

Hace más de seis décadas en las tierras áridas del noroeste de San Juan, un pastor de la zona, que participaba de una expedición de la Universidad Nacional de Tucumán, se topó con unos huesos que nadie hubiera imaginado que cambiaran parte de la historia evolutiva de los dinosaurios.
Aquel hallazgo, ocurrido en 1959 en el Parque Provincial Ischigualasto, terminaría convirtiéndose en uno de los registros fósiles más relevantes para entender cómo eran los primeros dinosaurios que poblaron el planeta durante el Triásico.
Años después, ese material fue analizado y descrito formalmente por el paleontólogo Osvaldo Reig, quien le dio nombre a la especie: Herrerasaurus Ischigualastensis, en homenaje a quién lo encontró.
Un descubrimiento casual que abrió una nueva etapa para la paleontología
Victorino Herrera integraba una comisión paleontológica de la Universidad Nacional de Tucumán que exploraba la región cuando dio con los primeros restos fósiles del animal.
El material llego a manos de Osvaldo Reig, quien en 1963 publicó la descripción científica de la especie y estableció el género Herrerasaurus Ischigualastensis.
Durante buena parte del siglo XX, sin embargo, la clasificación del animal generó controversia dentro de la comunidad científica.
Los primeros ejemplares eran fragmentarios, lo que llevó a distintos especialistas a ubicarlo alternativamente como un terópodo primitivo, un sauropodomorfo basal o incluso poner en duda que se tratará de un dinosaurio.
Recién en 1988, un equipo liderado por Paul Sereno halló un esqueleto casi completo, con cráneo incluido, que permitió despejar buena parte de las dudas y consolidar su lugar dentro del árbol evolutivo de los dinosaurios.

Las características que lo distinguen entre los dinosaurios más antiguos
Los ejemplares adultos alcanzaban entre 3 y 6 metros de largo, con una altura en la cadera cercana a 1,1 metros y un peso que podía llegar a los 350 kilogramos. Se trataba de un depredador bípedo de contextura liviana, con una cola larga que le aportaba equilibrio y patas traseras robustas que sugieren que era veloz para correr.
Su cráneo, de hasta 56 centímetros en los individuos más grandes, presentaban una hilera de unos veinte dientes, ideales para desgarrar la carne.
Los brazos, en cambio, eran mucho más cortos que las patas traseras y terminaban en manos alargadas con garras curvas en los primeros dedos, que el animal usaba para sujetar a sus presas.
Esa combinación de rasgos primitivos junto con otros que luego se repetirían en dinosaurios carnívoros posteriores fue, precisamente, lo que durante años dificulto su posición exacta dentro de la genealogía.
Por qué el Ischigualastensis se convirtió en una zona importante para la ciencia
El valor del descubrimiento trasciende el propio animal. Los fósiles encontrados se recuperaron en la Formación Ischigualasto, dentro de lo que hoy es el Parque Provincial, un yacimiento que también aportó restos fósiles de otro dinosaurio temprano, el Eoraptor, y que resulta fundamental para reconstruir cómo era la vida durante el Triásico Superior, cuando los dinosaurios recién comenzaban a diversificarse y todavía representaban una fracción menor del total de la fauna del lugar.
Junto con el Earaptor, los restos del Herrerasaurus aportaron evidencia científica a favor de la hipótesis de que todos los dinosaurios comparten un ancestro común, una idea planteada en la década de 1970 y que este hallazgo ayudó a sostener con nuevos datos anatómicos.
Ese aporte convirtió a la formación sanjuanina es una referencia obligada para paleontólogos de todo el mundo interesados en el origen de los dinosaurios.















