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Las elecciones presidenciales brasileñas del 4 de octubre serán observadas con enorme atención desde la Argentina. Es lógico: Brasil continúa siendo nuestro principal socio comercial, la relación bilateral constituye el corazón industrial del Mercosur y las decisiones que adopte Brasilia tendrán consecuencias para toda Sudamérica. Pero reducir la elección a una disputa entre Lula y Flávio Bolsonaro, o interpretar el futuro regional mediante un mapa pintado de rojo y azul, puede ocultar la cuestión fundamental. Lo que está en discusión es algo más profundo: si Sudamérica tendrá escala, densidad productiva y autonomía para actuar en el nuevo orden mundial o volverá a pensarse como una suma de países periféricos subordinados a estrategias definidas fuera de la región.

Más allá de la izquierda y la derecha

La relación entre Javier Milei y Lula da Silva atraviesa una crisis diplomática excepcional. Sin embargo, la profundidad de la integración entre Argentina y Brasil demuestra por qué los vínculos entre Estados no pueden quedar subordinados a las afinidades ideológicas de sus gobiernos. Comercio, industria automotriz, cooperación nuclear, defensa, energía y cadenas productivas construidas durante cuatro décadas sobreviven a las diferencias presidenciales. Brasil continúa siendo el principal destino de nuestras exportaciones y uno de nuestros mayores proveedores. La relación entre Argentina y Brasil es demasiado importante para depender de la química entre sus presidentes.

El pensador uruguayo Alberto Methol Ferré comprendió tempranamente este problema. Su concepto de “Estado Continental Industrial” partía de una constatación histórica: la escala del Estado-nación resultaba insuficiente frente a la aparición de grandes espacios continentales capaces de combinar territorio, mercado, industria, ciencia, tecnología y poder político. Para Methol Ferré, América del Sur solo podría conquistar verdadera autonomía mediante su integración, cuyo núcleo debía surgir de la articulación argentino-brasileña y del Mercosur.

Sabino Vaca Narvaja fue embajador de Argentina en China.
Sabino Vaca Narvaja fue embajador de Argentina en China.

El siglo XXI vuelve aquella reflexión todavía más actual. Estados Unidos, China, India y Rusia poseen dimensiones continentales; Europa construyó un mercado integrado de alrededor de 450 millones de habitantes. ¿Qué capacidad real de negociación pueden tener por separado los Estados sudamericanos frente a semejantes escalas? Ganar escala regional ya no es una consigna integracionista: es una condición material para ejercer soberanía.

China sabe qué quiere. ¿Nosotros sabemos qué queremos?

Hay un dato particularmente ilustrativo. China publicó en 2008 su primer Documento sobre la Política hacia América Latina y el Caribe, lo actualizó en 2016 y volvió a hacerlo en diciembre de 2025. En diecisiete años formuló y actualizó tres veces una estrategia explícita hacia nuestra región. El último documento inserta la relación sino-latinoamericana dentro de una concepción más amplia de cooperación Sur-Sur y de creciente gravitación del Sur Global.

China sabe qué quiere de América Latina, lo escribe, lo planifica y lo actualiza. Nuestro problema es que América Latina todavía no ha definido con igual claridad qué quiere de China.

Esa asimetría estratégica puede ser más importante que cualquier déficit comercial. Si cada país sudamericano negocia individualmente inversiones, infraestructura, energía, minerales críticos, telecomunicaciones o tecnología con una potencia de más de 1.400 millones de habitantes, la diferencia de escala es inevitable. Si identificamos proyectos comunes y negociamos desde espacios regionales, la relación cambia cualitativamente. La discusión no debería ser China sí o China no, sino para qué China, bajo qué estrategia de desarrollo y con qué grado de integración regional.

Infraestructura para integrarnos

Esto exige revisar nuestra concepción de la infraestructura. Buena parte de las obras latinoamericanas fueron pensadas históricamente con una lógica radial: trasladar recursos naturales hacia los puertos para exportarlos fuera de la región. Una estrategia sudamericana debe preguntarse también cómo utilizar el financiamiento internacional, incluido el chino, para conectarnos entre nosotros.

Ferrocarriles, corredores navegables, hidrovías, redes eléctricas, puertos, fibra óptica e infraestructura digital deberían evaluarse no sólo por cuánto aumentan las exportaciones extrarregionales, sino por cuánto contribuyen al comercio intrarregional y a construir cadenas regionales de valor.

Vaca Muerta ofrece un ejemplo. Argentina posee un extraordinario recurso gasífero y Brasil un gigantesco mercado industrial. Una mayor integración mediante gasoductos hacia el sur industrial brasileño permitiría aprovechar complementariedades estacionales y debería compararse económicamente con la alternativa, mucho más intensiva en capital, de licuar y transportar el gas por barco. Vaca Muerta puede ser no solamente una plataforma exportadora argentina, sino una herramienta de integración industrial sudamericana.

La infraestructura tampoco puede terminar en Argentina y Brasil. Si el centro de gravedad económico mundial continúa desplazándose hacia Asia-Pacífico, Chile adquiere una importancia geoeconómica extraordinaria. Debemos desarrollar una estrategia binacional de conectividad, con corredores bioceánicos en el norte, centro y sur: pasos cordilleranos, túneles, ferrocarriles, carreteras, centros logísticos, aduanas integradas y conexiones con los puertos chilenos.

Para determinados orígenes y destinos asiáticos, una salida eficiente por el Pacífico puede reducir considerablemente los tiempos marítimos —en algunos casos se estiman ahorros cercanos a veinte días, aunque dependen del corredor y servicio utilizado—. Pero el argumento fundamental es otro: si Asia-Pacífico gana centralidad, Sudamérica necesita mirar simultáneamente al Atlántico y al Pacífico.

Argentina, Brasil, Chile y los restantes países involucrados podrían presentar una cartera sudamericana de infraestructura de integración y buscar financiamiento de largo plazo —chino, regional y multilateral— para obras que aumenten simultáneamente la conectividad intrarregional y nuestra proyección hacia terceros mercados. China posee escala financiera; Sudamérica debe aportar escala estratégica.

Del Mercosur comercial al Mercosur productivo

La infraestructura física debe acompañarse de una arquitectura financiera. Argentina y Brasil poseen desde 2008 un Sistema de Pagos en Moneda Local. Debemos profundizar en esos instrumentos: ampliar el comercio en pesos y reales, desarrollar mecanismos de compensación entre bancos centrales y generar instrumentos regionales de crédito productivo. No significa improvisar una moneda común ignorando nuestras diferencias macroeconómicas, sino comenzar a construir una integración monetaria y financiera que reduzca progresivamente la dependencia de monedas de terceros países para intercambios realizados dentro de nuestra propia región.

Durante demasiado tiempo discutimos el Mercosur como si fuera esencialmente una negociación de aranceles. Necesitamos pasar del Mercosur comercial al Mercosur productivo, tecnológico, energético, financiero y logístico. La región reúne alimentos, agua, petróleo y gas, minerales críticos, energía hidroeléctrica, nuclear y renovable, biodiversidad, industria automotriz y aeronáutica, biotecnología, universidades y capacidades científicas. Lo que falta no son recursos: falta articularlos dentro de una estrategia.

El Estado Continental Industrial de Methol Ferré adquiere así una nueva dimensión. En el siglo XXI ya no puede ser solamente siderurgia, automóviles y grandes fábricas. Debe integrar inteligencia artificial, robótica, manufactura avanzada, energía, baterías, telecomunicaciones e infraestructura digital.

El Sur Global y nuestro Momento Shenzhen

Esta transformación coincide con otro fenómeno histórico: el creciente peso económico, demográfico y político del Sur Global. BRICS y otros espacios emergentes expresan, con sus diferencias internas, la búsqueda de una mayor participación de estos países en las instituciones y reglas de la gobernanza mundial. Para Sudamérica esto representa una oportunidad, siempre que ingrese a ese escenario con una estrategia propia y no simplemente cambiando una dependencia por otra.

La inteligencia artificial puede profundizar la brecha entre países, pero también ofrece una oportunidad extraordinaria para reducir distancias productivas. China viene impulsando internacionalmente la construcción de capacidades en IA para el Sur Global y propone incorporar la tecnología a la economía real: manufactura, agricultura, logística, energía, salud, ciudades y transición verde. Su propuesta de gobernanza enfatiza además cooperación internacional, formación de capacidades, ecosistemas abiertos y una mayor participación de los países en desarrollo.

Esta es precisamente la discusión del Momento Shenzhen. Estados Unidos parece correr una carrera Sputnik por la IA: quién llega primero a la frontera. China está intentando convertirla en un Momento Shenzhen: quién consigue integrar primero la inteligencia artificial al conjunto del sistema productivo. Ford revolucionó la fábrica; Shenzhen representa la posibilidad de revolucionar el ecosistema productivo completo.

Para nuestros países, la IA no debería pensarse solamente como chatbots o grandes modelos de lenguaje. Incorporada a maquinaria agrícola, minería, logística, energía, industria automotriz, biotecnología, salud y administración pública, puede elevar productividad y permitir saltos tecnológicos precisamente en sectores donde ya poseemos capacidades.

China propone en este terreno una lógica de cooperación positiva, desarrollo de capacidades, ecosistemas abiertos y transferencia de conocimiento hacia los países emergentes. Pero la transferencia tecnológica no ocurre automáticamente: debe ser negociada. Universidades, centros conjuntos de investigación, formación de recursos humanos, desarrollo de proveedores locales, radicación de etapas de mayor valor agregado y acceso al conocimiento deben formar parte de cada acuerdo.

La oportunidad para Sudamérica consiste en dejar de ser solamente consumidora de la revolución tecnológica y utilizarla para transformar su estructura productiva. Ese debería ser nuestro propio Momento Shenzhen.

También debemos mirar hacia el Sur

Existe finalmente una dimensión que suele quedar separada de estas discusiones, pero será crecientemente importante: el Atlántico Sur y la Antártida. Argentina y Chile poseen una condición geográfica excepcional como puertas naturales hacia el continente antártico y una larga tradición científica, logística y diplomática.

La cuestión debe abordarse respetando plenamente el Sistema del Tratado Antártico, que reserva el continente para fines pacíficos y científicos. Precisamente por eso debemos fortalecer nuestra presencia científica, logística y ambiental y profundizar la cooperación regional. Mercosur, corredores bioceánicos, Patagonia, Estrecho de Magallanes, Atlántico Sur y Antártida no deberían pensarse como compartimentos separados: son dimensiones de una misma estrategia continental.

La autonomía comienza por la escala

La elección brasileña importa, entonces, pero no porque pueda pintar de azul o rojo el mapa sudamericano. Importa porque Brasil es una bisagra entre tres dinámicas fundamentales: la integración sudamericana, la creciente gravitación del Sur Global y Asia, y la renovada disputa de las grandes potencias por influencia en nuestra región.

Argentina no debería tener que elegir entre Washington, Beijing o Brasilia. Necesita construir capacidad para relacionarse con todos desde sus propios intereses. Brasil no es sustituible por Estados Unidos; China no puede ser ignorada; y ninguna potencia externa puede sustituir una estrategia nacional y regional propia.

Methol Ferré comprendió que en el mundo de los gigantes no existe autonomía sin dimensión continental. Hoy debemos agregar que tampoco existe desarrollo sin integración física, productiva, tecnológica, energética y financiera.

China tiene una estrategia para América Latina. Estados Unidos tiene una estrategia para América Latina. Ya es hora de que América Latina vuelva a tener una estrategia para sí misma.

Esa estrategia comienza por reconstruir el eje Argentina-Brasil, fortalecer el Mercosur, proyectarnos hacia el Pacífico junto con Chile, integrar nuestra infraestructura y energía, avanzar en mecanismos monetarios regionales, abordar conjuntamente el Atlántico Sur y la Antártida y aprovechar la revolución de la inteligencia artificial para dar un salto de productividad e industrialización.

Ganar autonomía exige ganar escala. Ganar escala exige integración. Y transformar esa integración en desarrollo requiere que Sudamérica deje de ser solamente el territorio donde las grandes potencias despliegan sus estrategias para convertirse, finalmente, en un actor capaz de formular la propia.