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Cristina Kirchner, la excepción peronista que no se desvanece

Con una épica a la defensiva, Cristina Kirchner demostró que todavía ocupa el centro del sistema peronista. Actos y solidaridad de los 'compañeros' que la habían jubilado de forma anticipada.

Si la entronización de Sergio Massa había logrado un alto el fuego en el convulsionado Frente de Todos, el avance judicial contra Cristina Kirchner directamente congeló las internas. Ya ni siquiera los líberos como Juan Grabois se diferencian. Hasta los que exigían medidas sociales para compensar el plan económico ortodoxo quedaron absorbidos para la cruzada de la jefa. 

Desde la CGT, hasta el Movimiento Evita y el gobernador santafesino Omar Perotti se tuvieron que solidarizar, de algún modo, con la exPresidenta. En 2018, en cambio, el entonces senador Perotti había dado quórum para que allanaran a Cristina Kirchner. Dentro de un peronismo sin brújula y una identidad que se desvanece, CFK aparece como una referencia sólida. Tal vez la única. Y algo más: tras el fracaso de la experiencia presidencial de Alberto Fernández, asoma la reivindicación de facto de un liderazgo tantas veces denostado por el llamado peronismo racional.   

En busca de una identidad en el mundo, el desdibujado Alberto Fernández sobreactúa hasta la metida de pata grosera su apoyo a la Vice. Critica al fiscal Diego Luciani, junta avales regionales y sale a retrucarle al procurador interino Eduardo Casal, al que nunca pudo sacar de su cargo. Los guiños retóricos del profesor de derecho penal llegan demasiado tarde. Ya no es momento para congraciarse con la dueña de los votos. Además, el cortejo aparece cuando Sergio Massa ya está cumpliendo sus funciones de gobierno.

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Cristina Kirchner intenta convertir en mística militante su propia impotencia. Busca que la calle desborde la lógica del palacio judicial. Acorralada en un laberinto al que no le encuentra salida, sin embargo, CFK demuestra que todavía ocupa el centro del sistema político. Y en la medida en que sube su perfil, en defensa propia y de su legado, Mauricio Macri también multiplica sus acciones. Los extremos se retroalimentan. 

Frente al departamento de Cristina se vio esa postal engrietada, en la que no parece haber diálogo posible. Polarización exacerbada, sobre un fondo de dificultades económicas. Una dinámica que se lleva puestos a los que, como el presidenciable radical Facundo Manes, buscan señalar que la vida también se compone de grises.

Sea o no candidato, Macri está decidido a marcar la cancha hacia adentro de Juntos por el Cambio. Horacio Rodríguez Larreta padecerá especialmente ese repiqueteo obsesivo. Los halcones, tanto de la dirigencia como del núcleo duro, le hacen marca personal y lo empujan a la radicalización. El alcalde encarna el reverso perfecto de la Vicepresidenta: mientras el círculo rojo lo respalda, la base de votantes amarilla lo mira de reojo. El favorito del tercio cambiemita sigue siendo Macri.

El egresado del Cardenal Newman pretende que el futuro gobierno cambiemita imponga una agenda ambiciosa de reformas: laboral, fiscal y jubilatoria, con un ajuste incluido del equivalente a 8 puntos del PBI. Y quiere que el serrucho se aplique apenas un Presidente 'amarillo', sea el que sea, ponga un pie en la Casa Rosada.

"No vamos a poder caminar por la calle, pero vamos a hacer lo que es necesario y nadie quiere hacer", admite un diputado PRO envalentonado con la idea del segundo tiempo mauricista.

La Vicepresidente, por su lado, rechaza el rumor de un indulto salvador. Busca mantener su trayectoria sin manchas. "La historia me absolvió", afirmó en diciembre de 2019, pocos días antes de que empezara el ciclo de Alberto Fernández. Ya entonces Cristina consideraba que su aporte personalísimo a la historia estaba en el pasado: sus ocho años de gobierno, más los cuatro de Néstor Kirchner. Lo subsiguiente sería una yapa de la que no se haría cargo. 

En su célebre alegato de autodefensa en 1953, durante el juicio por el asalto al cuartel Moncada, Fidel Castro aseguró que "la historia me absolverá". La exPresidenta argentina, en cambio, en 2019 ya se daba por absuelta. No necesitaba del paso del tiempo. El gobierno de Alberto Fernández no entraría dentro de esa evaluación. Una suerte de nostalgia anticipada. 

Massa, mientras tanto, saca provecho de que la agenda judicial se lleve las marcas. Durante ese lapso de confusión, se coló el economista y tuitero opositor part-time Gabriel Rubinstein como segundo de Massa en el ministerio. El ajuste que el tigrense aplica sin culpa ya no escandaliza a los camporistas. Tampoco a Cristina Kirchner. O al menos no por ahora. Máximo Kirchner, sin embargo, hizo un esbozo de crítica sobre el derrumbe de los salarios en el acto del PJ bonaerense celebrado el jueves pasado.

Durante ese lapso de confusión, se coló el economista y tuitero opositor part-time Gabriel Rubinstein como segundo de Massa en el ministerio. Y el ajuste que el tigrense aplica sin culpa ya no escandaliza a los camporistas.

La inflación, pese a ese veranito de unidad y épica de la resistencia kirchnerista, no entra en pausa. Al contrario, agosto ya es otro mes perdido dentro de la carrera por estabilizar la suba de precios. La tarea pendiente de Massa pasa para septiembre. 

La mirada vasollenista, según el ministro, es que los recortes marchan sin demasiado pataleo interno y que el Central frenó su sangría diaria de dólares. Dentro de tres o cuatro meses se podrá realizar un balance más claro. Tanto del panorama económico, como de la situación judicial de Cristina Kirchner.

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