Opinión

Tiempo de balances y de preguntas sin respuestas

La estudiada retórica presidencial ensayada en ocasión de las dos horas de apertura del año parlamentario no basto para amortiguar los chirridos a los que los engranajes de la política tradicional nos tienen acostumbrados cada vez que la maquinaria electoral vuelve a ponerse en marcha.

Algo de esto conocen a la perfección quienes este año diseñaron una vez más el discurso presidencial. Tanto Gustavo Béliz, su experimentado coordinador, como Alberto Fernández acreditan una amplia experiencia, fraguada a lo largo de años, en épocas y gobiernos muy diversos. 

Casi tantos como los que acredita la principal y verdadera destinataria del discurso: Cristina Fernández de Kirchner, figura central de esta ceremonia al menos desde 1995, año en que llego al Congreso como diputada nacional por su provincia de Santa Cruz.

Esta referencia temporal es útil, sobre todo, para señalar que la política argentina está en manos de operadores experimentados. De allí que el discurso muestre tanto un costado combativo, dirigido a las tribunas fanatizadas, como una amplia exposición de ideas serias y constructivas. 

El discurso que Béliz y Fernández escribieron a Cristina, recuerda a aquellos discursos que Béliz escribía a Carlos Menem, capaz de aprobar el marco regulatorio del gas con el voto de un "diputrucho", al mismo tiempo que proponía y ponía en marcha toda una estrategia de proyección e integración efectiva del país en el mundo.

La novedad está descartada. Casi todos los actores centrales, tanto en el Gobierno como en la oposición, acreditan 30 años o más de lides parlamentarias. Por el lado de la oposición baste pensar en Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta, Miguel Pichetto, Mario Negri, Elisa Carrió o Patricia Bullrich, todos ellos con casi 40 años de experiencias, encarnaciones y reencarnaciones sucesivas a cuestas. 

A uno u otro costado del ring, unos y otros, los dirigentes argentinos juegan con maestría ese juego de espejos deformantes, ocultaciones y disfraces con que la política trata de mantener vivo el interés de una sociedad cada vez más indiferente, escéptica y experimentada. 

La política ha perdido, aquí como en todo el mundo, capacidad para sorprender, enardecer, entusiasmar y sobre todo comprometer a los ciudadanos. La Argentina no es una excepción y el año político que ayer quedo inaugurado así lo demuestra.

Los datos básicos son conocidos y no vale la penar volver a consignarlos. Cualquiera de las buenas encuestas nacionales, muestra en este mes de febrero la realidad de un Gobierno exhausto y casi sin reflejos. Con indicadores de desempeño cada vez más pobres, con cifras de aceptación de sus figuras y políticas básicas que, en cualquier otro momento podrían considerarse como propias de un Gobierno que termina su mandato. 

Esas mismas mediciones muestran que nadie acredita capacidad de capitalizar políticamente esas dificultades. En el plano de la intención de voto, el capital electoral del Gobierno está casi intacto. Se expresa en una ventaja de alrededor de 10 puntos a nivel nacional.

El debate no está en estas cifras, sino en las interpretaciones. Para algunos, el hecho de que un Gobierno castigado en todas las evaluaciones logre conservar su capital electoral tiene que ver con la ausencia de opciones y la casi inexistencia de una oposición con fuerza, agenda y liderazgos propios. 

Para otros, habrá que ser prudentes y esperar a la campaña y al efecto polarizador de las artimañas electorales. Es posible que ambas explicaciones tengan un valor complementario y que sólo el tiempo nos permita algo más de claridad.

Conviene, sin embargo, agregar al balance algunas hipótesis complementarias, todas ellas con soporte en la información empírica disponible.

Es obvio que los partidos argentinos han acreditado una capacidad para adaptarse y en algunos casos para generar de modo activo una nueva cultura política acorde con las nuevas exigencias del entorno. Se han mimetizado en el paisaje hostil de las nuevas democracias. De allí que sus perfiles sean irreconocibles, tras las siglas, prácticas y formas organizativas de las coaliciones que encabezan Gobierno y oposición.

En segundo lugar, parecería claro que esas las coaliciones, que lograron enconar y dividir el país en las últimas dos campañas presidenciales, no logran hoy motivar a una sociedad que ha alcanzado el límite de su tolerancia. Los enfrentamientos son vistos con suspicacia. Sugieren un escenario de parálisis, en el que nadie hace ni deja hacer. En el que las batallas de la política suenan huecas e insustanciales, con poco que aportar a la vida concreta de la gente común.

Algunos observadores extranjeros vuelven a sorprenderse de que la política haya sido incapaz de aprovechar ya tantas veces la oportunidad histórica que ofrecía el amplio consenso social logrado por las nuevas políticas de reforma. Tanto en las reformas neoliberales de los 90' como en las contrarreformas populistas -en los 2000- la sociedad acompañó con cierto grado de interés lo que alcanzaba a ver como oportunidades. 

En ambas ocasiones, la política contó con márgenes amplios de aceptación social, tanto en el plano de la opinión pública como en el de los sectores de interés. Falló, sin duda, entonces y siempre, la capacidad de concertación de líderes y dirigentes y sería el dato que impide que las sociedades vuelvan a creer hoy en la utilidad de las diferenciaciones. Si todos son más de lo mismo, ¿Por qué permitirles a los políticos este nuevo intento de prestidigitación?

En este punto ha quedado situado hoy el Gobierno. Como muchos otros en el mundo, ha vuelto a ofrecer un menú atractivo de componentes exóticos. Una hibridación de modelos ya conocidos como antitéticos entre sí, aunque esta vez sazonados con nuevas combinaciones de sabores, sonidos y colores. 

En efecto, hay en la nueva oferta algo del viejo peronismo del Estado ético y la comunidad organizada de los 40', mezclado con los pactos mafiosos entre las corporaciones y la lógica social de los 70' y el espíritu del nuevo humanismo de las iglesias contemporáneas. Una sociedad con la "dinámica de lo impensado" (Panzeri), en la que no se sabe bien como, sería posible innovar, invertir, progresar, crear, crecer y conquistar la paz y la prosperidad, sin necesidad de ahorrar, pagar deudas, trabajar, estudiar ni sacrificarse.

Los problemas vienen, sin embargo, del lado de las demandas cada vez más complejas y diversas de una sociedad experimentada, curada de espanto y muy poco dispuesta a aceptar intermediaciones ni explicaciones. Que ya no quiere escuchar historiadores ni profetas; que busca, por sobre todo, conductas ejemplares, decencia, transparencia y soluciones claras y sin vueltas. Que sabe muy bien lo que quiere y que solo busca como expresarlo.

¿Acertará la política a definir el nuevo papel que se le reclama o insistirá en tratar de una vez mas de hacer pasar gato por liebre, para tratar de conversar sobre todo esto después ... de las elecciones?


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