Opinión

La era de la fake política

Hay palabras que expresan o sintetizan un clima de época, su uso comienza a extenderse a ámbitos más amplios que los originales, hasta que finalmente se lo terminamos asignando a cualquier tipo de fenómeno al que pretendamos calificar de una forma en que todo el mundo pueda comprenderlo. Fake, según el Cambridge Dictionary significa falso, un objeto hecho para que parezca real y así engañar a la gente. Pero en una versión menos material, falso es también aquel que finge o simula, que miente. ¿Podría ser un trucho en el diccionario de la argentinidad?

Lo escuchamos una y otra vez, y con mayor frecuencia aparece a la par del uso cada más extendido de redes sociales. Hoy día se lo asocia mayormente a las noticias de dudosa reputación. Estas ya no son lo que eran. Y si bien los medios tradicionales se esfuerzan, en muchos casos, por seguir usando los manuales que apuntan a garantizar la credibilidad de la información, evitar las fake news se ha vuelto una tarea prácticamente imposible. Se filtran como el agua en las fisuras de una represa que ya no puede contener lo que ayer contenía.

En la era de las redes, de los algoritmos, de la trivialización y la segmentación, cada vez tenemos menos disposición a escuchar a quien piensa distinto. Estamos más propensos a consumir noticias de dudosa credibilidad, consumimos la información que reafirma nuestras creencias, potenciando nuestros prejuicios y acentuando las diferencias con otros grupos sociales.

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La política no es ajena a este fenómeno. Es un desafío enorme, para quienes están en posición de gobernar, comunicar en este contexto tan complejo sin caer en la tentación de la campaña permanente y solo hablar para ¨nuestras audiencias¨. También lo es para políticos y sus equipos hacer campañas electorales sin caer en el discurso polarizador y el uso del recurso fake que lo reafirme a la vuelta de la esquina.

¿Pero acaso se trata solo de la consecuencia de un fenómeno vinculado a la revolución tecnológica y a los cambios en la forma que nos informamos? Entiendo que no. En forma paralela con este avance fenomenal de las tecnologías, la política también registra cambios que son imposibles de soslayar.

La política democrática requiere de acuerdos para procesar los intereses de diferentes grupos o sectores sociales, ya que una sociedad en conflicto permanente es invivible. Sin embargo, estos acuerdos deben reflejar un balance entre las pérdidas y ganancias de los actores sociales en pugna. Aquellas sociedades que "congelan" acuerdos desequilibrados corren el riesgo es construir una olla a presión que, mal operada, puede terminar en un resultado no deseado. Recordemos, por ejemplo, el celebrado milagro de Chile post Pinochet. Un país que con décadas de crecimiento económico y un sistema político a la europea continua atormentado por protestas sociales y conflictos étnicos desde la primavera de 2018.

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Las sociedades democráticas más admiradas son aquellas que logran procesar de manera exitosa esta tensión entre conflictos y consensos. Y la condición para que ello suceda es que nadie se sienta completamente ganador o perdedor. La POLÍTICA con mayúsculas es aquí cuando aparece.

Por estos días, sin embargo, la improductividad de la política es una de las consecuencias más peligrosas de los cambios que vienen aconteciendo desde la caída del muro de Berlín. Primero se expresó en el fantasioso fin de las ideologías de Francis Fukuyama. Luego, en lo que Anthony Giddens denominó la tercera vía. Todos intentos por asignar a la disputa política un carácter edulcorado ¿Pero si la política no admite diferencias sobre temas sustanciales, entonces, para qué votamos?

Porque lo cierto es que paralelamente a que se afirma un sentido casi único para la acción política, crecen los niveles de descontento con la democracia y con sus dirigentes, a quienes partes significativas de la sociedad visualizan como una casta. Según el informe de Latinobarómetro del 2021, menos de la mitad de los latinoamericanos (49%) apoya la democracia y sólo un 6% siente que vive en un régimen democrático pleno. Esta situación es extensible incluso a países en otras partes del mundo, con democracias mucho más consolidadas y con economías muy desarrolladas, pero en los que vemos una intensificación de la tensión política y social.

Distintos sectores de nuestras sociedades sienten desesperanza, falta de futuro y enojo con la política y el accionar del estado. No necesariamente son los más pobres, sino aquellos que se sienten perdedores del mundo actual. Tradicionalmente este descontento lo expresaron los partidos de izquierda. Hoy esa representación está en discusión. Fuerzas caracterizadas como de derecha llegan al poder con un discurso con contenido antiestablishment que atrae a los descontentos. Pensemos sino las facetas proteccionistas del discurso de Donald Trump o las diatribas antieuropeas de Le Pen o Meloni. Los descontentos de hoy quieren políticos que representen su bronca no sus ideas.

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Sin embargo, la emergencia de estos nuevos liderazgos que canalizan a los indignados de hoy acarrea tres riesgos relevantes. Primero, ese enojo provoca la emergencia de líderes que hacen justamente de ese estado de ánimo el apalancamiento de su fortaleza. Están enojados, y eso debe traducirse en un discurso que muestre con claridad ese sentimiento. Polarización, discursos de odio, insultos personales, la definición del otro como un enemigo a destruir. Promesas imposibles de cumplir basadas en diagnósticos de dudosa reputación. Ideas simples, que justamente en su simpleza radica su fortaleza y al mismo tiempo su debilidad. ¿La verdad? Se ha vuelto en elemento irrelevante, los ciudadanos buscan y están dispuestos a tolerar Fake liderazgos si cuando los escuchan sienten su enojo y su indignación representados.

En segundo lugar, y en caso de llegar al poder, el desafío se multiplica. El gobierno se convierte en la continuación de la campaña por otros medios. Como ningún país se refunda en el acto de un recambio presidencial y los problemas continúan al día siguiente de la asunción, la confirmación del liderazgo impide o dificulta el paso de una coalición electoral a una de gobierno, y este se va a caracterizar por una lógica comunicacional confrontativa. La dimensión consensual de la política, que al momento de gobernar se convierte en esencial, es prácticamente inalcanzable e incluso es probable sea no deseable.

Finalmente, la amenaza se ciñe sobre la democracia. La política y los gobiernos Fake pueden llegar a un punto de no retorno. Las reglas y las instituciones pueden constituirse en la variable de ajuste para que estos líderes puedan sostener el vínculo con sus bases de apoyo, lo que puede ir desde pretensiones de reforma constitucionales al reclamo de fraude en elecciones controladas por ellos mismos. Hasta la regla de la mayoría, esencial en nuestro sistema democrático, es puesta en duda o cuestionada por supuestos riesgos mayores que no todos alcanzan a ver. La unidad de lideres como Lula y Fernando Henrique frente a Jair Bolsonaro en las últimas elecciones brasileñas son un ejemplo claro de a que nos estamos refiriendo.

Gobiernos, liderazgos y política FAKE. ¿Solo una transición hacia nuevas formas de representación o fenómeno que vino para quedarse? Una prueba de fuego para las democracias.

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