Hacia afuera, el escenario se ensombreció con la reescalada del conflicto entre los Estados Unidos e Irán y el consiguiente salto del precio del petróleo. Hacia adentro, en cambio, los datos siguieron acumulando fortalezas, con un récord en la minería y una posición de reservas que no se veía desde hace casi siete años. Entender cómo dialogan ambos frentes es la clave para leer el momento.

El foco de preocupación volvió a ubicarse en Medio Oriente. Irán atacó el martes tres buques comerciales en el Estrecho de Ormuz, una ruta que había advertido que no debía utilizarse, y en respuesta los Estados Unidos lanzaron una nueva oleada de ataques contra las defensas iraníes. Teherán, por su parte, reconoció haber golpeado instalaciones militares estadounidenses en la región, mientras cada bando acusaba al otro de haber roto primero el cese del fuego.

La escalada tuvo un desenlace político contundente cuando Trump declaró que el memorando de entendimiento firmado con Irán había terminado y que no tenía intención de seguir tratando con Teherán, al que acusó de violar de manera reiterada la tregua alcanzada a mediados de junio bajo mediación de Pakistán. Como corolario, el Tesoro estadounidense revocó la licencia que le permitía a Irán vender petróleo.

La reacción de los mercados no se hizo esperar. El barril de Brent saltó más de un 8% en la semana hasta acercarse a los 78 dólares, en lo que constituyó su mayor suba diaria desde fines de mayo. De todos modos, conviene poner esa cifra en perspectiva, porque el valor actual sigue estando muy por debajo de los máximos de más de 118 dólares que se habían registrado en el punto más álgido de los combates. La suba, entonces, reintroduce un factor de presión sobre la inflación global y sobre los costos energéticos, aunque todavía dentro de un rango manejable y lejos de los picos de la fase más crítica del conflicto.

Para la Argentina, un petróleo más caro tiene una lectura ambivalente que merece matizarse. Por un lado, encarece las importaciones de energía y agrega presión sobre los precios internos, un efecto negativo. Por otro, mejora el valor de las exportaciones de hidrocarburos, que se convirtieron en uno de los motores del frente externo del país. En un contexto en el que Vaca Muerta gana peso año tras año, el impacto neto de un crudo más caro es hoy menos desfavorable para la Argentina de lo que habría sido en el pasado, cuando el país era netamente importador de energía.

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El contrapunto local a la tensión externa lo aportó, precisamente, el sector de los recursos naturales. La producción minera marcó en mayo un récord histórico, con una suba del 0,4% mensual desestacionalizado y del 9,2% en la comparación interanual, acumulando un crecimiento del 7,8% en los primeros cinco meses del año respecto de igual período de 2025. La minería se consolida así, junto con la energía, como uno de los pilares del nuevo perfil exportador argentino. No todos los sectores ligados a los recursos naturales, sin embargo, tuvieron el mismo desempeño, ya que la pesca cayó un 24,3% interanual en mayo, aunque en el acumulado del año todavía sostiene un avance cercano al 10%.

La noticia más celebrada de la semana llegó desde el frente de las reservas. Las reservas brutas del Banco Central superaron el martes los 49.000 millones de dólares por primera vez en casi siete años, cerrando en 49.536 millones tras un salto diario de 1.264 millones. Se trata del nivel más alto desde septiembre de 2019, un hito que refleja el avance sostenido de la estrategia de acumulación de divisas. Buena parte de ese incremento se habría explicado por el ingreso de un préstamo garantizado por un organismo multilateral por unos 1.200 millones de dólares, lo que muestra que el financiamiento externo empieza a fluir hacia el país por canales que hasta hace poco estaban cerrados.

En el plano monetario, los datos de junio confirmaron la prudencia que caracteriza a la política actual. El agregado que mide el dinero transaccional en manos privadas creció apenas un 0,2% real en el mes, mientras que la base monetaria volvió a caer, con un retroceso real del 1,2% que llevó la baja acumulada del año a un 9,5%. Los préstamos en pesos al sector privado, por su parte, mostraron una leve expansión real del 0,3%, la tercera consecutiva, una señal de que el crédito intenta recuperar tracción aunque todavía a un ritmo muy moderado.

Los precios ofrecieron una señal alentadora dentro de este cuadro. La inflación de la Ciudad de Buenos Aires se ubicó en junio en un 1,8% mensual, con los bienes subiendo un 1,5% y los servicios un 2%, y una variación interanual del 32,6%. En el acumulado del primer semestre, los precios de la Ciudad avanzaron un 16%. El registro mensual, por debajo del 2%, refuerza la expectativa de que la desinflación mantiene su curso, algo que las proyecciones del mercado también recogen, ya que el consenso de analistas espera que la inflación nacional cierre 2026 en torno al 30% y que la economía crezca alrededor del 3% en el año.

El balance de la semana deja, en síntesis, una imagen de fortalezas internas frente a un contexto externo que volvió a complicarse. La Argentina enfrenta la nueva escalada geopolítica con reservas en su mejor nivel en siete años, una minería en récord y una inflación que sigue cediendo, un conjunto de condiciones que le otorgan un margen de resistencia mayor que en otras etapas. La incógnita, como casi siempre, proviene de afuera. Si el conflicto en Ormuz se prolonga y el petróleo sostiene su escalada, la presión sobre la inflación global y sobre los costos energéticos podría poner a prueba ese colchón de fortalezas que el país logró construir. Por ahora, el frente interno resiste, y esa resistencia es, en sí misma, una novedad que vale la pena destacar.