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En política, las giras presidenciales casi nunca son solo política exterior. Cada foto con un mandatario afín y cada presencia en la asunción de un presidente tienen un destinatario afuera y otro, más importante, puertas adentro. Con Javier Milei esto se volvió regla: el Presidente jugó buena parte de su capital simbólico regional a favor de un candidato que no vota en la Argentina, y esa apuesta se define el 25 de octubre.

Flavio Bolsonaro quedó primero en la primera vuelta con el 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% de Lula, y ambos van a un balotaje que los sondeos previos mostraban parejo. En la Rosada dieron por descontado casi de inmediato que el hijo del expresidente se impondrá. Es una lectura comprensible, pero también es la de quien ya invirtió demasiado como para imaginar otro desenlace.

El mapa que armaron cerca de Milei

Desde hace meses, el Gobierno teje un entramado de afinidades que va más allá de la coincidencia de ideas. A fines de julio Milei viajó a Lima para la asunción de Keiko Fujimori, junto a Karina Milei y al canciller Pablo Quirno, y coincidió con Kast, Peña, Noboa y otros jefes de Estado de signo parecido.

Alrededor de esa foto circula la idea de institucionalizar el espacio como una especie de nuevo Grupo de Lima, de perfil más ideológico, con un encuentro de líderes al que en el oficialismo llaman, por ahora, “cumbre azul”, todavía sin fecha. La ambición es nítida: que Milei sea el interlocutor de la derecha latinoamericana ante Washington y el contrapeso de la cumbre progresista del español Pedro Sánchez, a la que van Lula por un lado y Claudia Sheinbaum, de México, por otro.

El 30 de junio dejó a la vista el orden de prioridades. Mientras los presidentes del Mercosur se reunían en Paraguay, Milei se quedó en Buenos Aires: según la Casa Rosada, por temas de agenda, entre ellos la jura del nuevo jefe de Gabinete, Diego Santilli. Ese mismo día recibió a Flavio Bolsonaro, y el bloque que la Argentina cofundó quedó, otra vez, relegado a un segundo plano.

El costo ya está a la vista. En la convención del Partido Liberal, en San Pablo, Milei respaldó al hijo del ex presidente brasileño, lo que era esperable, no tanto en cambio, que apuntara duramente contra Lula y contra el juez Alexandre de Moraes, como lo hizo, con aquella recordada comparación entre el “riesgo kuka” argentino y el “riesgo Lula” brasileño.

Brasil llamó a consultas a su embajador y, a comienzos de agosto, bajó el vínculo al nivel de encargado de negocios. Desde Balcarce 50 descartaron inmediatamente un impacto comercial y nunca pensaron en pedir disculpas. Si Bolsonaro reafirma su triunfo este hecho no habrá sido un problema, si ganara Lula habrá que ver si decide devolver cada gesto con la misma moneda.

Lo que se juega en casa

La discusión de fondo del oficialismo, sin embargo, no está en Brasil sino en 2027, y por dos razones. La primera es el humor social. La medición de agosto de la Universidad de San Andrés ubicó la aprobación de la gestión en 35%. En ese contexto, un triunfo de Bolsonaro tendría para la Rosada un valor que excede lo bilateral: sería una foto de época para sostener el relato de que el giro regional no se frena y de que el mapa se mueve a su favor.

La segunda razón es la rosca. Con la aritmética del Congreso ajustada y con negociaciones abiertas con aliados y gobernadores, un Presidente respaldado por el viento regional llega con más aire a cada discusión de listas y de alianzas. Los mandatarios provinciales, en cambio, miran la relación con Brasil con otra lupa: para varias provincias industriales, el vecino no es una abstracción ideológica sino un mercado.

En la vereda de enfrente, el peronismo también mira Brasil. Un triunfo de Lula le serviría como argumento de que el giro regional no es irreversible y de que un oficialismo desgastado puede ser derrotado por un espacio que se ordene a tiempo, justo cuando la oposición ensaya reunirse y ordenar su interna. Para el Gobierno, que necesita un peronismo fragmentado para sostener su ventaja, esa es la peor lectura posible de lo que pase el 25 de octubre.

Brasil pesa más

La aspiración de Milei de encabezar una internacional de derechas se topa con una asimetría difícil. Brasil tiene una dimensión económica y política que la Argentina no iguala, y ante Washington solo la conexión entre el Atlántico y el Pacífico le da a Buenos Aires un argumento propio de escala. La reforma del Mercosur que el Presidente reclama desde que asumió, y que en julio de 2025 llegó a acompañar con la insinuación de una salida argentina, requiere en cualquier escenario la firma de Brasil. Y un Brasil de derecha no es sinónimo de un Brasil dócil: el bolsonarismo es liberal en el discurso económico y nacionalista en otros terrenos, y la industria paulista no va a regalar mercado por afinidad ideológica.

Si gana Lula, la cuenta es otra. El canciller uruguayo, Mario Lubetkin, ya lo advirtió en su momento. Aseguró que la tirantez entre Buenos Aires y Brasil no ayuda a un bloque que busca cerrar acuerdos con otros mercados. El Presidente tendría que elegir entre sostener la confrontación o administrar el vínculo con pragmatismo, y la segunda opción, aunque incómoda para el relato, sería la más rentable.

Para la Rosada, la llegada al poder de un aliado ideológico en Brasil podría interpretarse en los papeles como la consagración de un eje disruptivo a nivel global. En la narrativa oficial, esto permitiría articular una voz común en los foros internacionales, desafiando de manera coordinada el statu quo multilateral, cuestionando los organismos tradicionales y alineándose de forma automática con una agenda de libre mercado descarnado, apertura comercial unilateral y pragmatismo occidental.

Sin embargo, la geopolítica internacional y las relaciones bilaterales no se rigen únicamente por afinidades estéticas, sintonía personal entre mandatarios o afinidad en las redes sociales. Brasil es, por peso demográfico, profundidad de su estructura industrial, volumen de su mercado interno y dimensión macroeconómica, un coloso competitivo infinitamente más pesado, diversificado y robusto que la Argentina.

EFE

El riesgo de leer mal el péndulo

La región deja una advertencia que Balcarce 50 conoce bien. Los giros a la derecha de 2025 y 2026 fueron, sobre todo, votos de castigo, con márgenes ajustados y proyectos muy distintos entre sí. El mismo electorado que hoy premia a Kast, a Fujimori o a Bolsonaro puede castigarlos mañana si el bolsillo no mejora, y ese razonamiento vale también para el 2027 argentino.

Milei se mueve en el tablero regional como quien juega al ajedrez con la reina expuesta: si el 25 de octubre sale bien, tendrá una foto de época para llevar a las urnas; si sale mal, una cuenta diplomática pendiente con su principal socio comercial.

De todos modos, y en cualquier caso, la partida de verdad se juega en casa, donde la diaria pesa más que cualquier cumbre y es la que en realidad decide hacia dónde se mueve el péndulo.