos ingresos que no pueden permitirse el endeudamiento convencional. En cualquier caso, las subvenciones están claramente justificadas cuando se les pide a los países pobres que realicen inversiones que beneficien al planeta. Una vez más, se les debería pagar por preservar los sumideros de carbono, como los bosques.

Si no se hubieran creado los BMD, ahora tendríamos que inventarlos. Afortunadamente, existen. Por lo tanto, debemos utilizarlos. Pero los países de altos ingresos deben hacerlo conscientes de que gran parte de lo que desean financiar en los países emergentes y en desarrollo no es sólo para su propio beneficio, sino también para mitigar peligros que ellos mismos han creado en gran medida. Esto significa que existe un argumento tanto práctico como moral a favor de la urgencia y la generosidad.

La transformación que recomiendan los BMD es tanto audaz como sensata. Líderes sabios se asegurarían de que esto suceda. La cuestión es si los tenemos.

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